viernes, 17 de junio de 2016

Campaña

Me pediste que te escribiera un poema
y me salió un programa electoral.
Me rogaste que te dedicara unos versos
y te entregué un puñado de promesas.
Compartimos unos sueños yo nunca tuve en medio de un mitín
cuando lo que tú querías era intimidad.
Buscabas compromiso y yo accedí a pactar con todas las partes.
Me pediste un beso y yo te llené la boca
con todas las mentiras de mi lengua.
Y por fin me entregaste tu corazón en una urna de voto
y lo celebramos en la balconada de la sede,
con el confeti de los colores del partido goteando por tus muslos.
Entonces me pediste un te quiero y yo te lo negué,
porque, cariño, ya no estamos en campaña.

miércoles, 6 de enero de 2016

Quiero

Quiero hacerle el amor a tu nombre.
Quiero con tu pelo tejer una red
que atrape las mariposas que echaste a volar en mi estómago.
Quiero ser el tamiz que filtre los miedos de tu alma.
Quiero ver en tus ojos una eterna despedida que clame por el rencuentro.
Quiero ser el vacío bajo tus pies cuando camines la cuerda de la indecisión.
Quiero componer con gemidos el que será el himno de toda una generación.
Quiero ser el click con el que ganes una ruleta rusa
en la que te juegues algo más que la vida.
Quiero cenar contigo en el nacimiento del tiempo
y la cima del mundo.
Y lo quiero antes de media noche…
                                      O mataré un rehén cada hora.

martes, 3 de noviembre de 2015

Tabaco XIII (PerVerso)

La primera vez que probé tus labios fue a través de un filtro manchado de carmín y desde entonces no sé si tengo mono de nicotina o de ti.
Se me iluminaba la mirada cada vez que mis ojos se cruzaban con los tuyos y solo se interponía entre nosotros la llama de tu mechero.
Yo que era de toserte los piropos, y tú, que nunca supiste limpiar los ceniceros.
Yo que veía tu silueta en cada bocanada de humo, y tú, que me cogías la mano con el desapego con el que se sujeta un cigarro.
Yo que prefería el cartón entero, y tú, que liabas los pitillos uno a uno.
Yo que no podía aguantarme las ganas de amarte de tres caladas, y tú…

tú que has dejado de fumar.

miércoles, 21 de octubre de 2015

Hoy no he escrito nada nuevo

Hoy no he escrito nada nuevo.
No sabía sobre qué. He tratado de vomitar algo sobre un papel rimándome los dedos en la garganta, he tratado de inspirarme a sesenta euros el gramo de musa, he intentado tirar del ovillo que me aprieta contra el estómago y cuando he llegado al final del laberinto resulta que me había desmadejado por dentro.
Y me he parado a pensar, de qué escribimos siempre? Del anhelo antes del amor, de la felicidad durante el amor, del dolor después del amor. Amor, amor, amor. ¡Es ridículo! Tenemos más fe en el amor que en nosotros mismos y luego escribimos igual que amamos, con faltas de ortografía.
Pasamos demasiado tiempo soñando con una historia como la de Romeo y Julieta sin caer en la cuenta de que fue un romance de tres días y siete muertos. Pretendemos pasar tanto tiempo cuidando el uno del otro que no tenemos ni un segundo para mirar si lo que nos une son lazos o cadenas, o darnos cuenta si quiera de que estamos haciendo las cosas a la vez y no juntos; y por eso Mercuccio está muerto por culpa de dos niños imbéciles, más enamorados de una idea que de la otra persona.
Me he enfadado con mis cosas. Me he deshecho de todas ellas. He dejado la mesa tan vacía como me sentía por dentro yo para ver si al final yo me sentía tan limpio como había dejado la mesa por fuera.
Pero aún así no he escrito nada. De modo que ahora busco un bolígrafo que no deje de latir antes de que se acabe la historia y un cuaderno en el que escribir un cuento que no me deje tinta en los dedos cuando intento pasar página.


Hoy no he escrito nada nuevo.

viernes, 9 de octubre de 2015

Números

Nunca se me han dado bien las matemáticas
ni el cálculo de tus medidas
Alejandrino, heptasílabo, alejandrino.
Cuando me dijiste “necesito otra copa” busqué un camarero e ignoré a la dependienta de lencería.
No me salen las cuentas de cuantos cuentos nos contamos para terminar queriéndonos en B.

Yo, que según hacienda soy autónomo contigo pero nada funcional sin ti, no me cuadran los balances por que no pierdo la esperanza de que al declarar el 21% de mi iba me devuelvan el 100% de tu vendrás.

lunes, 10 de marzo de 2014

Tabaco XII (Cohle)

Calada profunda. El Camel sujeto entre el pulgar y el corazón. Calada profunda. La brasa hacia abajo. Calada profunda. El índice libre para dar golpecitos al filtro y desprender la ceniza. Calada profunda. Yo no duermo, solo sueño.

lunes, 20 de mayo de 2013

El árbol Atrapa-pájaros


El viaje al pueblo llegó pocos días después de las vacaciones del colegio. El trayecto fue aburrido, con interminables carreteras en línea recta, custodiadas a ambos lados por bosquecillos de pinos resineros y choperas.

Desde la ventanilla del asiento de atrás Javi vio algunos toros detrás de un cercado. Eran enormes, de un color pardo que tiraba al rojo. Calculó que en el ancho de sus cuernos su cuerpo cabría dos ó tres veces. Fue a decírselo a Fran pero se había quedado dormido. Papá les había hecho madrugar mucho. Decía que era mejor salir temprano, cuando no había mucho tráfico y el sol no castigaba la carretera con tanta dureza.

El pueblo de la abuela era bastante aburrido para dos niños de 10 y 12 años como Fran y Javi. No había cine, la tele no recibía todos los canales y no tenían Internet. No había gran cosa que hacer salvo andar en bici hasta el río –un arroyuelo con merenderos al que iban los chicos mayores-, o perder toda una tarde yendo a robar giganteas o buscando piñas cargadas de piñones entre la alfombra de tamuja.

Había más niños en el pueblo, pero no les caían bien. Para ellos no eran más que dos niños de ciudad que por pasar un mes en el pueblo creían que ya eran de allí. Ese era el problema, que eran extraños para aquellos chicos. No sabían que Juan, el chico de Amparo, podía aguantar la respiración más tiempo que nadie; ni que a Alberto el Pequeño no había forma de ganarle una carrera; o que a todos los niños les gustaba Susana, la hija de la maestra.

Lo notaban los domingos, cuando después de ir a misa los mayores se metían en el bar frente a la iglesia a tomar el vermouth. La abuela les daba unas cuantas monedas que se gastaban en chucherías para comer sentados al sol en un banco de la plaza. Allí, el resto de muchachos no se les acercaban. Si alguna vez empezaban un partidillo de fútbol nunca les preguntaban si querían unirse.

Pese a todo el pueblo era una liberación. Cuando estaban en casa no podían pasar tanto tiempo en la calle, ni acostarse tan tarde. Cuando anochecía la abuela sacaba unas cuantas sillas plegables y comían las pipas de gigantea o los piñones que hubieran recogido aquella tarde. Las vecinas también salían a sus puertas y mantenían una animada conversación hasta que se retiraban a dormir.

Era en aquellas ocasiones cuando podían escuchar a su padre contar anécdotas de su niñez. Las peleas, las travesuras, los ligues. Fran siempre se sorprendía cuando las escuchaba. ¿Por qué les reñían a su hermano y a él si su padre las había preparado peores? Pero el sueño le vencía antes de que llegara a protestar.

Así pasaban los días, sin nada que distinguiera unos de otros. Pero una tarde eso habría de cambiar.

Fran y Javi estaban dando una vuelta con la bici. Habían llegado hasta las afueras del pueblo, donde un par de calles confluían en una carretera comarcal hacia un pueblo de la pedanía. El asfalto presentaba una inclinación muy acusada. Javi había hecho la prueba. Si cogía carrerilla y aprovechaba aquella cuesta podía alcanzar la señal del kilómetro 2 sin dar una sola pedalada desde que empezaba el descenso.

Unos chicos del pueblo aparecieron por una de las calles. Se veía que iban a por ellos. Eran tres, dos chicos y una niña. Por lo que sabían la chica era Susana, hija de una de las profesoras de la escuela del pueblo y los otros dos eran mellizos, Marcos y Mario, y estaban emparentados con ellos de alguna manera. Su madre a veces les animaba a intentar entablar amistad con ellos pero hasta la fecha no habían cruzado ni dos palabras.

Se pusieron a su altura y uno de los mellizos chasqueó la lengua.
  • Unas bicis muy bonitas para pasear por ciudad, pero no sé si son las más adecuadas para montar aquí.


Fran echó un vistazo a la bici del mellizo.

  • De la tuya no se puede decir ni que sea bonita, para empezar.
  • Pero sí que es más rápida que la tuya.

Era todo lo que necesitaban. Acordaron los términos de la carrera. Hasta el kilómetro uno y vuelta por relevos. Primero Fran contra Marcos y en cuanto llegaran el compañero saldría, enfrentando a Javi y Mario. Susana buscó dos ramitas para que sirvieran de testigo y sería la encargada de dar la salida.

La primera vuelta estuvo muy igualada, si bien el mellizo le sacaba apenas metro y medio de ventaja. Javi derrapó un poco al salir, pero era más grande que Mario, así que en pocos segundos de bajada le había vuelto a alcanzar. Iban pedaleando como locos hasta que Mario perdió pie, se le resbaló el zapato del pedal, el manillar zozobró y salió despedido varios metros hacia la cuneta.

Javi se dio cuenta de que podía ganar, pero la caída había sido muy aparatosa. El chico se podía haber hecho daño de verdad, así que apretó los frenos a fondo y saltó a ayudarle.

Mario había tenido suerte. Aterrizó sobre unas matas, así que aparte de muchos arañazos y una buena rozadura en la rodilla, no tenía nada. Cuando enfocó la vista Javi le estaba tendiendo una mano para levantarle.

  • ¿Por qué no has seguido? No somos amigos, no tienes por qué preocuparte por mí.
  • Te has podido matar. Además, si corro yo solo no es una carrera, ¿no?

Marcos dudó, pero aceptó la mano. El resto llegaron a la carrera, preocupados. El cielo había empezado a nublarse y los muchachos ya no tenían ganas de seguir haciendo carreras. Además, los dos chavales de la ciudad habían demostrado ser bastante majos. Susana propuso que quizás podían enseñarles eso, y los mellizos asintieron, aunque Javi y Fran no entendían nada.

Eso resultó ser un enorme árbol en uno de los patios de la vieja iglesia abandonada. Sus raíces habían levantado todo el terreno en rededor. Las larguísimas ramas se extendían por encima del tejado de tejas de pizarra, rotas y descoloridas, de la sacristía. El Ayuntamiento había hablado en ocasiones de talarlo pero necesitarían una grúa para que al caer no dañara el templo, que si bien, llevaba décadas sin usarse, no podían permitir que el árbol destruyera lo poco que había permanecido en pie tras las décadas de tormentas y vendavales.

Los mellizos contaron que ese árbol estaba maldito, que se comía a los pájaros que no dejaban de anidar entre sus ramas, atraídos por algún maleficio. O eso contaban sus abuelas. Javi y Fran se rieron de la idea de la magia y esas paparruchas. Decidieron hacer una apuesta. Si ellos se atrevían a trepar hasta la copa del árbol, sería como si hubieran ganado la carrera de bicis. A lo lejos rompió un trueno. Los mellizos no lo terminaban de ver claro, pero aceptaron. Estaba claro que tenían miedo.

Subir era complicado. Las primeras ramas estaban casi dos metros del suelo. Javi entrelazó las manos para aupar a Fran y que se encaramara al árbol. Desde allí el pequeño le tendió un brazo para tirar de él hasta otra rama. Una vez entre las frondosas hojas seguir subiendo era mucho más fácil. Un metro más arriba ya casi no veía a Susana y los mellizos.

  • Vale, ya habéis ganado. Bajad de ahí, se está poniendo a llover- se quejó la niña.
  • Un poco más, creo que he visto algo un par de ramas más arriba- le contestó Fran.

El sonido de la lluvia les avisó de que la tormenta había alcanzado el pueblo. Los hermanos culminaron una rama más y se quedaron boquiabiertos. Allí había decenas de nidos, algunos con polluelos adormilados, otros con huevos aún por empollar, cubiertos por el espeso ramaje del árbol. A medida que la lluvia empeoraba bandadas de pájaros se posaban en las ramas, a salvo de las rachas de viento que se estaban levantando. A esas alturas Susana y os mellizos ya estaban empapados.

Fran y Javi iniciaron el descenso, pero algo raro pasaba. Estuvieron a punto de perder pie en un par de ocasiones. Las ramas parecían moverse, pero no por efecto del aire. Se estaban curvando hacia arriba, cerrando poco a poco, con el crujir de la madera los huecos y los espacios por los que bajar. En apenas unos segundos ya estaban atrapados.

Susana y lo mellizos vieron con horror como el árbol convertía sus ramas en una concha de corteza y hojas. Mario se subió a hombros de Marcos e intentó sujetar una de las ramas, pero le faltaba fuerza. Gritaron llamando a sus dos nuevos amigos, pero no tenía forma de saber si los hermanos habían contestado o no. Otro relámpago partió el cielo. Decidieron ir a por ayuda. Marcos sabía donde vivían los muchachos así que fueron a buscar a sus padres.

En el interior del árbol Fran y Javi no sabían que hacer. Algunos pájaros habían intentado escapar y habían quedado aplastados entre las ramas al cerrarse, pero otros permanecían tranquilamente en el sitio que había elegido para posarse limpiándose las plumas, alimentando a sus polluelos o dando calor a los huevos. La temperatura era agradable, apenas escuchaban los truenos y nada de la lluvia de afuera se filtraba dentro del escudo de ramas.

  • Está intentando proteger a los pájaros- se dio cuenta Fran.

Los adultos tardaron muy poco en llegar, prácticamente todos los del pueblo, con hachas, sierras y otras herramientas. En cielo estaba cuajado de nubes negras y el patio era poco más que un barrizal. Golpearon el tronco con los puños y llamaron a gritos a los chicos, pero no obtuvieron respuesta.

El padre de Fran y Javi estaba muy alterado. No entendía por qué no habían tirado abajo a ese monstruo hacía tiempo. No sabía si sus hijos estaban heridos o si tendrían suficiente aire allí dentro.

El rescate era complicado, no podían cortar el tronco sin dañar la vieja iglesia o hacer daño a los muchachos con la caída y tampoco podían meter las motosierras en el ramaje sin saber donde estaban situados los chicos. Al final de decidieron por rodear el tronco con unas cadenas y tirar de ellas con dos potentes todo terrenos. Inclinarían el árbol y abrirían la parte de arriba, como una lata, sin riesgos para Fran y Javi.

Hicieron los preparativos y arrancaron los motores. Con la primera acometida todo el árbol tembló, pero no cedió ni un ápice. Los hermanos no sabían lo que estaba pasando. Todos los pájaros comenzaron a revolotear a su alrededor. Con la segunda embestida lo comprendieron.

  • ¡Están intentando sacarnos! ¡Piensan que el árbol es malo!
  • ¡Tenemos que hacer que paren!

En el exterior una de las raíces del árbol reventó en una nube de astillas. Los chicos creyeron escuchar un quejido que venía desde el interior del tronco. Javi apoyó las manos contra la corteza.

  • ¡Tienes que dejarnos salir!- le pidió- ¡Si no van a hacerte daño!

Fran se sumó a su hermano. Hubo otro empujón

  • ¡Si te derriban no podrás seguir cuidando de los pájaros!

Habían desenterrado tres raíces del lodo. Estaban empapados, pero su plan funcionaba, pronto podrían rescatar a aquellos dos críos. El padre de repente dio indicaciones a los conductores de que pararan. La copa del árbol se estaba abriendo como una flor. De entre las ramas salió una enorme bandada de pájaros y los muchachos, que se deslizaron hasta el suelo y fueron corriendo a abrazar a su padre en cuando le localizaron.

  • ¡Parad! ¡No le hagáis más daño!- Gritaron.

Tardaron varios minutos en lograr que les hicieran caso, pero al final todos les escucharon contar como el árbol lo único que pretendía era cuidar de los pájaros protegiéndolos de la tormenta. Los únicos que morían eran los que no conocían al árbol y se asustaban cuando se cerraba. Los adultos estaban avergonzados por casi matar al árbol. Estaba dejando de llover.

Pocas semanas después habían conseguido curar las raíces del árbol. Ya nadie decía que estaba maldito e incluso, en el Ayuntamiento se había propuesto convertirlo en el símbolo del pueblo. Los dos niños que había descubierto la verdadera naturaleza de la planta salieron en los periódicos regionales, posando junto al tronco. Los demás niños ya no se metían con ellos desde que salían en la radio e hicieron muchos amigos.

Para Fran y Javi aquellas fueron las mejores vacaciones de toda su vida.

miércoles, 20 de marzo de 2013

Ignorancia sinestésica

Me cuesta, a veces, encontrar los adjetivos con los que acotar la mierda que me brota de la garganta. Pedro me lo ha dicho en muchas ocasiones: "No basta con manchar un folio, tienes que dominar esa rabia, tienes que hacer que la rabia sea el continente, pero no puedes vomitar sobre un papel y vendérnoslo como bueno".Tiene toda la razón. Esto no será bueno, pero os digo:
NO TENÉIS NI IDEA DE LO QUE SOY CAPAZ.
Pobres de aquellos que me levantéis la voz.

miércoles, 27 de febrero de 2013

Y el baúl se quedó vacío

Y el baúl se quedó vacío. Ya no contenía tesoros piratas recogidos por todo el mundo. Ya no era el continente de monstruos que no debían ver la luz, ni escondía portales a otros reinos de fantasía y magia.
Dejó de ser la cabina de un caza espacial. Y el fuerte en mitad del oeste y la alfombra voladora y la moto protocuántica y el submarino atómico y el caparazón de invisibilidad y el castillo embrujado y el bólido de carreras.
En realidad a la ajada caja de cartón no le pasó nada. Pero tú y yo nos hicimos mayores.

viernes, 15 de febrero de 2013

La ciudad no tienen alma

Dicen que las gentes de una ciudad son su corazón. Que los túneles del metro son sus entrañas llenas de miseria. De las cloacas no dicen nada.
Los trenes llegan con la frecuencia de las contracciones. Cada día, las entradas de las estaciones paren cientos de ciudadanos que van, aún ciegos y sordos, a clase, al trabajo, a casa. Caminad erguidos hijos míos, haced de mi una madre orgullosa.
Su rabia, sus discusiones su violencia mal digerida es la mente de la ciudad. Cada insulto es la lágrima de un llanto que berrea por mamar de la teta del prozac.
Las ventanas son los ojos ansiosos por descubrir el fallo en los demás.
La ciudad tiene voz. Son los motores en el asfalto, el portazo de madrugada, el camión de la basura.
La ciudad está viva, sí, pero no tiene alma.