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lunes, 20 de mayo de 2013

El árbol Atrapa-pájaros


El viaje al pueblo llegó pocos días después de las vacaciones del colegio. El trayecto fue aburrido, con interminables carreteras en línea recta, custodiadas a ambos lados por bosquecillos de pinos resineros y choperas.

Desde la ventanilla del asiento de atrás Javi vio algunos toros detrás de un cercado. Eran enormes, de un color pardo que tiraba al rojo. Calculó que en el ancho de sus cuernos su cuerpo cabría dos ó tres veces. Fue a decírselo a Fran pero se había quedado dormido. Papá les había hecho madrugar mucho. Decía que era mejor salir temprano, cuando no había mucho tráfico y el sol no castigaba la carretera con tanta dureza.

El pueblo de la abuela era bastante aburrido para dos niños de 10 y 12 años como Fran y Javi. No había cine, la tele no recibía todos los canales y no tenían Internet. No había gran cosa que hacer salvo andar en bici hasta el río –un arroyuelo con merenderos al que iban los chicos mayores-, o perder toda una tarde yendo a robar giganteas o buscando piñas cargadas de piñones entre la alfombra de tamuja.

Había más niños en el pueblo, pero no les caían bien. Para ellos no eran más que dos niños de ciudad que por pasar un mes en el pueblo creían que ya eran de allí. Ese era el problema, que eran extraños para aquellos chicos. No sabían que Juan, el chico de Amparo, podía aguantar la respiración más tiempo que nadie; ni que a Alberto el Pequeño no había forma de ganarle una carrera; o que a todos los niños les gustaba Susana, la hija de la maestra.

Lo notaban los domingos, cuando después de ir a misa los mayores se metían en el bar frente a la iglesia a tomar el vermouth. La abuela les daba unas cuantas monedas que se gastaban en chucherías para comer sentados al sol en un banco de la plaza. Allí, el resto de muchachos no se les acercaban. Si alguna vez empezaban un partidillo de fútbol nunca les preguntaban si querían unirse.

Pese a todo el pueblo era una liberación. Cuando estaban en casa no podían pasar tanto tiempo en la calle, ni acostarse tan tarde. Cuando anochecía la abuela sacaba unas cuantas sillas plegables y comían las pipas de gigantea o los piñones que hubieran recogido aquella tarde. Las vecinas también salían a sus puertas y mantenían una animada conversación hasta que se retiraban a dormir.

Era en aquellas ocasiones cuando podían escuchar a su padre contar anécdotas de su niñez. Las peleas, las travesuras, los ligues. Fran siempre se sorprendía cuando las escuchaba. ¿Por qué les reñían a su hermano y a él si su padre las había preparado peores? Pero el sueño le vencía antes de que llegara a protestar.

Así pasaban los días, sin nada que distinguiera unos de otros. Pero una tarde eso habría de cambiar.

Fran y Javi estaban dando una vuelta con la bici. Habían llegado hasta las afueras del pueblo, donde un par de calles confluían en una carretera comarcal hacia un pueblo de la pedanía. El asfalto presentaba una inclinación muy acusada. Javi había hecho la prueba. Si cogía carrerilla y aprovechaba aquella cuesta podía alcanzar la señal del kilómetro 2 sin dar una sola pedalada desde que empezaba el descenso.

Unos chicos del pueblo aparecieron por una de las calles. Se veía que iban a por ellos. Eran tres, dos chicos y una niña. Por lo que sabían la chica era Susana, hija de una de las profesoras de la escuela del pueblo y los otros dos eran mellizos, Marcos y Mario, y estaban emparentados con ellos de alguna manera. Su madre a veces les animaba a intentar entablar amistad con ellos pero hasta la fecha no habían cruzado ni dos palabras.

Se pusieron a su altura y uno de los mellizos chasqueó la lengua.
  • Unas bicis muy bonitas para pasear por ciudad, pero no sé si son las más adecuadas para montar aquí.


Fran echó un vistazo a la bici del mellizo.

  • De la tuya no se puede decir ni que sea bonita, para empezar.
  • Pero sí que es más rápida que la tuya.

Era todo lo que necesitaban. Acordaron los términos de la carrera. Hasta el kilómetro uno y vuelta por relevos. Primero Fran contra Marcos y en cuanto llegaran el compañero saldría, enfrentando a Javi y Mario. Susana buscó dos ramitas para que sirvieran de testigo y sería la encargada de dar la salida.

La primera vuelta estuvo muy igualada, si bien el mellizo le sacaba apenas metro y medio de ventaja. Javi derrapó un poco al salir, pero era más grande que Mario, así que en pocos segundos de bajada le había vuelto a alcanzar. Iban pedaleando como locos hasta que Mario perdió pie, se le resbaló el zapato del pedal, el manillar zozobró y salió despedido varios metros hacia la cuneta.

Javi se dio cuenta de que podía ganar, pero la caída había sido muy aparatosa. El chico se podía haber hecho daño de verdad, así que apretó los frenos a fondo y saltó a ayudarle.

Mario había tenido suerte. Aterrizó sobre unas matas, así que aparte de muchos arañazos y una buena rozadura en la rodilla, no tenía nada. Cuando enfocó la vista Javi le estaba tendiendo una mano para levantarle.

  • ¿Por qué no has seguido? No somos amigos, no tienes por qué preocuparte por mí.
  • Te has podido matar. Además, si corro yo solo no es una carrera, ¿no?

Marcos dudó, pero aceptó la mano. El resto llegaron a la carrera, preocupados. El cielo había empezado a nublarse y los muchachos ya no tenían ganas de seguir haciendo carreras. Además, los dos chavales de la ciudad habían demostrado ser bastante majos. Susana propuso que quizás podían enseñarles eso, y los mellizos asintieron, aunque Javi y Fran no entendían nada.

Eso resultó ser un enorme árbol en uno de los patios de la vieja iglesia abandonada. Sus raíces habían levantado todo el terreno en rededor. Las larguísimas ramas se extendían por encima del tejado de tejas de pizarra, rotas y descoloridas, de la sacristía. El Ayuntamiento había hablado en ocasiones de talarlo pero necesitarían una grúa para que al caer no dañara el templo, que si bien, llevaba décadas sin usarse, no podían permitir que el árbol destruyera lo poco que había permanecido en pie tras las décadas de tormentas y vendavales.

Los mellizos contaron que ese árbol estaba maldito, que se comía a los pájaros que no dejaban de anidar entre sus ramas, atraídos por algún maleficio. O eso contaban sus abuelas. Javi y Fran se rieron de la idea de la magia y esas paparruchas. Decidieron hacer una apuesta. Si ellos se atrevían a trepar hasta la copa del árbol, sería como si hubieran ganado la carrera de bicis. A lo lejos rompió un trueno. Los mellizos no lo terminaban de ver claro, pero aceptaron. Estaba claro que tenían miedo.

Subir era complicado. Las primeras ramas estaban casi dos metros del suelo. Javi entrelazó las manos para aupar a Fran y que se encaramara al árbol. Desde allí el pequeño le tendió un brazo para tirar de él hasta otra rama. Una vez entre las frondosas hojas seguir subiendo era mucho más fácil. Un metro más arriba ya casi no veía a Susana y los mellizos.

  • Vale, ya habéis ganado. Bajad de ahí, se está poniendo a llover- se quejó la niña.
  • Un poco más, creo que he visto algo un par de ramas más arriba- le contestó Fran.

El sonido de la lluvia les avisó de que la tormenta había alcanzado el pueblo. Los hermanos culminaron una rama más y se quedaron boquiabiertos. Allí había decenas de nidos, algunos con polluelos adormilados, otros con huevos aún por empollar, cubiertos por el espeso ramaje del árbol. A medida que la lluvia empeoraba bandadas de pájaros se posaban en las ramas, a salvo de las rachas de viento que se estaban levantando. A esas alturas Susana y os mellizos ya estaban empapados.

Fran y Javi iniciaron el descenso, pero algo raro pasaba. Estuvieron a punto de perder pie en un par de ocasiones. Las ramas parecían moverse, pero no por efecto del aire. Se estaban curvando hacia arriba, cerrando poco a poco, con el crujir de la madera los huecos y los espacios por los que bajar. En apenas unos segundos ya estaban atrapados.

Susana y lo mellizos vieron con horror como el árbol convertía sus ramas en una concha de corteza y hojas. Mario se subió a hombros de Marcos e intentó sujetar una de las ramas, pero le faltaba fuerza. Gritaron llamando a sus dos nuevos amigos, pero no tenía forma de saber si los hermanos habían contestado o no. Otro relámpago partió el cielo. Decidieron ir a por ayuda. Marcos sabía donde vivían los muchachos así que fueron a buscar a sus padres.

En el interior del árbol Fran y Javi no sabían que hacer. Algunos pájaros habían intentado escapar y habían quedado aplastados entre las ramas al cerrarse, pero otros permanecían tranquilamente en el sitio que había elegido para posarse limpiándose las plumas, alimentando a sus polluelos o dando calor a los huevos. La temperatura era agradable, apenas escuchaban los truenos y nada de la lluvia de afuera se filtraba dentro del escudo de ramas.

  • Está intentando proteger a los pájaros- se dio cuenta Fran.

Los adultos tardaron muy poco en llegar, prácticamente todos los del pueblo, con hachas, sierras y otras herramientas. En cielo estaba cuajado de nubes negras y el patio era poco más que un barrizal. Golpearon el tronco con los puños y llamaron a gritos a los chicos, pero no obtuvieron respuesta.

El padre de Fran y Javi estaba muy alterado. No entendía por qué no habían tirado abajo a ese monstruo hacía tiempo. No sabía si sus hijos estaban heridos o si tendrían suficiente aire allí dentro.

El rescate era complicado, no podían cortar el tronco sin dañar la vieja iglesia o hacer daño a los muchachos con la caída y tampoco podían meter las motosierras en el ramaje sin saber donde estaban situados los chicos. Al final de decidieron por rodear el tronco con unas cadenas y tirar de ellas con dos potentes todo terrenos. Inclinarían el árbol y abrirían la parte de arriba, como una lata, sin riesgos para Fran y Javi.

Hicieron los preparativos y arrancaron los motores. Con la primera acometida todo el árbol tembló, pero no cedió ni un ápice. Los hermanos no sabían lo que estaba pasando. Todos los pájaros comenzaron a revolotear a su alrededor. Con la segunda embestida lo comprendieron.

  • ¡Están intentando sacarnos! ¡Piensan que el árbol es malo!
  • ¡Tenemos que hacer que paren!

En el exterior una de las raíces del árbol reventó en una nube de astillas. Los chicos creyeron escuchar un quejido que venía desde el interior del tronco. Javi apoyó las manos contra la corteza.

  • ¡Tienes que dejarnos salir!- le pidió- ¡Si no van a hacerte daño!

Fran se sumó a su hermano. Hubo otro empujón

  • ¡Si te derriban no podrás seguir cuidando de los pájaros!

Habían desenterrado tres raíces del lodo. Estaban empapados, pero su plan funcionaba, pronto podrían rescatar a aquellos dos críos. El padre de repente dio indicaciones a los conductores de que pararan. La copa del árbol se estaba abriendo como una flor. De entre las ramas salió una enorme bandada de pájaros y los muchachos, que se deslizaron hasta el suelo y fueron corriendo a abrazar a su padre en cuando le localizaron.

  • ¡Parad! ¡No le hagáis más daño!- Gritaron.

Tardaron varios minutos en lograr que les hicieran caso, pero al final todos les escucharon contar como el árbol lo único que pretendía era cuidar de los pájaros protegiéndolos de la tormenta. Los únicos que morían eran los que no conocían al árbol y se asustaban cuando se cerraba. Los adultos estaban avergonzados por casi matar al árbol. Estaba dejando de llover.

Pocas semanas después habían conseguido curar las raíces del árbol. Ya nadie decía que estaba maldito e incluso, en el Ayuntamiento se había propuesto convertirlo en el símbolo del pueblo. Los dos niños que había descubierto la verdadera naturaleza de la planta salieron en los periódicos regionales, posando junto al tronco. Los demás niños ya no se metían con ellos desde que salían en la radio e hicieron muchos amigos.

Para Fran y Javi aquellas fueron las mejores vacaciones de toda su vida.

jueves, 13 de enero de 2011

Nuevas viejas amistades

No estaba seguro de aquello. Pensándolo en frío era una locura, un juego enfermo de una mente no mucho más sana. Pero aún así, releyó el letrero de la puerta y entró. Dra. M. Riaza. Psiquiatra infantil.
Llevaba la capa que le había dado Lago. Los saltos de sombra a sombra eran como acelerones en un túnel mal iluminado. Los bordes de su visión se difuminaban y algo tiraba de él hasta el siguiente punto que quería alcanzar. La recepcionista ni siquiera reparó en él cuando entró y en la sala de espera media docena de niños acompañados de sus madres le ignoraron como a una mota de polvo arrastrada por el aire. Otro salto en la sombra y estaba dentro del despacho.
Era hermosa. Lago se lo había dicho, pero tenía una forma peculiar de contar las cosas. Lo veía todo fragmentado y desproporcionado, una lente de aumento rota describiendo a un ciego el mundo.
La mujer consultaba unos expedientes con obstinado interés. Tenía el pelo recogido con unas gomas de colores. Sería solo dos o tres años mayor que él. Julián se descubrió y esperó que notara su presencia.
La doctora se sobresaltó. Echó la silla de despacho hacia atrás, pero controló el miedo.

- ¿Qué quieres?

Era una reacción interesante. Ante la sorpresa se esperaba un "¿Cómo has entrado?" o un "¿Quién eres?". Pero la primera era una información innecesaria y la segunda era irrelevante. Era un joven con una capa y una espada al cinto. Quizás el paciente de algún compañero de clínica o un animador contratado para alguna terapia. La mente analítica de la doctora expuso lo único que no podía extraer del entorno. Sus motivos.

- Es complicado. Necesito hablar contigo.
- ¿Sobre?
- Un amigo en común que necesita que le ayudes.
- No creo que compartamos círculos sociales, y de todos modos, si necesita mi ayuda que pida una cita como los demás. No me gusta otorgar tratos de favor entre mis pacientes.
- Me dijo que te llamaba Doncella Marga. Quizás te suene.

¿Qué era aquello, una broma? En su tesis doctoral contaba su fantasía con el ladrón de cosas bonitas, cómo de pequeña se obsesionó con un amigo invisible y un mundo irreal y la medida en que aquello definió después su vocación hacia el estudio de la mente infantil y la ayuda a aquellos que no conseguían superar el delirio. Alguien quería tomarle el pelo. Era nueva en la clínica y se esperaba alguna novatada, pero no se imaginaba algo tan personal. Molesta descolgó el auricular para que echaran a aquel payaso de su despacho. El chico sonrió resignado.

- Me dijo que no me creerías. La ciencia ha devorado la magia, ha dicho. Me dijo también que aún lo conserva.
- ¿El qué?
- Lo que te robó. No ha querido contarme qué era.

Aquello era extraño. Jamás contó a nadie esa parte. Obligó a su memoria a desenterrar los recuerdos sepultados por capas de autoconvencimiento, lógica y montones de no-pudo-ser-real. Hubo algo que produjo un chispazo en su cerebro. ¡La capa! Recordó el tacto de aquella tela. Sus ondulaciones, su color, idéntico al de la prenda que el chico llevaba sobre los hombros.

- Supón que te creo y en vez de llamar a seguridad y clavarte una aguja llena de ansiolíticos en el cuello, escucho lo que tienes que decir.
- El mundo se muere y él está buscando a alguien. Creo que lo de mundo le da igual, pero me dijo que me ayudaría a evitarlo si yo le ayudaba a encontrar a esa persona.

- De acuerdo, voy a pedir esa aguja.

No tuvo tiempo de marcar el primer número. Una enfermera irrumpió en su despacho visiblemente alterada.

- ¡Doctora, tiene que venir!¡Han entrado todos en shock!

El chico ya no estaba allí. Por un segundo pensó en la posibilidad de que se hubiera quedado dormida ante el ordenador, pero el ruido de la sala de espera le obligó a ponerse en movimiento. Ya pensaría en ello más tarde.

Los seis niños estaban en el suelo. Convulsionaban. Tenían los ojos en blanco y espuma en la boca, con las caritas contraídas por el dolor y los espasmos. No eran capaces de sujetarlos cuando sus espinas dorsarles se arquearon y de sus pechos brotó una voz grave y lejana.

- Llegará la hora en que los ocho ojos vean a la Luz y la reconozcan.
Y el ciclo girará otra vez y todo cambiará,
pues la lucha ha de dar nacimiento a El Último.
Los muros caerán y ya no habrá miedo.
Niña de Plata, busca la magia detrás de la luna.
Niña de Plata, despierta a La Araña.
Niña de Plata, mata este mundo.

Y la crisis cesó en todos los niños al tiempo. Una voz a su espalda llamó su atención.

- Esto me ahorra muchas horas tratando de convencerte. Lago querrá hablar contigo. Ha pasado mucho tiempo.
- ¿Cuál es tu nombre?
- Antes tenía un nombre como el tuyo, pero he pasado mucho tiempo con él. Creo que he cambiado, que ahora soy algo más... Ahora me llamo Espada.
- Yo soy Marga.
- Lo sé. La Doncella Marga. Vámonos.

Y mientras La Araña dormía

viernes, 15 de octubre de 2010

Colores

Avanzó despacio, arrastrando la enorme espada de madera tras de sí. La estructura de la pequeña ermita devolvía magnificado el sonido de sus pisadas y del repiqueteo de su arma contra las juntas de las losas del suelo. Llegó hasta el altar, se encaró hacia la puerta y elevó la vista. Allí estaba. La vidriera.

- Has tardado mucho. Hace bastante que empezaron las señales. El tiempo es un lujo que no tenemos.

El sacristán guardó silencio, esperando a ver el efecto del reproche en el niño con la espada de madera. Aunque esperó en vano. El crío seguía contemplando las piezas de cristal de color. Apenas se alejaban de la gama más básica. Algún ocre, algo de púrpura, todo en un tono tan apagado que ni la exhaustiva limpieza y el sol de mediodía conseguían hacerla brillar.

- Tenemos que empezar a movernos. Encontrar al resto te devolverá los recuerdos que aún no hayan vuelto. -El sacerdote dio un paso adelante- Es una lástima que hayas despertado aún siendo un niño.
- Estás equivocado. -El muchacho llevó la mano a la empuñadura de su espada- Lo prefiero. Veo con más claridad. Mi alma está ahora más cerca de la Araña que nunca.

Sostuvo la espada empuñándola con las dos manos, con la punta dirigida a la vidriera. Con metódico movimientos trazó una serie de rectas en el aire, como si dibujara un símbolo en un lienzo que sólo él veía. Un sonido vibrante inundó la capilla, como si una cuerda demasiado tensa se rompiera y cruzara la estancia liberando un latigazo.

Y el ambiente trepidó, sacudido por una presión repentina. La vidriera había cambiado. Ahora resplandecía con colores nuevos, inventados por la mente de un niño, traídos de otras realidades, desveladas nuevas frecuencias de onda. Era hermoso en positivo, a niveles para los que eran necesarios nuevas palabras que aún no se conocían.

- Ahora el mundo tiene doce colores básicos, y de paso una nueva especie de mariposas.- El niño dudó un momento- ... Aunque creo que en el proceso he vuelto venenosas un par de plantas en Canadá.

El párroco no pudo articular palabra. Era más que evidente que aquel crío era quien decía ser: El mejor agente de la araña y la única esperanza del mundo. Sacudió la cabeza y tras un último vistazo a la refulgente cristalera entró de nuevo en la sacristía. Aún había mucho trabajo por hacer.

Y mientras la Araña dormía

martes, 22 de junio de 2010

Cinco minutos más

Se revolvió intranquila. Había un ruido de fondo, muy suave, que no podía distinguir. Tenía la sensación de que la buscaban. Había algo que debía hacer. Importante, urgente... o quizás no tanto, no lo recordaba. Cinco minutos más. Cinco minutos del agradable calor, cinco minutos de la confortante ignorancia, cinco minutos de la terca pesadez de sus párpados. Sólo cinco minutos más. Y así la Araña dormía.

martes, 8 de junio de 2010

Los hilos de la realidad

El niño se movía siguiendo un complejo método. Después de asestar cada estocada con su espada de madera se incorporaba, inspeccionaba su entorno y tras meditar unos instantes se acercaba con pasos lentos a otro punto del parque y descargaba toda la fuerza de sus brazos en un mandoblazo contra el aire.

Un joven se le acercó. En realidad solo trataba de impresionar a su amiga con su buena mano con los niños. Habían acudido juntos al parque con el sobrino de ella, un crío tímido y fantasioso. Se le ocurrió que ganaría muchos puntos si conseguía que el niño jugara con otros chavales, además de procurarse un tiempo a solas con la chica.

-¡Tío, esa espada se sale! -Le habló comoa otro de sus colegas. recordaba lo odioso que es que te hablen como a un crío cuando no eres más que eso.- ¿A qué estás jugando?

El muchacho le miró de soslayo, como si acabara de interrumpir una conversación privada, o hubiera dicho una impertinencia.

- Esto no es ningún juego.
- Vaya, si que te lo tomas en serio. - caviló un momento.- Vale. Entonces, ¿qué eres?¿Un gladiador, un mosquetero...?

De nuevo le miró, aunque esta vez resignado.

- A pesar de que presiento que no va a valer de nada voy a explicártelo. -Hizo un gesto amplio con la espada que abarcó todo el parque.- ¿Qué ves?
- Un parque.
- ¿Sólo?
- Bueno, veo personas, perros, árboles, otros animales, un par de bicis.
- ¿Y qué estás respirando?
- Aire
- Pero no lo ves. Y sin embargo está. Bien, pues igual que el aire, hay otras cosas que no se ven, pero que también están.
- No me digas, estás rompiendo átomos con tu espada de madera. -De pronto aquel niño no le pareció tan buen compañero de juegos para el sobrino de su amiga.
- No los átomos, sino lo que les da sentido. De nuevo, mira a tu alrededor. Todo lo que ves, toda esa materia esta formada por estructuras de átomos. Y hay algo que las mantiene adheridas y en funcionamiento.
- ¿Las leyes de la física? -estaba cada vez más perplejo.
- No. Los hilos de la realidad. Tus leyes son la consecuencia de ellos. Algunos son solo puntadas para evitar que todo se desmorone, pero otros son más complejos, como poleas y engranajes.
- Así que rompiendolos podrías lograr...
- Convertir ese estanque en mercurio, que el cemento fuese menos denso que el aire o convertirte en un charco de pulpa que me mire desde el suelo con indefensión.
- Claro, ya, seguro. -Ya estaba totalmente convencido de que el niño era algún tipo de psicópata, así que murmuró una excusa si volvió al banco donde esperaba su amiga.

Compuso una cara entre la resignación y el fastidio y se preparó para explicarle que aquel crío estaba chalado, pero algo hizo que se detuviera de pronto. Con el último golpe del niño el cielo se volvió verde. Y mientras, la Araña dormía.

martes, 2 de marzo de 2010

Otoño

-No entiendo lo de las hojas
-¿Sabe usted porqué las mejores historias se cuentan en otoño?

Por supuesto que no tenía ni idea. Aquel hombre le llenaba de curiosidad. No era un vagabundo al uso. Poseía un piso en el centro, cobraba un sueldo regular por los cuentos que mandaba por internet a diversas web infantiles. Podía tener una vida normal, pero prefería perder el tiempo en el parque recogiendo hojarasca en una despreocupada indigencia.

-Ocurrió antes de todo... o antes de esto, al menos. Cuando todas las historias, los cuentos y las leyendas pertenecían a los dioses y el hombre no tenía imaginación. Y habría sido así para siempre de no ser por un increíble acto de valentía, aunque muchos opinen que se trataba solo de locura.

Uno de los dioses, el Rebelde, el Loco, el Traidor... muchos son los nombres que recibe, se hartó del apocamiento del resto de dioses, pues comprendía que las historias y su magia, para seguir vivas, necesitaban de mentes que las soñasen, de corazones que anhelasen escuchar cada siguiente palabra, de ilusiones que alimentaran la llegada del feliz desenlace.

Así que robó la Narración, entera. Se la arrebató al resto de dioses y huyó hacia la Tierra de los Hombres desde su hogar en los Jardines del Sueño. Quizás antes de hacer nada ya sabía que se convertiría en un paria, un exiliado, o puede que nunca se parara a pensarlo. Pero cuando todos los demás dioses salieron en su persecución ya no había reparación posible.

Era cuestión de tiempo que le atraparan. Cada vez estaban más cerca y sus posibilidades de llevar las historias a los hombres menguaban a cada zancada de la precipitada carrera. Así que, desesperado, arrojó la Narración al mundo, sin saber que suerte correría.

Y entonces le alcanzaron. Tanto el dios rebelde como cuál fue el castigo por su crimen cayeron en el olvido. Pero no su proeza. Su plan, aunque descabellado funcionó. La Narración atravesó el cielo de los hombres como un lucero ardiente y se estrelló, quedando enterrada a varios metros de profundidad. La magia de las palabras es poderosa, y sobre todo, una fuerza viva. De la Narración brotaron raíces y creció un tronco, se multiplicaron las ramas y germinaron flores. En cada una de sus hojas se desgranaba una historia de las robadas por el Dios Rebelde.

Hubo que esperar a que pasaran las estaciones y las hojas teñidas de cobre y ocasos descendieran al alcance de los hombres. Por eso las mejores historias siempre se cuentan en otoño, pues los árboles tienen memoria y cada año en sus ramas repiten los relatos que aprendieron del fruto de la Narración y cubren el suelo con ellas, a la espera de que las recojamos para hacerlas grandes de nuevo, tan pronto posemos los ojos sobre sus palabras.

sábado, 20 de febrero de 2010

Cosquillas

Un caso curioso el de aquel niño. No sufría ninguna patología especialmente grave, pero mantenía desconcertados a todos los médicos y especialistas por cuyas consultas había pasado, y por su puesto, también a sus preocupadísimos padres.
El pequeño sufría incontenibles ataques de risa. Sin motivo, patrón o desencadenante.
Ocurría de manera casi aleatoria. En una ocasión, durante unas vacaciones familiares en Canadá, mientras el padre pedía indicaciones a un Policía Montado el niño estalló en carcajadas tan enérgicas que el caballo se asustó y por poco hizo caer al agente de la grupa del animal.
Estas muestras e vitalidad y alegría infantiles no deberían estar fuera de lo común en un niño de esta edad, pero la madre insistía en que se le realizaran todas las pruebas de las que tenía conocimiento. En particular desde que en el entierro de una tía lejana el niño se perdió entre las lápidas.
Buscaron durante horas por todo el cementerio, hasta que por fin dieron él. Estaba en un panteón. Se había separado de sus padrs en un momento de descuido y fue leyendo los epitafios hasta llegar al mausoleo abierto.
Estaba ensimismado, con una sonrisa inocente, como solo un niño puede tener y los ojos recorriento cada pulgada de las estatuas que ornamentaban el sepulcro.
Los doctores se sucedían sin que ninguno se atreviera a dar un diagnóstico en firme.
Pero a pesar de esto el niño crecía feliz. cada tarde acudía al parque cercano a su casa y jugaba con sus compañeros de colegio.
Aunque un día, corriendo tras una pelota perdida, el pequeño se plantó delante de un vagabundo. Llevaba unos pantalones de pana raídos, una vieja camisa de cuadros y una gabardina con tantos años como el propio mendigo.
El gesto no pasó inadvertido a la vigilante mirada de la madre, que se apresuró a acudir al rescate de su hijo.
Pero cuando llegó a la altura del niño, este se estaba partindo de la risa, igual que el sintecho, inmersos en el mismo regocijo secreto.
La mujer se fijó más detenidamente en el hombre. Las canas se enraizaban en su barba, aunque la juventud brillaba en sus ojos.
En sus manos sostenía puñados de hojas caídas de los árboles, cuidadosamente apiladas y ordenadas. Los dos, el niño y el hombre compartían una carcajada espontánea, mientras miraban las hojas con lágrimas en los ojos.
Solo después de que la mujer le llamara dos veces el niño accedió a soltar las hojas y alejarse del hombre.
Aunque concernida, la madre permitió que los encuentros se repitieran. Cueando estaban juntos los ataques de risa les sobrevenían a la vez, al parecer bajo los mismos hechos.
El pequeño comenzó también a recolectar hojas. Las escogía con mimo, las estudiaba ceñudo. Desechaba algunas, atesoraba otras con avidez y todas le hacían reir.
Un día volviendo a casa el niño comentó distraido.
- ¿Sabes mamá? Ese señor es igual que yo.
-¿Ah, si?
-Si. Él también tiene cosquillas en la imaginación.

domingo, 3 de enero de 2010

Intrascendente

Llueve, Las gotas se estrellan contra el asfalto empapado, que brilla negro como un lago de ónice, salpica y arrancan destellos níveos de las farolas. Entre los dos me hacen pensar en las teclas de un piano, évano y marfil. Y por algún giro intrascendente del pensamiento pienso en el mar. Con el mar llegas tú.
Pienso entonces cómo no hace tanto tuvimos que huir de una lluvia parecida. Cómo el viento traía el frío que no te dejaba ni hablar. Ir a una tetería y no pedir té. Comprobar que contigo es mejor cenar dos veces antes que dar explicaciones.
Otro golpe de intranscendencia desvía el razonamiento. Muchas volutas sin importancia después regresas. Por que al marcharte te llevaste contigo el sol, cómo haces siempre, y aquí el calor no remonta (pero no me das envidia)
Solo nos falto un poco más de nieve, pero bueno, eso es intrascendente.
SFS

domingo, 18 de octubre de 2009

Secretos

Creo que aún no he asimilado todo lo que me contaste. Cuando te fuiste casi me dio pena lo abatida que estabas, y en cierta manera lo entendía. Malgastar todo un verano en un pueblo costero en… no recuerdo bien donde… de lo que estoy seguro es que daba al Mediterráneo.

El caso es que te marchaste durante tres meses y volviste cambiada y con una petición. “Si me voy de nuevo, escríbeme, cuéntame lo que pasó. A ti siempre se te dieron bien las palabras, será hermoso recordarlo si lo narras tú”.

Por lo que sé el pueblo se disponía alrededor de una pequeña cala en la que habían construido un embarcadero, lo suficientemente grande para dar cobijo a un par de pesqueros. Allí no vivía mucha gente… ochenta, tal vez cien personas, algunas más en verano. Tampoco había mucha gente de nuestra edad, ni cosas que hacer para la gente de nuestra edad.

Pero me hablaste de un lugar al que te gustaba ir. La tienda de libros antiguos del viejo Möser. Möser era un judío escapado de Alemania en una época que no quería recordar, o al menos es lo que contaba la gente en el pueblo. Nadie conocía realmente al anciano que regentaba la librería, siempre detrás de su mostrador, ridículamente bajo para su metro noventa de altura.

Hablar de todas las tardes en las que te escondiste del aburrimiento entre las estanterías de Möser me llevaría casi tanto tiempo como el que tú estuviste fuera. Pero hay una de esas tardes a la que tengo que referirme, en la que cambió todo.

He tenido que parar de escribir durante un momento. Pensar como decir lo siguiente. Sé que me pediste que hiciera esto no por ti, sino para mí mismo, para entender porqué te fuiste de nuevo. Pero supongo que no lo lograré hasta que ponga el último punto y final.

Una tarde encontraste un libro, exquisitamente editado en piel, con guardacantos cromados y un candado guardando sus secretos. Te conozco, y no necesité que me lo dijeras para saber que lo siguiente que hiciste fue preguntar al viejo Möser. Y en tu lugar yo también habría pensado que el anciano me tomaba el pelo cuando tras mirarte durante un buen rato en silencio sacó de debajo de su camisa una cadenita de la que colgaba una llave.

Tampoco habló cuando tomó el libro, lo abrió y te lo tendió de nuevo. En blanco. Lo lógico habría sido pensar que se trataba de un diario, pero el peso de los ojos de Möser sobre ti indicaba lo contrario, que aquellas páginas vacías ocultaban un secreto… y que apropiada resulta esa última frase.

Era el libro de los secretos, te contó el viejo judío, y hasta ese momento había permanecido durante décadas mágicamente oculto. Solo alguien destinado a desvelar grandes secretos o a protagonizarlos podría encontrarlo. Y allí estabas tú.

Siempre supe que eras especial, pero jamás imaginé cuanto.

El librero te explicó que en sus páginas aparecerían los secretos de aquel que lo sostuviera, y para demostrártelo te mostró el suyo.

En las páginas desiertas brotaron palabras que hablaban de cosas más antiguas que el hombre, de criaturas de mística y esencia, de seres, como el viejo Möser que eran espíritus de tiempo, entidades que se alimentaban del mismo tiempo. Por eso el viejo nunca salía de su tienda. ¿Dónde encontraría más tiempo que entre sus libros? Tanta vida, tanta experiencia y anhelos, no solo de las propias historias, sino también de sus autores, habían empujado a Möser a una existencia que se extendía durante siglos.

Pero las páginas también hablaron de la soledad estos fantasmas de lo que fueron, de cómo buscaban la muerte durante tanto tiempo que llegaba un momento en el que eran tan viejos que podían alimentarse de sí mismos. Möser a veces decía, como en una letanía, que las buenas historias tienen principio, nudo y desenlace, “sobretodo desenlace”.

Recuerdo el brillo de tus ojos cuando me hablaste de esa tarde. Recuerdo cada una de las palabras que salieron de tus labios, las mismas que afloraron en el libro cuando Möser te lo cedió:

Se sentía extraña. Estaba en medio de la cubierta mientras los piratas llegaban. Sabía que eran piratas por que el libro así lo aseguraba, pero por su aspecto nadie podría decirlo a ciencia cierta. Un joven vestía de mimo, con la cara pintada representando un gesto triste congelado en el tiempo. Una gitana sostenía una bola de cristal dentro de la que se arremolinaban volutas de humo. un hombre trajeado consultaba algo en su agenda digital. Un chico vestido con oscuros ropajes orientales pese a sus rasgos mediterráneos, la miraba intensamente con una sonrisa en la cara. El pelo negro le caía sobre lo ojos verdes. El hombre que le había franqueado la entrada llegó junto a ella. Con voz fuerte comenzó a hablar:

-¡Avisad al capitán! ¡Ha llegado una nueva tripulante!

Tras unos segundos de actividad todos los marineros estaban de pie, en círculo alrededor de Mharie. Alguien carraspeó detrás del muro de personas e inmediatamente se hizo un pasillo por el que avanzó un niño de unos ocho años. Llevaba un tricornio demasiado grande que se le caía hacia delante constantemente. Colgada del cinto, iba arrastrando una espada de madera de dos veces su estatura. Se puso frente a ella y mirándola a los ojos comenzó a hablar. Tenía voz de adulto.

-¿Has meditado el significado del libro y de las acciones que te ves impelida a tomar?

Su tono era melodioso y el lenguaje un tanto enrevesado, pero la seguridad con la que habló el niño con voz de hombre sólo daba lugar a una respuesta.

-Si- contestó Mharie.

-¿Dejarás tu vida atrás para seguir mis órdenes y dedicarás el resto de tus días a descubrir la Verdad a bordo del Viento del Cambio?
-Si.

-¿Dejarás atrás tu nombre?

-¿Tengo otra opción?
-Me temo que no. Responde.
-Si.
-¿Sabes ya quien quieres ser?
Mharie asintió con la cabeza. El campitán sonrió. Todos los piratas dirigían sus miradas de uno a otro. Todos habían pasado ya por ese ritual en el que se quitaban la venda de la apariencia de los ojos y se iniciaban como tripulantes del extraño barco. Lo habían contemplado docenas de veces, y aún así se trataba de algo impresionante.
-Gritalo al viento.- Susurró el Capitán.
Mharie inspiró, dio dos pasos atrás, cerró los puños y gritó con todas las fuerzas de las que fue capaz:

-¡Mi nombre es Luuuuuuuuuuuuuuuuuuuz!
En ese momento su cuerpo empezó a brillar, primero con un suave resplandor, después con una potencia cegadora. Comprendió que se acababa de convertir en un elemental del destino al servicio de la Verdad, que iría a buscarla allí donde estuviera, que a partir de ese instante se dedicaría a la caza de secretos custodiados por monstruos y que después los gritarían al aire, para que todo el mundo que quisiera pudiera escucharlos. Supo que como ella, los demás tripulantes habían recibido un don al cambiar de nombre. Les miró detenidamente. Ahora todos le sonreían. El Capitán dio un paso al frente.
-Bienvenida, Luz.- El niño con voz de hombre se volvió hacia sus hombres.- ¡¿Que hacéis ahí parados?!¡Levad anclas!¡Zarpamos!



No te llamas Mharie, pero sabes que hablaba de ti. No creías posible que eso fuera a sucederte, pero incluso sin creerlo sabías que sería así. De entre las páginas del libro de los secretos se deslizó un pasaje para un barco, sin nombre ni destino. Möser sonreía.

Esta parte me resulta difícil de recordar. Tus palabras iban tan deprisa como imagino que debían ir tus pies, a la carrera desde la tienda de Möser hasta el embarcadero. Había un pequeño bote de cabotaje, y en el horizonte un barco de vela.

Sucedió tal y como el libro de los secretos había predicho. Estuviste fuera mucho tiempo. Desentrañasteis muchos secretos, los piratas y tú, y he de confesar que no entendí ni la mitad de los que me contaste.

Hay uno que me resulta particularmente hermoso. Es el primero que descubriste, cuando el capitán, el niño con voz de adulto habló contigo en tu primera noche abordo.

Toda la tierra, sus pobladores, la vida que acoge, los ecosistemas que la forman, es un ser consciente de sí mismo, una entidad que siente cada uno de los destellos vitales que la componen y que en definitiva esta viva… y sufriendo.

Cada secreto en el mundo es como una espada atravesando la realidad y vosotros os dedicabais a extraerlas y a reparar todo el daño causado. ¡Erais como superhéroes! Conceptos y metáforas salvando el mundo. Era poesía.

Pero volviste a la prosa, a la realidad, a mí. Me contaste todo esto y te quedaste callada esperando a que yo dijera algo. Algo que no encontraba por más que buscara en mi mente. Después me lo pediste. “Si me voy de nuevo, escríbeme, cuéntame lo que pasó. A ti siempre se te dieron bien las palabras, será hermoso recordarlo si lo narras tú”.

Al fin lo he entendido. Creo que lo entendí cuando al llegar a casa tu ya no estabas, cuando encontré sobre la mesa un pasaje para un barco, sin nombre ni destino. Ya lo he entendido.

Por eso esperaré a que regreses y me cuentes los nuevos secretos que desvelarás en tu viaje para que pueda escribirlos, como aquella vez que vencisteis a un kraken para conocer todos los nombres del mundo o tuvisteis que librar una batalla de adivinanzas contra las gaviotas del Triángulo de las Bermudas para descubrir el sabor de los colores.

Vuelve pronto.

jueves, 24 de septiembre de 2009

El rincón de las alimañas de Mika

- Y a pesar de todo sigues sin creerme... tu lo has visto con tus propios ojos, has volcado todo un tintero en esa hoja y lo ha absorbido ¡sin ni siquiera oscurecerse un poco!¿Qué más pruebas quieres?

- No lo se, pero no sería la primera vez que intentaras timarme, Gunter.

Los transeúntes pasaban deprisa, envueltos en sus abrigos y bufandas sin prestar atención a la pequeña tienda de animales, y mucho menos a los dos hombres de hablaban en su interior. Tampoco se fijaron a través de la puerta en la que se podía leer “el rincón de las alimañas de Mika” en el trozo de papel que sostenía uno de ellos.

- Todavía me pregunto hasta cuando pretendías seguir con la farsa del basilisco. Sabías que en cuanto le echara algo de comer y ese algo en vez de convertirse en piedra siguiera correteando por la caja, sospecharía algo.

- Bueno… yo ya te devolví la pasta, ¿no? Y además, no se notaba tanto…

- Gunter… ¡era una gallina envuelta en papel de plata pintado de verde!

- Gallina que por cierto te regalé, no lo olvides.

Mika suspiró, dando por imposible a su amigo. Con una inclinación de cabeza le indicó que pasara a la trastienda. Él echó el cierre y colocó el cartel de abierto en cerrado. En la trastienda se encontró con Gunter rebuscando en la pequeña nevera. Sabiendo que reprenderle no tendría ningún efecto en su incorregible proveedor de especies raras se fue a la estantería, a coger uno de los libros que heredó de su tío.

- A ver… D, D, D… ¡Aquí! Diablillo de la tinta… subespecie de duende… vive introduciéndose en trozos de papel y alimentándose de tinta… exuda un líquido cuyas cualidades dependen del color de la tinta de la que se alimenta, si es azul, es un alucinógeno suave, con tinta roja, cicatriza cualquier herida sobre la que se aplique, la tinta verde hace que produzca un veneno mortal… viene una lista con los colores y los efectos.

Gunter devoraba a dos carrillos unas chocolatinas que había encontrado y ahora buscaba algo de beber. Mika volvió a dejar el viejo tomo en su sitio.

- De acuerdo, me lo quedo, pero antes vamos a sacarlo de esa hoja. Quiero verlo…Gunter, tienes 17 años… ¡¿qué coño haces con una cerveza?!

- No me jodas tío, que eres peor que mi madre.- Abrió la lata y le dio un par de tragos.- El bicho son 500… y un poco de la cosa de alucinar cuando empiece a destilarla.

- Está bien. Alcánzame un recipiente de esos y déjame tu mechero.

Pusieron la hoja sobre una pecera llena de polvo que había en un estante junto a otras jaulas para diversos animales y Mika comenzó a pasar la llama del mechero sobre la superficie de la hoja. Por la otra cara unas gotas de color negro caían a la pecera. Al cabo de unos segundos un pequeño chapoteo les indicó que el diablillo ya había caído. Era un ser pequeño, de aspecto frágil y puntiagudo, cubierto de una babilla viscosa.

- Eso es la sustancia que dice el libro, aunque no se que efecto tiene con tinta negra… bueno, pásate mañana por el dinero. Y sigo interesado en los retoños de mandrágora. Si consigues alguno soy el primero de tu lista, ¿de acuerdo?

- De acuerdo. ¿me paso a las cinco?

- Si. Pon el cartelito en abierto al salir.

Gunter se acabó la cerveza de un trago y se metió un par de chocolatinas en los bolsillos. Se despidió con un gesto y se marchó. Mika se agachó para ver mas de cerca de su nueva adquisición. Se palpó los bolsillos y encontró un bolígrafo azul.

- bien bichejo, ¿tienes hambre?

lunes, 12 de enero de 2009

Sólo es nieve

El viento arrastra aristas de frío que titilan con leves brillos delante de los ojos y nublan el fondo de la calle, arremolinadas, traviesas. Salpica las mejillas y se enreda en las pestañas un polvo de invierno y de escarcha que estremece las cosquillas dormidas bajo la bufanda. Las hojas de los arbustos tornan su savia en piedra y crujen al tacto. Se parte el suelo en espejos con cada pisada. Hay quien dice que el llanto enganchado en el aire son las esquirlas de hielo que desprenden las espadas de cristal de dos ángeles con alas de plata, embestida tras embestida. Para otros sólo es nieve

viernes, 15 de febrero de 2008

Cuando clavas tu pupila en mi pupila

Llego tarde al bar, pero se que sus ojos azules me van a estar esperando en la mesa del fondo. Me siento en la silla frente ella, que tuerce la boca enfadada mientras el marrón de sus ojos ríe. Nos reímos los dos. Pido una infusión, color avellana, como el iris que abraza su pupila. Hablamos durante horas, la infusión se enfría y cada vez que su mirada verde se posa en la mía me da un vuelco al corazón. Cerramos el bar y las estrellas arrancan un destello violeta en sus ojos. Paseamos, no me atrevo a cogerla de la mano, pero no puedo dejar de mirar sus ojos negros. Saltamos el cartelito que dice “prohibido pisar el césped” y nos sentamos en la hierba. Empezamos a hablar a la vez, reímos y callamos. Me quita el aliento al taladrarme con esas dos ventanas color miel que dan a su alma.
-¿En que piensas?
-En nada.
Callamos, ella contrariada, yo cohibido. Respiro.
-En que me encanta el color de tus ojos.