Mostrando entradas con la etiqueta Noches. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Noches. Mostrar todas las entradas

viernes, 14 de octubre de 2016

Kipling

¿Alguna vez has abrazado una tormenta
y con el pecho replicado a doble tempo?
¿Te has lanzado de cabeza contra una estampida de caballos al galope
y las salido por el otro lado con el cuerpo intacto y el alma rota?
¿Eres capaz de levantar un huracán con un susurro,
puedes arder más frío que el sol
y callar más alto que la noche?
¿No distingues entre muerte y olvido
porque la primera es la tumba de los vivos
y el olvido la tumba del corazón
y ya has pedido sepultura varias veces?
¿Te has sentido barco en el mar de sus manos,
ahogado en el oleaje de sus ojos
y naufrago en la orilla de su piel?
¿Has conocido el calor en invierno y el cielo en una voz?
Entonces enhorabuena, hijo mío,
Porque habrás amado.

Poesía alien

Si hoy, de tanto cantarle a las estrellas, bajara un visitante desde ellas,
¿cómo explicarle qué es la poesía?
Podríamos decirle que poesía es cantar
me gusta cuando callas,
me gusta el silencio de tu forma de vida basada en el silicio.
Poesía es no querer cambiar de planeta
porque la sola idea te ahoga
y no sabes si es por la falta de atmósfera
o porque ese aire no es el mismo que respira ella.
Es estar dispuesto a prescindir de todos tus miembros y tentáculos
por la tentación de mostrarte puro e incandescente,
como una supernova en explosión,
que nos abrase el alma-cén de sentimientos
que tenemos bajo las costillas.
Es desnudar tres de tus siete corazones
e inmolar los otros cuatro en un alarido de rabia
que limpie la galaxia de los miedos que duermen
detrás de la luna.
Poesía eres tú, polvo astral, canto de ballena, ángel en un teatro.
Poesía es tu presencia en tres planos de existencia alterna,
pero constante en mí.

Zorrilla


"No os podéis quejar de mí
aquellos a quién maté
pues si buena vida os quité
mejor sepultura os di"

¿Y de qué nos vale, Tenorio?
¿DE QUÉ NOS VALE?
¿Acaso calienta igual el abrazo de la tierra
que el de una esposa o una hija?
¿Acaso compensan tus lápidas
todas nuestra palabras no dichas, nuestras despedidas calladas?
No sólo nos quitaste la vida,
nos quitaste el sol en la piel,
la fruta dulce, el vino fresco.
Nos quitaste la canción de los oídos,
la primavera y el amanecer.
Nos quitaste unas horas que no te pertenecían
¿Y para qué?
¿Más vino, mujeres y trifulcas?
¿Construir esto, un mausoleo a tu vergüenza?
Di mejor un templo a tu orgullo,
porque las losas que tapan nuestro sepulcro
no llegan a cubrir tus pecados.
Entiérranos bajo fino marmol y letras doradas,
como quieres enterrar el oprobio y la culpa.
Pero de poco te valdrá, Tenorio.
Esta noche los muertos estamos inquietos.
Pon otra silla a la mesa y salda tus deudas.
Llaman a la puerta.

martes, 3 de noviembre de 2015

Tabaco XIII (PerVerso)

La primera vez que probé tus labios fue a través de un filtro manchado de carmín y desde entonces no sé si tengo mono de nicotina o de ti.
Se me iluminaba la mirada cada vez que mis ojos se cruzaban con los tuyos y solo se interponía entre nosotros la llama de tu mechero.
Yo que era de toserte los piropos, y tú, que nunca supiste limpiar los ceniceros.
Yo que veía tu silueta en cada bocanada de humo, y tú, que me cogías la mano con el desapego con el que se sujeta un cigarro.
Yo que prefería el cartón entero, y tú, que liabas los pitillos uno a uno.
Yo que no podía aguantarme las ganas de amarte de tres caladas, y tú…

tú que has dejado de fumar.

miércoles, 21 de octubre de 2015

Hoy no he escrito nada nuevo

Hoy no he escrito nada nuevo.
No sabía sobre qué. He tratado de vomitar algo sobre un papel rimándome los dedos en la garganta, he tratado de inspirarme a sesenta euros el gramo de musa, he intentado tirar del ovillo que me aprieta contra el estómago y cuando he llegado al final del laberinto resulta que me había desmadejado por dentro.
Y me he parado a pensar, de qué escribimos siempre? Del anhelo antes del amor, de la felicidad durante el amor, del dolor después del amor. Amor, amor, amor. ¡Es ridículo! Tenemos más fe en el amor que en nosotros mismos y luego escribimos igual que amamos, con faltas de ortografía.
Pasamos demasiado tiempo soñando con una historia como la de Romeo y Julieta sin caer en la cuenta de que fue un romance de tres días y siete muertos. Pretendemos pasar tanto tiempo cuidando el uno del otro que no tenemos ni un segundo para mirar si lo que nos une son lazos o cadenas, o darnos cuenta si quiera de que estamos haciendo las cosas a la vez y no juntos; y por eso Mercuccio está muerto por culpa de dos niños imbéciles, más enamorados de una idea que de la otra persona.
Me he enfadado con mis cosas. Me he deshecho de todas ellas. He dejado la mesa tan vacía como me sentía por dentro yo para ver si al final yo me sentía tan limpio como había dejado la mesa por fuera.
Pero aún así no he escrito nada. De modo que ahora busco un bolígrafo que no deje de latir antes de que se acabe la historia y un cuaderno en el que escribir un cuento que no me deje tinta en los dedos cuando intento pasar página.


Hoy no he escrito nada nuevo.

viernes, 9 de octubre de 2015

Números

Nunca se me han dado bien las matemáticas
ni el cálculo de tus medidas
Alejandrino, heptasílabo, alejandrino.
Cuando me dijiste “necesito otra copa” busqué un camarero e ignoré a la dependienta de lencería.
No me salen las cuentas de cuantos cuentos nos contamos para terminar queriéndonos en B.

Yo, que según hacienda soy autónomo contigo pero nada funcional sin ti, no me cuadran los balances por que no pierdo la esperanza de que al declarar el 21% de mi iba me devuelvan el 100% de tu vendrás.

miércoles, 20 de marzo de 2013

Ignorancia sinestésica

Me cuesta, a veces, encontrar los adjetivos con los que acotar la mierda que me brota de la garganta. Pedro me lo ha dicho en muchas ocasiones: "No basta con manchar un folio, tienes que dominar esa rabia, tienes que hacer que la rabia sea el continente, pero no puedes vomitar sobre un papel y vendérnoslo como bueno".Tiene toda la razón. Esto no será bueno, pero os digo:
NO TENÉIS NI IDEA DE LO QUE SOY CAPAZ.
Pobres de aquellos que me levantéis la voz.

viernes, 9 de marzo de 2012

Una cierta noche

Olvídate de ellos. Ven conmigo. Toma una cerveza. Deja que te bese. Sólo por esta noche. Escúchame siendo un imbécil. Dame la razón, o quítamela, no me importa, pero hazme saber que mis salivazos impertinentes alteran tu equilibrio. Rescata el vaso de mis manos porque ya he bebido demasiado. Pídeme otra copa para que me decida a vomitar lo que me gangrena el llanto. Eyacúlame el asco que te doy. Lame la admiración que te inspiro. Bailemos. Brinda por la decadencia. Y una cierta noche, esta, por ejemplo, dime que me quieres. No, mejor, que me amas... aunque sea mentira.

viernes, 15 de abril de 2011

Una taza de té: Gero

Es tarde y la máquina de café lleva horas apagada. Así que pedimos una jarra grande de cerveza que haga compañía a las otras dos que ya hemos vacíado. Sonrío y le reto. Pon tú el escenario, yo te doy dos condiciones y entonces escancias la historia. Da un trago largo a la jarra y acepta.

Partimos de un escenario urbano, en torno a las 15:43. Seis personajes. Un hombre, 38 años y expectante. Una pareja, chico y chica, 26 él y 25 ella. El está tranquilo, cómodo y agusto. Ella en cambio está triste pero finje normalidad delante de su compañero. Por último un tercer grupo, dos chicas de 25 y un chaval de 27. Él es gay, muestra mucha pluma y se siente feliz. Una de las muchachas está impaciente y la otra, preocupada.

Bebo yo. Mis condiciones: los tres grupos tienen que estar relacionados y un niño pequeño se ha perdido. Gero enarca una ceja. No va a ser sencillo, pero ha tenido una idea.

"Sara no ha podido dormir muy bien. Alberto le había dicho cosas precisoas la noche anterior, pero ella no se las creía. O no del todo, por lo menos. Sabía de sobra que se las decía por decir, que no las sentía. Pero ella si sentía todo lo que le respondía. Por eso no podía dormir. Eso que tenían, no quería que acabara nunca, pero estaba segura de que a él le era indiferente. Estaban bien juntos, pero ella no estaba del todo bien dentro de sí. Pero tenía claro que debía alargar esa situación lo más posible. Por que quería estar con él. Sabía que cuando él se cansase ella se iba a hacer mucho daño, pero estaba enamorada, no podía pararlo, no podía dejar de verle, no podía dejar de abrazarle, de besarle, de despertarse a su lado...

Mario no sabía muy bien que decir a su paciente. Desde que aceptó el cargo de psicólogo en la universidad le habían llegado casos de todo tipo, y todos parecidos. Pero con Sara no sabía muy bien qué hacer. Es decir, sabía lo que tenía que hacer profesionalmente, pero una situación similar le había ocurrido a él meses atrás y sabía que eso era lo mejor, pero no lo que uno quería. Él sabía lo que era estar enamorado de alguien que no siente lo mismo. Y, por lo tanto, sabía que lo que quiere el cuerpo no coincide con lo que hay que hacer. Estaba pensando en esto cuando sonó el teléfono. Era Mara:

- Hola Mara, dime ... ¿Qué? ... Me estás tomando el pelo ... ¿En serio? ... Tranquila, lo más importante es que estés calmada...

Mara colgó enfadada -"Menuda mierda de psicólogo. Que me tranquilice, dice. Como si fuera tan fácil"- Volvió a entrar en el bar donde estaban sus amigos, pero no les explicó lo que sucedía para que no se preocuparan. Pero claro, ella no podía evitar estar preocupada. ¡Su hermano pequeño había desaparecido! Así que con una excusa se despidió de sus amigos y se fue corriendo a casa.

David se sintió un poco culpable despidió tan rápido a Mara. Se supone que habían quedado los tres, pero cuando ella salió a responder una llamada Berta le empezó a contar su delicada situación y David estaba muy atento por que la historia de las traía. Berta le contaba que le gustaba mucho un chico llamado Alberto, pero que tenía novia.

El caso es que ella veía que cuando hablaba o le comentaba algo por facebook, él le respondía positivamente. Y no sabía si era amabilidad o que ella también le gustaba a él. Tenía muchas esperanzas, por que veía que él tonteaba con ella. David le decía que no se metiese, que si estaba con aquella otra era por algo, que se olvidara. Y eso hizo Berta, sin saber que David se equivocaba".

Posa el boli sobre el papel y vuelve a beber. La espuma resbala hasta el fondo cuando la posa, ya vacía. Llevamos los vidrios a la barra. La próxima, me dice, la pago yo.

domingo, 27 de junio de 2010

Una taza de té: Caliope

El mío negro, con un poco de vainilla, el de ella con leche. Empapa unas galletas con aire distraido. A veces parece que su cabeza va más deprisa que ella misma. Le pido que me cuente algo, ella me habla de Mia, una amiga en común. Tan distraida como ella parece estar ahora. Por fin arranca a hablar. Batalla ganada:

"Mia estaba tumbada en la hierba y observaba el cielo. Miraba como las pocas nubes se movían, como alguna aparecía y como de repente desaparecía el sol y se hacia de noche. Miro a los que tenía al lado y su estómago reacciono. Las mariposas despertaron del letargo. Algo parecido a cuando te levantan de una de tus mejores siestas. Un batalla pequeña pero inevitable. "Vamos" soltó. "¿Cómo? ¿A dónde quieres que vayamos, Mia?" "Me da igual, pero vamos". Recogieron y comenzaron a andar. Seguía mirándoles y eso era cada vez peor: Patadas en el estómago, sensación claustrofobia, gritos que la angustiaban y ataques a punto de... Sus pies la llevaban, no sabía exactamente a donde pero algo la estaba lanzando hacía delante. De repente salió corriendo: "abrázame" y las mariposas se volvieron a dormir"

Caliope acabó su taza de té. Adios, un beso. La próxima en mi casa.

lunes, 24 de mayo de 2010

Redención

Sabía que estaba dentro de su piso incluso antes de entrar en el portal. Subió por las escaleras silbando una melodía de un anuncio de publicidad, con el paso cansado de los que por fin llegan a casa. Aunque él no se sintiera así, en casa, en ningún lugar.

Se demoró un poco al buscar las llaves, hurgando en los bolsillos y cambiándose las bolsas de la compra de brazo. Entró y se dejó mecer por su rutina habitual, así como un baile. Volver la puerta con el talón y cerrarla apoyando la espalda en ella. Lanzar el llavero al cuenco de la encimera en el recibidor. Dejar la compra en la mesa de la cocina y colocar la compra semanal. Ahí se detuvo. En lugar de poner cada cosa en su sitio cogió dos cervezas del Frigo y se encaminó al salón.

Allí estaba. Rubio, alto, imponente. Le tendió la cerveza pero no la aceptó.

- Pensé que no te atreverías a subir.
- Ya me has encontrado, volverías a hacerlo. Además, esta tarde tengo una cita.
- Me temo que no llegarás a ella.
- Lo sé.

Ambos guardaron silencio. El intruso apoyado contra la pared, de brazos cruzados mirando al frente. Él sentado en un sillón, dando pequeños sorbos a su cerveza, con los ojos clavados en el suelo.

- Eres el único que queda. –Comenzó el hombre rubio- Y eso que fue idea tuya.

No pudo dejar de notar el deje de ironía en su voz.

- Me he fijado en el nombre del buzón, –prosiguió- Aristóteles. Muy rebuscado, ¿No?
- Me gustan los nombre largos
- ¿Qué os pasó?

Era inevitable. La pregunta llegaría tarde o temprano.

- Sólo cinco lo conseguimos. Abrir la puerta del infierno y escapar. No sabes cuanto daría por saber lo que se dice de nosotros.
- ¿Dónde está el resto?
- Una buena historia no puede acelerarse Miguel, deberías saberlo. Hay que explicar todos los elementos que rodean al hecho dramático que se narra para que el espectador llegue hasta él en la máxima tensión.
- Me aburres.
- Agiel y Meriel fueron los primeros. Después de dos eternidades trepando por aquella maldita pared y salir a la superficie Agiel vaciló. Todo el plan dependía de la firmeza de nuestras voluntades. Escapar, vivir como humanos y al morir regresar al cielo, y una vez allí sacaros de la mentira que os obliga a vivir. Dudar era sinónimo de fracaso. Y Agiel estaba dudando.

Podría decirse que la escena ocurrió fuera del tiempo, podría decirse que la recordaba como si fuera ayer. A un paso de la creación, con el Infierno a sus espaldas, a punto de conseguir y Agiel tomó la mano de Meriel. Le dijo que temía fallar. Le dijo que si hacía aquello sería por él y que le seguiría al fin del mundo con tal de estar juntos. Pero que estaría dispuesta a sacrificar el cielo y seguir allí con tal de no permitir al destino separarlos. Y entonces Meriel dudó. Anhelaba la libertad, tanto poseerla como llevarla al cielo como una antorcha con la que arrasarlo hasta los cimientos. Pero dudó.

- Así que sin decir nada a los demás se dejaron caer de nuevo por la pared que acabábamos de coronar. Una luz emergió de sus pechos y después desaparecieron.
- Trascendieron. El amor de Agiel y el sacrificio de Meriel los hicieron humanos… o puede que más que eso, al acoger sentimientos humanos descubrieron la grandeza de esas criaturas. Ya no albergaban resentimiento alguno contra el creador, ni envidia por sus favoritos. Pudieron volver.
- Tu dices amor y sacrificio, yo cobardía y dependencia. Virtudes de una raza débil. Más motivos para seguir.
- No os costó adaptaros.
- No. Conservamos algo de nuestra esencia. Podíamos hacer pasar cualquier mentira por verdad, desaparecer de un lugar y aparecer en otro a kilómetros de distancia, infundir miedo, respeto o deseo a nuestra voluntad, veíamos el corazón de los humanos, y sinceramente, no me explico como no acaban todos por allí abajo.
- ¿Y el resto?

Virael descubrió el arte de la manera más inesperada. Gustaba de seguir a los criminales más perturbados y observar a las víctimas hasta que llegaba la policía. En una de esas ocasiones le sorprendió una salpicadura de sangre en unas cortinas. El aire que se filtraba por la ventana abierta hacía que la fina línea carmesí sobre la tela serpenteara, como las olas que llegan a la arena a morir. Virael lloró.

Después empezó a pintar. Paredes, cuadernos, escaparates. Un día alguien, en algún lugar, entendió lo que trataba de expresar. Lo entendió. Ese día Virael también transcendió.

- Hay que poseer un gran valor para exponerse a la mirada de todos los demás.
- O un gran ego sediento de fama y reconocimiento.
- Gaeruel fue el último.

La primera residencia que ocupó se encontraba sobre una librería con una pequeña sección de mística y ocultismo. Le divertía descubrir los errores y falacias que contenían aquellos libros, y señalar las pequeñas partes de verdad que escondían. Decidió corregirlos y sobre esa base redactar su propio libro. Cuando alguien lo leyó, Gaeruel transcendió.

- El legado del conocimiento es también una señal puramente humana
- Igual que el ansia de poder, ¿O acaso crees que contaría todo lo que sabía? Guardaría lo más jugoso, lo más importante para sí. Y después todos vendrían a postrarse a sus pies, como corderos dependientes para pedir más.
- Pero aún así el lo consiguió.

De nuevo se extendió el silencio por toda la sala.

- Antes preguntaste por lo que se decía de vosotros.

Aristóteles enarcó una ceja.

- Os desprecian Lucifer. Piensan que les traicionasteis igual que traicionaste el cielo.
- ¡No fue traición!¡Nos utiliza a su antojo y les entrega la creación a ellos!¡Fue una justa rebelión!
- En cualquier caso. Dumah se ha hecho cargo del infierno. ¿Te lo imaginas? Un ángel en la gloria de Dios ocupando el puesto del mismísimo Satanás. –Se puso frente a él- Es hilarante.
- Acabarán por conocer la verdad. Cielo e infierno pronto marcharán juntos clamando por la sangre del mundo.
- No lo creo.

Miguel cerró un instante los ojos y una enorme explosión de luz inundó la habitación. Sus ropas se habían convertido en una armadura de manufactura imposible. En su espalda brotaron dos enormes alas de plata, y en su mano derecha llameaba una espada de fuego.

- Pongo fin a esta vida mortal que no te corresponde y te condeno a las eternidades exiliado en el Olvido. Tu plan, Lucifer, muere contigo.

El siguiente movimiento fue tan rápido y potente que apenas duró un pestañeo. Miguel mantenía el brazo extendido hacia delante, con la empuñadura aferrada con fuerza. El cuerpo de Aristóteles pendía de la espada, atravesado a la altura del corazón. Sus pies, que no tocaban el suelo se balanceaba con la respiración del ángel. Un susurro se escapó de sus labios.

- ¿Qué has dicho?
- He dicho gracias –repitió entre estertores.
- ¿Por matarte y acabar con esta locura que llevas milenios enarbolando como una bandera?
- No. –Levantó la cabeza con esfuerzo. Sonreía.- Por darle un mártir a mi causa. Te veo en casa.

Una potente luz emergió del pecho de Aristóteles y su cuerpo desapareció. Lucifer había trascendido. Lucifer estaba de nuevo en el cielo. Pronto cielo e infierno marcharían juntos clamando por la sangre del mundo.

- El jefe no va a estar contento.

sábado, 1 de mayo de 2010

Jódete y baila

¿Qué hago cuando tengo ganas de llorar?
¿Qué hago cuando corro a esconderme de mí mismo, debajo de la cama, y resulta que ya estoy allí?
¿Qué hago cuando no me encuentro?
¿Qué hago cuando la culpa es mía?
¿Qué hago cuando me besas y me sabe a lágrimas?

lunes, 8 de marzo de 2010

Tabaco V

Con cada cigarrillo que fumo quemo un poco más mi vida y ahumo un poco más mi alma, pero curiosamente me siento mejor. Me estremezco con secreto regocijo a cada calada, disfrutando del cosquilleo en la base del cráneo, ahi donde empieza mi cerebro de reptil. Comer dormir y nicotina. Fumar medio dormido, cuando los pensamientos se elevan con el humo. ¿Por qué seguir fumando? La respuesta en cada nuevo cigarro. Placer, lo llaman, un orgasmo pulmonar. Aunque los filtros en la cajetilla me recuerden a las bala en el tambor de un revólver. Sé que es malo y de todos modos me gusta. ¿Masoquismo para voluntades débiles? O mejor, suicidas a tiempo parcial. Reconozco que disfruto con la decadencia en dosis de 20. Me fumo el último. El camino de la autodestrucción empieza por bajar a por otro paquete de tabaco.

martes, 2 de marzo de 2010

Otoño

-No entiendo lo de las hojas
-¿Sabe usted porqué las mejores historias se cuentan en otoño?

Por supuesto que no tenía ni idea. Aquel hombre le llenaba de curiosidad. No era un vagabundo al uso. Poseía un piso en el centro, cobraba un sueldo regular por los cuentos que mandaba por internet a diversas web infantiles. Podía tener una vida normal, pero prefería perder el tiempo en el parque recogiendo hojarasca en una despreocupada indigencia.

-Ocurrió antes de todo... o antes de esto, al menos. Cuando todas las historias, los cuentos y las leyendas pertenecían a los dioses y el hombre no tenía imaginación. Y habría sido así para siempre de no ser por un increíble acto de valentía, aunque muchos opinen que se trataba solo de locura.

Uno de los dioses, el Rebelde, el Loco, el Traidor... muchos son los nombres que recibe, se hartó del apocamiento del resto de dioses, pues comprendía que las historias y su magia, para seguir vivas, necesitaban de mentes que las soñasen, de corazones que anhelasen escuchar cada siguiente palabra, de ilusiones que alimentaran la llegada del feliz desenlace.

Así que robó la Narración, entera. Se la arrebató al resto de dioses y huyó hacia la Tierra de los Hombres desde su hogar en los Jardines del Sueño. Quizás antes de hacer nada ya sabía que se convertiría en un paria, un exiliado, o puede que nunca se parara a pensarlo. Pero cuando todos los demás dioses salieron en su persecución ya no había reparación posible.

Era cuestión de tiempo que le atraparan. Cada vez estaban más cerca y sus posibilidades de llevar las historias a los hombres menguaban a cada zancada de la precipitada carrera. Así que, desesperado, arrojó la Narración al mundo, sin saber que suerte correría.

Y entonces le alcanzaron. Tanto el dios rebelde como cuál fue el castigo por su crimen cayeron en el olvido. Pero no su proeza. Su plan, aunque descabellado funcionó. La Narración atravesó el cielo de los hombres como un lucero ardiente y se estrelló, quedando enterrada a varios metros de profundidad. La magia de las palabras es poderosa, y sobre todo, una fuerza viva. De la Narración brotaron raíces y creció un tronco, se multiplicaron las ramas y germinaron flores. En cada una de sus hojas se desgranaba una historia de las robadas por el Dios Rebelde.

Hubo que esperar a que pasaran las estaciones y las hojas teñidas de cobre y ocasos descendieran al alcance de los hombres. Por eso las mejores historias siempre se cuentan en otoño, pues los árboles tienen memoria y cada año en sus ramas repiten los relatos que aprendieron del fruto de la Narración y cubren el suelo con ellas, a la espera de que las recojamos para hacerlas grandes de nuevo, tan pronto posemos los ojos sobre sus palabras.

sábado, 20 de febrero de 2010

Cosquillas

Un caso curioso el de aquel niño. No sufría ninguna patología especialmente grave, pero mantenía desconcertados a todos los médicos y especialistas por cuyas consultas había pasado, y por su puesto, también a sus preocupadísimos padres.
El pequeño sufría incontenibles ataques de risa. Sin motivo, patrón o desencadenante.
Ocurría de manera casi aleatoria. En una ocasión, durante unas vacaciones familiares en Canadá, mientras el padre pedía indicaciones a un Policía Montado el niño estalló en carcajadas tan enérgicas que el caballo se asustó y por poco hizo caer al agente de la grupa del animal.
Estas muestras e vitalidad y alegría infantiles no deberían estar fuera de lo común en un niño de esta edad, pero la madre insistía en que se le realizaran todas las pruebas de las que tenía conocimiento. En particular desde que en el entierro de una tía lejana el niño se perdió entre las lápidas.
Buscaron durante horas por todo el cementerio, hasta que por fin dieron él. Estaba en un panteón. Se había separado de sus padrs en un momento de descuido y fue leyendo los epitafios hasta llegar al mausoleo abierto.
Estaba ensimismado, con una sonrisa inocente, como solo un niño puede tener y los ojos recorriento cada pulgada de las estatuas que ornamentaban el sepulcro.
Los doctores se sucedían sin que ninguno se atreviera a dar un diagnóstico en firme.
Pero a pesar de esto el niño crecía feliz. cada tarde acudía al parque cercano a su casa y jugaba con sus compañeros de colegio.
Aunque un día, corriendo tras una pelota perdida, el pequeño se plantó delante de un vagabundo. Llevaba unos pantalones de pana raídos, una vieja camisa de cuadros y una gabardina con tantos años como el propio mendigo.
El gesto no pasó inadvertido a la vigilante mirada de la madre, que se apresuró a acudir al rescate de su hijo.
Pero cuando llegó a la altura del niño, este se estaba partindo de la risa, igual que el sintecho, inmersos en el mismo regocijo secreto.
La mujer se fijó más detenidamente en el hombre. Las canas se enraizaban en su barba, aunque la juventud brillaba en sus ojos.
En sus manos sostenía puñados de hojas caídas de los árboles, cuidadosamente apiladas y ordenadas. Los dos, el niño y el hombre compartían una carcajada espontánea, mientras miraban las hojas con lágrimas en los ojos.
Solo después de que la mujer le llamara dos veces el niño accedió a soltar las hojas y alejarse del hombre.
Aunque concernida, la madre permitió que los encuentros se repitieran. Cueando estaban juntos los ataques de risa les sobrevenían a la vez, al parecer bajo los mismos hechos.
El pequeño comenzó también a recolectar hojas. Las escogía con mimo, las estudiaba ceñudo. Desechaba algunas, atesoraba otras con avidez y todas le hacían reir.
Un día volviendo a casa el niño comentó distraido.
- ¿Sabes mamá? Ese señor es igual que yo.
-¿Ah, si?
-Si. Él también tiene cosquillas en la imaginación.

domingo, 3 de enero de 2010

Intrascendente

Llueve, Las gotas se estrellan contra el asfalto empapado, que brilla negro como un lago de ónice, salpica y arrancan destellos níveos de las farolas. Entre los dos me hacen pensar en las teclas de un piano, évano y marfil. Y por algún giro intrascendente del pensamiento pienso en el mar. Con el mar llegas tú.
Pienso entonces cómo no hace tanto tuvimos que huir de una lluvia parecida. Cómo el viento traía el frío que no te dejaba ni hablar. Ir a una tetería y no pedir té. Comprobar que contigo es mejor cenar dos veces antes que dar explicaciones.
Otro golpe de intranscendencia desvía el razonamiento. Muchas volutas sin importancia después regresas. Por que al marcharte te llevaste contigo el sol, cómo haces siempre, y aquí el calor no remonta (pero no me das envidia)
Solo nos falto un poco más de nieve, pero bueno, eso es intrascendente.
SFS

domingo, 18 de octubre de 2009

Secretos

Creo que aún no he asimilado todo lo que me contaste. Cuando te fuiste casi me dio pena lo abatida que estabas, y en cierta manera lo entendía. Malgastar todo un verano en un pueblo costero en… no recuerdo bien donde… de lo que estoy seguro es que daba al Mediterráneo.

El caso es que te marchaste durante tres meses y volviste cambiada y con una petición. “Si me voy de nuevo, escríbeme, cuéntame lo que pasó. A ti siempre se te dieron bien las palabras, será hermoso recordarlo si lo narras tú”.

Por lo que sé el pueblo se disponía alrededor de una pequeña cala en la que habían construido un embarcadero, lo suficientemente grande para dar cobijo a un par de pesqueros. Allí no vivía mucha gente… ochenta, tal vez cien personas, algunas más en verano. Tampoco había mucha gente de nuestra edad, ni cosas que hacer para la gente de nuestra edad.

Pero me hablaste de un lugar al que te gustaba ir. La tienda de libros antiguos del viejo Möser. Möser era un judío escapado de Alemania en una época que no quería recordar, o al menos es lo que contaba la gente en el pueblo. Nadie conocía realmente al anciano que regentaba la librería, siempre detrás de su mostrador, ridículamente bajo para su metro noventa de altura.

Hablar de todas las tardes en las que te escondiste del aburrimiento entre las estanterías de Möser me llevaría casi tanto tiempo como el que tú estuviste fuera. Pero hay una de esas tardes a la que tengo que referirme, en la que cambió todo.

He tenido que parar de escribir durante un momento. Pensar como decir lo siguiente. Sé que me pediste que hiciera esto no por ti, sino para mí mismo, para entender porqué te fuiste de nuevo. Pero supongo que no lo lograré hasta que ponga el último punto y final.

Una tarde encontraste un libro, exquisitamente editado en piel, con guardacantos cromados y un candado guardando sus secretos. Te conozco, y no necesité que me lo dijeras para saber que lo siguiente que hiciste fue preguntar al viejo Möser. Y en tu lugar yo también habría pensado que el anciano me tomaba el pelo cuando tras mirarte durante un buen rato en silencio sacó de debajo de su camisa una cadenita de la que colgaba una llave.

Tampoco habló cuando tomó el libro, lo abrió y te lo tendió de nuevo. En blanco. Lo lógico habría sido pensar que se trataba de un diario, pero el peso de los ojos de Möser sobre ti indicaba lo contrario, que aquellas páginas vacías ocultaban un secreto… y que apropiada resulta esa última frase.

Era el libro de los secretos, te contó el viejo judío, y hasta ese momento había permanecido durante décadas mágicamente oculto. Solo alguien destinado a desvelar grandes secretos o a protagonizarlos podría encontrarlo. Y allí estabas tú.

Siempre supe que eras especial, pero jamás imaginé cuanto.

El librero te explicó que en sus páginas aparecerían los secretos de aquel que lo sostuviera, y para demostrártelo te mostró el suyo.

En las páginas desiertas brotaron palabras que hablaban de cosas más antiguas que el hombre, de criaturas de mística y esencia, de seres, como el viejo Möser que eran espíritus de tiempo, entidades que se alimentaban del mismo tiempo. Por eso el viejo nunca salía de su tienda. ¿Dónde encontraría más tiempo que entre sus libros? Tanta vida, tanta experiencia y anhelos, no solo de las propias historias, sino también de sus autores, habían empujado a Möser a una existencia que se extendía durante siglos.

Pero las páginas también hablaron de la soledad estos fantasmas de lo que fueron, de cómo buscaban la muerte durante tanto tiempo que llegaba un momento en el que eran tan viejos que podían alimentarse de sí mismos. Möser a veces decía, como en una letanía, que las buenas historias tienen principio, nudo y desenlace, “sobretodo desenlace”.

Recuerdo el brillo de tus ojos cuando me hablaste de esa tarde. Recuerdo cada una de las palabras que salieron de tus labios, las mismas que afloraron en el libro cuando Möser te lo cedió:

Se sentía extraña. Estaba en medio de la cubierta mientras los piratas llegaban. Sabía que eran piratas por que el libro así lo aseguraba, pero por su aspecto nadie podría decirlo a ciencia cierta. Un joven vestía de mimo, con la cara pintada representando un gesto triste congelado en el tiempo. Una gitana sostenía una bola de cristal dentro de la que se arremolinaban volutas de humo. un hombre trajeado consultaba algo en su agenda digital. Un chico vestido con oscuros ropajes orientales pese a sus rasgos mediterráneos, la miraba intensamente con una sonrisa en la cara. El pelo negro le caía sobre lo ojos verdes. El hombre que le había franqueado la entrada llegó junto a ella. Con voz fuerte comenzó a hablar:

-¡Avisad al capitán! ¡Ha llegado una nueva tripulante!

Tras unos segundos de actividad todos los marineros estaban de pie, en círculo alrededor de Mharie. Alguien carraspeó detrás del muro de personas e inmediatamente se hizo un pasillo por el que avanzó un niño de unos ocho años. Llevaba un tricornio demasiado grande que se le caía hacia delante constantemente. Colgada del cinto, iba arrastrando una espada de madera de dos veces su estatura. Se puso frente a ella y mirándola a los ojos comenzó a hablar. Tenía voz de adulto.

-¿Has meditado el significado del libro y de las acciones que te ves impelida a tomar?

Su tono era melodioso y el lenguaje un tanto enrevesado, pero la seguridad con la que habló el niño con voz de hombre sólo daba lugar a una respuesta.

-Si- contestó Mharie.

-¿Dejarás tu vida atrás para seguir mis órdenes y dedicarás el resto de tus días a descubrir la Verdad a bordo del Viento del Cambio?
-Si.

-¿Dejarás atrás tu nombre?

-¿Tengo otra opción?
-Me temo que no. Responde.
-Si.
-¿Sabes ya quien quieres ser?
Mharie asintió con la cabeza. El campitán sonrió. Todos los piratas dirigían sus miradas de uno a otro. Todos habían pasado ya por ese ritual en el que se quitaban la venda de la apariencia de los ojos y se iniciaban como tripulantes del extraño barco. Lo habían contemplado docenas de veces, y aún así se trataba de algo impresionante.
-Gritalo al viento.- Susurró el Capitán.
Mharie inspiró, dio dos pasos atrás, cerró los puños y gritó con todas las fuerzas de las que fue capaz:

-¡Mi nombre es Luuuuuuuuuuuuuuuuuuuz!
En ese momento su cuerpo empezó a brillar, primero con un suave resplandor, después con una potencia cegadora. Comprendió que se acababa de convertir en un elemental del destino al servicio de la Verdad, que iría a buscarla allí donde estuviera, que a partir de ese instante se dedicaría a la caza de secretos custodiados por monstruos y que después los gritarían al aire, para que todo el mundo que quisiera pudiera escucharlos. Supo que como ella, los demás tripulantes habían recibido un don al cambiar de nombre. Les miró detenidamente. Ahora todos le sonreían. El Capitán dio un paso al frente.
-Bienvenida, Luz.- El niño con voz de hombre se volvió hacia sus hombres.- ¡¿Que hacéis ahí parados?!¡Levad anclas!¡Zarpamos!



No te llamas Mharie, pero sabes que hablaba de ti. No creías posible que eso fuera a sucederte, pero incluso sin creerlo sabías que sería así. De entre las páginas del libro de los secretos se deslizó un pasaje para un barco, sin nombre ni destino. Möser sonreía.

Esta parte me resulta difícil de recordar. Tus palabras iban tan deprisa como imagino que debían ir tus pies, a la carrera desde la tienda de Möser hasta el embarcadero. Había un pequeño bote de cabotaje, y en el horizonte un barco de vela.

Sucedió tal y como el libro de los secretos había predicho. Estuviste fuera mucho tiempo. Desentrañasteis muchos secretos, los piratas y tú, y he de confesar que no entendí ni la mitad de los que me contaste.

Hay uno que me resulta particularmente hermoso. Es el primero que descubriste, cuando el capitán, el niño con voz de adulto habló contigo en tu primera noche abordo.

Toda la tierra, sus pobladores, la vida que acoge, los ecosistemas que la forman, es un ser consciente de sí mismo, una entidad que siente cada uno de los destellos vitales que la componen y que en definitiva esta viva… y sufriendo.

Cada secreto en el mundo es como una espada atravesando la realidad y vosotros os dedicabais a extraerlas y a reparar todo el daño causado. ¡Erais como superhéroes! Conceptos y metáforas salvando el mundo. Era poesía.

Pero volviste a la prosa, a la realidad, a mí. Me contaste todo esto y te quedaste callada esperando a que yo dijera algo. Algo que no encontraba por más que buscara en mi mente. Después me lo pediste. “Si me voy de nuevo, escríbeme, cuéntame lo que pasó. A ti siempre se te dieron bien las palabras, será hermoso recordarlo si lo narras tú”.

Al fin lo he entendido. Creo que lo entendí cuando al llegar a casa tu ya no estabas, cuando encontré sobre la mesa un pasaje para un barco, sin nombre ni destino. Ya lo he entendido.

Por eso esperaré a que regreses y me cuentes los nuevos secretos que desvelarás en tu viaje para que pueda escribirlos, como aquella vez que vencisteis a un kraken para conocer todos los nombres del mundo o tuvisteis que librar una batalla de adivinanzas contra las gaviotas del Triángulo de las Bermudas para descubrir el sabor de los colores.

Vuelve pronto.

viernes, 19 de junio de 2009

domingo, 15 de marzo de 2009

Sorpresas

¿Cómo imaginar que me daría la vuelta y estarías allí? ¿Cómo imaginar que después de tanto tiempo los recuerdos seguirían vibrando tan potentes e intensos como aquellas noches? Y aunque las circunstancias no han jugado a nuestro favor y la incertidumbre baile con nosotros, verte de nuevo ha sido, como siempre, so so fucking special.

martes, 7 de octubre de 2008

El cuervo y la sirena

El pequeño pájaro negro se posó en las ramas bajas del árbol. No estaba seguro de seguir la dirección correcta, así que resolvió preguntar a alguien por el camino. A los pies de aquel árbol descansaba un hombre vestido con una estrafalaria ropa de llamativos colores y cascabeles cosidos por todas partes. Tenía algo entre las manos.
- Perdonad –graznó- estoy buscando algo y tal vez vos podáis ayudarme.

De entre las manos del hombre surgió revoloteando un hada que se acercó curiosa al cuervo le lanzó un guiño y corrió a esconderse de nuevo entre los ropajes del curioso personaje.
- Veo que le has caído bien a mi musa – dijo con una carcajada- ¿en que puedo ayudarte?
- Verá… –comenzó el cuervo- estoy buscando… una sirena.
- ¿Una sirena? –el hombre no parecía sorprendido- ¿y por que la buscas? ¿Te vale cualquier sirena o buscas alguna en concreto?
- Oh, no, mi sirena es especial. Está hecha de sol y agua del mar y cuando canta lo hace sólo para mí.

El hombre se llevó la mano a los ojos y negó con la cabeza.
- ¿Un cuervo y una sirena? Suena a locura.
- Lo sé, pero no puedo evitar sentir la necesidad de buscarla. Apareció un buen día en la meseta en la que vivo. Hicimos un trato, ella se llevaría una de mis plumas y yo me quedaría con una de sus escamas, y cada poco intentaríamos volver a vernos para asegurarnos de que el trato sigue en pie hasta la próxima vez.
- Ya veo…- El hombre miró al pájaro con resignación y señaló al horizonte con el dedo.- Las sirenas viven por allí, así que prueba en aquella dirección.

El cuervo no esperó más indicaciones e inició el vuelo. El hombre le dedicó unas últimas palabras.
- Vuela hacia el sur cuervito, pero asegúrate de no perder el norte.

Cuando el pájaro se perdió en la distancia el extraño personaje miró al hada que bailaba en la palma de su mano.
- ¿Y a ti que te parece?
___________

Para todos los que indicaron al cuervo hacia donde volar (no os nombro pero os pienso)
Y sobre todo para TÍ