Mostrando entradas con la etiqueta CuentaCuentos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta CuentaCuentos. Mostrar todas las entradas

miércoles, 27 de febrero de 2013

Y el baúl se quedó vacío

Y el baúl se quedó vacío. Ya no contenía tesoros piratas recogidos por todo el mundo. Ya no era el continente de monstruos que no debían ver la luz, ni escondía portales a otros reinos de fantasía y magia.
Dejó de ser la cabina de un caza espacial. Y el fuerte en mitad del oeste y la alfombra voladora y la moto protocuántica y el submarino atómico y el caparazón de invisibilidad y el castillo embrujado y el bólido de carreras.
En realidad a la ajada caja de cartón no le pasó nada. Pero tú y yo nos hicimos mayores.

jueves, 24 de septiembre de 2009

El rincón de las alimañas de Mika

- Y a pesar de todo sigues sin creerme... tu lo has visto con tus propios ojos, has volcado todo un tintero en esa hoja y lo ha absorbido ¡sin ni siquiera oscurecerse un poco!¿Qué más pruebas quieres?

- No lo se, pero no sería la primera vez que intentaras timarme, Gunter.

Los transeúntes pasaban deprisa, envueltos en sus abrigos y bufandas sin prestar atención a la pequeña tienda de animales, y mucho menos a los dos hombres de hablaban en su interior. Tampoco se fijaron a través de la puerta en la que se podía leer “el rincón de las alimañas de Mika” en el trozo de papel que sostenía uno de ellos.

- Todavía me pregunto hasta cuando pretendías seguir con la farsa del basilisco. Sabías que en cuanto le echara algo de comer y ese algo en vez de convertirse en piedra siguiera correteando por la caja, sospecharía algo.

- Bueno… yo ya te devolví la pasta, ¿no? Y además, no se notaba tanto…

- Gunter… ¡era una gallina envuelta en papel de plata pintado de verde!

- Gallina que por cierto te regalé, no lo olvides.

Mika suspiró, dando por imposible a su amigo. Con una inclinación de cabeza le indicó que pasara a la trastienda. Él echó el cierre y colocó el cartel de abierto en cerrado. En la trastienda se encontró con Gunter rebuscando en la pequeña nevera. Sabiendo que reprenderle no tendría ningún efecto en su incorregible proveedor de especies raras se fue a la estantería, a coger uno de los libros que heredó de su tío.

- A ver… D, D, D… ¡Aquí! Diablillo de la tinta… subespecie de duende… vive introduciéndose en trozos de papel y alimentándose de tinta… exuda un líquido cuyas cualidades dependen del color de la tinta de la que se alimenta, si es azul, es un alucinógeno suave, con tinta roja, cicatriza cualquier herida sobre la que se aplique, la tinta verde hace que produzca un veneno mortal… viene una lista con los colores y los efectos.

Gunter devoraba a dos carrillos unas chocolatinas que había encontrado y ahora buscaba algo de beber. Mika volvió a dejar el viejo tomo en su sitio.

- De acuerdo, me lo quedo, pero antes vamos a sacarlo de esa hoja. Quiero verlo…Gunter, tienes 17 años… ¡¿qué coño haces con una cerveza?!

- No me jodas tío, que eres peor que mi madre.- Abrió la lata y le dio un par de tragos.- El bicho son 500… y un poco de la cosa de alucinar cuando empiece a destilarla.

- Está bien. Alcánzame un recipiente de esos y déjame tu mechero.

Pusieron la hoja sobre una pecera llena de polvo que había en un estante junto a otras jaulas para diversos animales y Mika comenzó a pasar la llama del mechero sobre la superficie de la hoja. Por la otra cara unas gotas de color negro caían a la pecera. Al cabo de unos segundos un pequeño chapoteo les indicó que el diablillo ya había caído. Era un ser pequeño, de aspecto frágil y puntiagudo, cubierto de una babilla viscosa.

- Eso es la sustancia que dice el libro, aunque no se que efecto tiene con tinta negra… bueno, pásate mañana por el dinero. Y sigo interesado en los retoños de mandrágora. Si consigues alguno soy el primero de tu lista, ¿de acuerdo?

- De acuerdo. ¿me paso a las cinco?

- Si. Pon el cartelito en abierto al salir.

Gunter se acabó la cerveza de un trago y se metió un par de chocolatinas en los bolsillos. Se despidió con un gesto y se marchó. Mika se agachó para ver mas de cerca de su nueva adquisición. Se palpó los bolsillos y encontró un bolígrafo azul.

- bien bichejo, ¿tienes hambre?

martes, 28 de octubre de 2008

No quería repetir, pero un hilo de sangre ya le caía por la comisura

No quería repetir, pero un hilo de sangre ya le caía por la comisura. Siempre ocurría igual. Todo empezaba con una charla inocente, él se ajustaba las gafas en un gesto tímido, ella lo encontraban adorable. De un modo otro siempre acababan en el piso de ella. El último café, la última copa, algo de música… Él fingía una torpeza que le era impropia y ella reafirmaba su autoridad controlando la situación en su propio territorio. El poder nos vuelve tan insensatos… De modo que ella marca el paso, ambos intiman y él pierde el control.

Había vuelto a manchar el pantalón por la excitación. Se secó la boca con el dorso de la mano y contuvo las nauseas hasta que dio con el baño. Se desnudó después de vomitar y una vez dentro de la ducha abrió el grifo del agua caliente, sin importarle lo más mínimo escaldarse bajo el vapor. Se frotó furioso, intentando arrancarse el sudor y el arrepentimiento de la piel, a tiras así fuera la única forma.

Se secó con la primera toalla que encontró, mirando de vez en cuando al cuerpo desmadejado que yacía sobre la cama. La rutina que se había grabado a fuego en la mente se abrió paso entre la niebla de su pensamiento.

Ir a la cocina, guantes, lejía, limpiar todo lo que hubiera tocado, verter al menos la mitad de la botella de lejía en el plato de la ducha y en el váter. Colocar un cuchillo en la mano de la chica, ampliar la herida del cuello y masajear el corazón para simular una hemorragia en la herida post-mortem. Cuando la encontraran sería un suicidio entre otros.

- Te estoy aburriendo- La voz de la chica le sacó de su ensimismamiento.

La miró con esos ojillos tímidos mientras se subía las gafas.

- No, perdona. Te pareceré un estúpido, pero por un momento estaba tan a gusto que no me di cuenta de que no estaba sólo.- De forma inconsciente usaba palabras con muchas ese y erres suaves, de tal forma que transmitía una sensación de sosiego a su interlocutora,- Bueno, así dicho en voz alta si que suena bastante a delirio.
- A mí me suena bastante tierno. –Le tocó levemente los dedos de la mano derecha- ¿Qué te parece si subimos a mi piso a tomar la última copa y me cuentas en que estabas pensando?
- De acuerdo. –Sonrió al borde del sonrojo de nuevo.- Pero sólo era un dejá vu.

martes, 16 de septiembre de 2008

Penitencia

El silencio de la noche fue su aliado. Poco a poco, paso a paso, el crepitador, un insecto de cenizas, humo y un rescoldo por corazón, fue reptando por el suelo ennegreciendo el musgo sobre el que pasaba. Esta criatura, que nace de los troncos de árboles que han sido alcanzados por un rayo, es en verano un terrible enemigo, pues al estar todo mucho más seco es cuando más sencillo le resulta provocar incendios, actividad en la que encuentra un oscuro placer.

El musgo dio paso a la hojarasca y así llegó inadvertido hasta el mismo corazón del bosque, la guarida del Espíritu Lobo. El soberano del Bosque supo enseguida que algo iba mal. El leve resplandor que emitían las extremidades del pequeño elemental de fuego quedaba fuera de su campo de visión, pero el olor a quemado no escapó a su finísimo olfato. Despertó al instante a su manada y con un potente aullido advirtió al resto de habitantes del bosque del peligro. Al cabo de unos momentos todas las criaturas buscaban al peligroso intruso. Si se desataba un fuego no tendrían medios para luchar contra él, y mucho menos sofocarlo.

Fue el hijo del Espíritu Lobo, el primero de su raza, el que encontró al crepitador. Acababa de alcanzar la edad adulta, así que en sus venas bullían la energía y las ganas de ganarse el respeto a los ojos de su padre, por lo que, sin apenas conocer nada de su enemigo, lanzó sobre él la furia de sus colmillos.

El insecto estaba ardiendo, por lo que nada más dar la primera dentellada el Heredero se abrasó el hocico. El instinto de supervivencia del crepitador actuó por él. Aspiró aire hasta alcanzar el doble de su tamaño y roció una lluvia de chispas sobre el primer lobo, hiriéndole en el rostro. Algunas de las chispas alimentadas por el soplo del insecto prendieron las hojas del suelo en llamas, que se expandieron por todo el claro. El intruso estaba hinchándose otra vez, pero las pezuñas del Espíritu Ciervo lo aplastaron a tiempo antes de que volviera a escupir.

-¿Estás bien, Heredero?

La mitad del rostro le escocía como si le clavasen mil agujas al rojo vivo. Olía a carne chamuscada y solo veía por un ojo.

-Si, Espíritu -mintió-. No es nada.

El Espíritu Ciervo iba a añadir algo más, pero las llamas seguían creciendo y tenía que asegurarse de que la progenie que había creado a su imagen y semejanza seguía bien. Que el Espíritu Lobo se ocupara de los suyos.

Las llamas devoraban todo a su paso. Aquel fuego parecía un ser vivo que se extendía calcinando cuanto encontraba. Los habitantes del bosque comenzaron una huída desesperada hacía el sur, perseguidos por el terrible resplandor del horror que crecía a sus espaldas.
El Espíritu Oso y los suyos comenzaron a derribar árboles en un cinturón alrededor del fuego, pero de nada sirvió pues el aire arrastraba cenizas y rescoldos que abrían nuevos frentes por todas partes.

Todos los espíritus coincidieron en que lo más sensato era renunciar al bosque y salvar su propia vida y la de sus vástagos. Encontrarían otro lugar donde vivir.
Pero una suave voz se alzó en contra. Se trataba del Espíritu Cuervo, apenas un recién llegado al bosque que aún no había creado su estirpe. Poseía un hermosísimo plumaje blanco, rematado con algunas plumas de un majestuoso azul eléctrico en la cola y las alas, tan puro como su voz. Había llegado a ellos una noche, nacido del reflejo de la luna en un lago. Por eso le parecía injusto renunciar al bosque, pues apenas había tenido tiempo para disfrutar de su belleza.

- Aún tenemos una posibilidad -dijo-. Volaré alto, hasta las nubes, y hablaré con el Espíritu de la Tormenta. Le pediré que descargue sobre nosotros. ¡Podemos salvar el bosque!

- No te escuchará -contestó el Espíritu Lobo-. Mira el cielo, no le dará tiempo a prepararse. Además… somos demasiado insignificantes

- ¿Y te rendirás sin intentarlo, Soberano del Bosque?

Usar el título del Espíritu Lobo en esas circunstancias era casi un insulto. El Soberano del Bosque juraba por su vida y su honor defender su hogar de cualquier peligro. Era su fracaso hecho palabra.

- Parte ya -gruñó.

El Espíritu Cuervo echó a volar entre los árboles que aún no ardían, ganando altura, pero pronto se vio rodeado de llamas que reían burlonas. El calor era insoportable. El humo inundaba sus pulmones y le impedía la visión. Voló a ciegas mucho tiempo, evitando las ramas que caían de manera instintiva. Las altas temperaturas iban consumiendo su cuerpo y sus energías. La desesperación hizo presa en él cuando algunas de sus plumas se prendieron. Voló durante casi una hora sin alcanzar siquiera la copa de los árboles más bajos. Todo su cuerpo estaba tiznado de ceniza y hollín. Cuando sintió que las fuerzas lo abandonaban empezó a pensar que no lo conseguiría y que se reuniría con la Dama Oscura, pero en ese momento atravesó el techo vegetal del bosque, el verde dosel – ahora negro – de ramas y hojas. Lo que vio entonces le horrorizó.

La inmensidad del bosque ardía. Solo un pequeño sector al sur aún estaba a salvo, donde los espíritus y sus chiquillos resistían. Debía darse prisa.

En el suelo comenzó a crecer la esperanza. Quizás lo consiga, quizás le escuche, quizás nos ayude. El Espíritu Búho comentó en voz alta que aún había una oportunidad. Todos confiaron.

El Espíritu Cuervo llegó a un cúmulo de nubes y con la voz reducida a un graznido pidió audiencia. No hubo respuesta. El Espíritu Lobo tenía razón. El Espíritu de la Tormenta no estaba allí. No había salvación. Al mirar hacia abajo vio que habían tenido que retroceder, pero que aún no habían abandonado el bosque. Comprendió al ver las llamas rodeándolos que o se marchaban ya o no se marcharían nunca. Inició el descenso en picado, con lágrimas en los ojos por la velocidad y la impotencia. Según descendía sus plumas se iban deshaciendo en cenizas.

El Espíritu Ciervo no pudo contener a los suyos mucho más tiempo y acabó dando la orden de retirarse. El Espíritu Búho no tardó en seguirlos con su progenie. El Espíritu Araña y sus hijas fueron tras ellos. Ramas envueltas en fuego comenzaron a caer, aplastando a algunos vástagos del Espíritu Jabalí. Entonces cayó del cielo el Espíritu Cuervo, con llamas lamiéndole el cuerpo. El esfuerzo y la temperatura habían reducido su cuerpo a la mitad, su voz rota era un graznido y su plumaje, otrora níveo, ahora lucía negro como las columnas de humos que se alzaban a su espalda. Habló casi sin resuello.

- No lloverá -dijo en un estertor-. Huid.

- Malas noticias nos trae tu orgullo -dijo el Espíritu Lobo-. A partir de ahora será tu destino.

- Será mi penitencia -graznó.

Todos comenzaron a huir, aunque no todos lo lograron. El bosque fue destruido y los Espíritus y sus vástagos tuvieron que buscar otro hogar. El Espíritu Cuervo creó por fin su progenie, a su imagen y semejanza. Nos creó a nosotros. Por eso nuestros cuerpos son pequeños, nuestras voces graznidos y nuestras plumas negras.

Los polluelos le miraban boquiabiertos como él una vez miró a su padre. Todos los cuervos debían conocer la historia de su origen. Debían comprenderla para comprender por qué el más rápido y más resistente de cada generación tenía que volar hasta nubes en un viaje del que tal vez no volviera. Para comprender por qué él debía ir en busca del Espíritu de la Tormenta para pedirle que descargue sobre ellos y limpie sus plumas y su nombre, para volver a ser grandes, blancos y de voz pura. Para comprender el alcance de su penitencia.

miércoles, 5 de marzo de 2008

Soy el mendigo que sólo acepta sueños (el esgrimista)

- Soy el mendigo que sólo acepta sueños.
- Me parece muy bien señor, pero o se marcha de mi puerta o llamaré a la policía.

Julián se encontró con el mismo espectáculo de todos los días a la puerta de la academia de esgrima. El fardo de ropa bajo el que se adivinaba una persona había vuelto a bloquear las escaleras de acceso, y como cada día, el encargado de turno le echaba de allí.

Entró sin saludar a nadie, como siempre, o mejor dicho, no hubo nadie que le hablara para poder devolverle el saludo. En los vestuarios se cambió en silencio, sin levantar la mirada hacia el resto de muchachos de su grupo, que le lanzaban envenenadas miradas de soslayo.

Era un chico moreno, de piel pálida. Delgado aunque bastante fibroso. Los años de disciplina marcial y manejo de la espada habían conferido a su cuerpo una resistencia, fuerza y agilidad superior a los de cualquier deportista de élite. Pero aún así se negaba a participar en los torneos y campeonatos, a pesar de ser el mejor espadachín de toda la ciudad, puede, que del país. Se había apuntado al primer curso de esgrima para conocer gente, superar su timidez y tal vez, aumentar su autoestima. Pero de nada había valido. Su superioridad técnica le había valido el rencor de todo contra el que cruzaba los sables de entrenamiento, lo que confundía a Julián aún más. ¿Por qué lo odiaban, si todo lo que hacía era mejorar? ¿No se suponía que era para eso para lo que acudían a entrenar?

Una vez en la sala de entrenamiento comprobó con fastidio quien sería el instructor de aquella tarde. Matías, uno de los raros casos en los que los alumnos se convertían en maestros, pero con todo y con eso, inferior a Julián. En cuanto sus miradas se cruzaron, ambos supieron cual sería el ejercicio que realizarían.

- Julián, ¿Cuánto tiempo llevas practicando esgrima?- le interpeló el instructor.
- Diez años, la mitad de mi vida.
- Entonces coincidirás conmigo en que no sería justo para los menos experimentados enfrentarse cara a cara a ti.
- Es verdad. No sería justo ni siquiera para ti. –Sonrió mientras se ponía el visor protector.- ¿Cuántos a la vez?
- Cinco. –contestó Matías apretando los dientes.– Contándome a mí.

Julián se colocó en el centro de la sala, mientras Matías y otros cuatro de los más avanzados tomaban posiciones a su espalda y a sus flancos, en tensión, listos para atacar. Y ese era su error. Según concebía Julián la esgrima, no se trataba de la tensión o la fuerza, si no de fluir, de ser las ondas que levanta una piedra al caer en un lago. La piedra se hundiría pero las ondas se convertían en olas.

Iniciaron el movimiento a un gesto de Matías, pero dos de ellos se adelantaron. Con la suavidad de una brisa paró la estocada del primero y trabó el sable del asaltante contra el que se le acercaba por detrás. Girando sobre sí mismo, siguiendo la corriente de movimientos que se había desatado, golpeó en la rodilla al que quedaba a su espalda y en las costillas al hombre de su izquierda con el mismo tajo de la espada embotada. Con dos gráciles pasos llegó hasta Matías. Fintó un ataque que de haberle acertado le habría partido el cuello. Golpe lateral al codo, estocada al hombro y descendente a la muñeca.

Se escuchó un crujido que detuvo a todo en seco. Matías, desarmado y con la muñeca posiblemente rota, se quitó el visor y se sujetó la mano derecha sollozando.

- ¡Estás loco! – Le gritó el instructor mordiéndose las lágrimas. – Haré que te expulsen por esto.

Julián estaba confuso. No sabía bien como actuar. Ninguno de esos cinco tendría ningún problema en partirle las costillas de un tajo, pero la derrota les dolía más que los golpes.

- Lo siento.- Musitó.

Los alumnos se marcharon de inmediato, para acompañar a Matías a urgencias. Julián se quedó solo de nuevo. No quería llorar. Se dijo que no debía llorar. Pero lloró. Bajo el visor notó como se le empapaban las mejillas. No seas la roca, se las ondas, se decía una y otra vez. Respira, fluye, se las ondas. Para intentar tranquilizarse y conjurar el dolor empezó a repetir las catas más básicas, subiendo de complejidad poco a poco. Se liberó del visor y de la pechera abotonada de cuero negro. Disfrutó de la sensación que dejaba sobre su piel el aire que desplazaba su cuerpo. Por fin su respiración, sus movimientos y su mente caminaban en la misma dirección. Por fin fluía.

- Es hermoso.

Una voz al fondo de la sala rompió su concentración. Se volvió en posición de guardia de manera instintiva. Un joven de pelo negro, vestido con una estrafalaria mezcla de ropajes le miraba sin perder detalle.

- ¿Quién eres? – Preguntó Julián sin bajar la espada.- ¿Cómo has entrado?

El extraño chico dobló una capa negra y la posó en el suelo, junto a un viejo paraguas pardo.
- He entrado por la puerta, pero no me ha visto nadie. Llevo aquí desde que empezasteis a entrenar. Fue hermoso.
- ¿El qué? –Contestó con sarcasmo. Le había parecido reconocer en la voz del muchacho al mendigo de la puerta, aunque no estaba seguro- ¿Cómo le partí la muñeca?
- No –Replicó con calma.- Cómo danzabas
- No era danza, era un combate
- ¿Cuál es la diferencia? Ellos estaban descompasados, pero tú te adaptabas a sus movimientos. Tu cuerpo respondía a los suyos con una precisión casi coreográfica. Disfruté viéndote, y ahora cuando practicabas solo, observé que tu también lo notabas, como si todo a tu alrededor se pausara y se detuviera.

Julián ya no tenía ninguna duda. Bajo los andrajos del mendigo se ocultaba aquel chico, pero había algo en su voz, que le hacía pensar que no cabía en sus palabras ni un atisbo de mentira, algo en sus ademanes que le traía a la mente el recuerdo de algo regio y mágico que no acababa de atrapar del todo.

- Quiero que me enseñes a danzar como tú.- dijo de repente el muchacho moreno.

Julián tardó en reaccionar. Recogió la pechera y mientras negaba con la cabeza comenzó a hablar.

- Es imposible. Para llegar a mi nivel tardarías años, y no se si soy la persona más indicada para enseñarte. Y sólo tengo una espada. Aunque quisiera no podría.
- Pero yo aprendo deprisa.- con una sonrisa blandió el viejo paraguas como si fuera un florete.- y tengo mi propia espada
- ¡Si eso no es más que un para… -Antes de acabar la palabra la superficie del paraguas se deshizo, cayendo a la tarima como una lluvia de arena y dejando ver su verdadera forma: una reluciente espada de cristal negro.- ¿¡Cómo lo has hecho?! ¡Es preciosa! ¿De dónde la has sacado?
- La robé. –La expresión de su rostro cambió unos instantes.- Negra y brillante, como su melena.

Casi sin ser consciente cargó contra el desconocido. Se concentró en acosar en los puntos donde había más presión. La roca se hunde. Pero sin perder la sonrisa el vagabundo comenzó a parar sus golpes de forma diferente, acompañando el movimiento, dejando que la fuerza se diluyera. Las ondas se hacen olas. Combatieron durante horas, a lo largo de toda la sala. Hasta que estuvieron tan igualados que el vencedor resultó ser el cansancio.

Se dejaron caer en la tarima extenuados.

- Nunca había luchado contra nadie a este nivel.- dijo Julián en cuanto pudo hablar.- Tú ya sabías esgrima.
- Es posible. –Resopló el otro joven.- Pero necesitaba que alguien me recordara que era capaz de ello.
- ¿Cuál es tu nombre?
- Lago. Son las iniciales de un larguísimo nombre compuesto, pero me gusta más así.
- ¿Qué eres?
- No lo recuerdo. Puedo hacer cosas con las que vosotros sólo soñáis. Pero no soy capaz de recordar quien o que soy. Hasta ahora me bastaba con ir consiguiendo objetos que me recordasen a ella.
- ¿A quién?
- No lo sé. Sólo tengo su imagen. Intuyo que es importante, pero logró encontrar en mi mente el porqué. Pero ahora quiero averiguarlo. Por eso te necesitaba. A veces siento cosas que no pertenecen a este mundo. Y voy a enfrentarme a ellas.
- Estoy empezando a pensar que Matías logró golpearme primero y que ahora mismo estoy inconsciente y soñando todo esto.

Lago sonrío y se puso en pie. Le tendió una mano para ayudarlo a levantarse.

- Te puedo asegurar que soy tan real como tú. Pero no se a que nivel.- Julián aceptó la ayuda de Lago. Los dos quedaron frente a frente.- Necesito que vengas conmigo. No tengo razones ni argumentos, sólo la imperiosa necesidad de que me ayudes.
- Yo… -Julián pensó un instante. No tenía dudas en cuanto a que era una locura. Pero tampoco las tenía sobre lo que deseaba hacer.- Iré.

Una sonrisa más amplia que nunca recorrió el rostro de Lago. La espada volvía a ser un paraguas. El muchacho se agachó para recoger su capa.

- Prepárate. Tenemos que ir a visitar a una vieja amiga.
- ¿Cómo se llama?
- Marga.

domingo, 27 de enero de 2008

El ladrón de cosas bonitas

El sisear del aire rompió el silencio, y tras una canción silbada a media voz al entrar por la ventana a medio abrir devolvió el silencio a la casa. Nada más.

- Se que estás ahí- dijo tapándose con la sábana hasta la nariz.- Te he visto y no me das miedo.

La niña que soplaría seis velas en un par de meses temblaba bajo las sábanas de avioncitos estampados. Había algo o alguien en su habitación. Encendió la luz de su mesita y la figura de un muchacho espigado y delgado se pudo adivinar detrás de un enorme osazo, bien merecedor de ese nombre, de peluche. Lucía una brillante media melena de pelo liso y negro, cubierta por un raro sombrero con una pluma de un brillante azul oscuro. Por lo demás su ropa se podía definir como cualquier cosa menos normal, a medio camino entre un disfraz de mimo, un uniforme o un traje antiguo. El joven, un poco contrariado, salió de su peludo parapeto, se alisó la estrafalaria ropa con la que iba ataviado y se aclaró la garganta.

- Vaya, vaya. Así que me has visto y no te doy miedo, ¿eh?... que niña tan valiente... bien, pues ya que me has visto a mí y yo te he visto a ti, la etiqueta marca que nos presentemos.- hizo una intrincada y rocambolesca reverencia quitándose el sombrero e inclinándose tanto que las puntas de su pelo llegaron a rozar el suelo.- Mi nombre es Lucio Alberto Guillermo Osvaldo de Risatriste, mago, piloto, camarero ocasional y ladrón de cosas bonitas. Y vuestro nombre es...

Su voz sonaba dulce y acompasada como una de esas melodías que no te dejan moverte hasta que acaban. La niña le miraba boquiabierta, sin saber si entregarse por completo a la risa o al asombro, o reírse asombrada, que parecía la opción más cabal.

- Me llamo Marga... ¿De verdad eres un ladrón? ¿Me repites tu nombre? ¿Qué haces aquí?

- Bien doncella Marga, en respuesta a vuestra pregunta os diré que si, efectivamente soy un ladrón, pero no te creas que un vulgar ladrón de dinero, no. Uno como nunca has visto, uno de cosas bonitas- hablaba con orgullo, con la convicción de que, sin duda, era digno de admiración por su profesión.- En cuanto a mi nombre, los que han hablado conmigo más de dos veces me llaman por las iniciales, LAGO, y si gustáis, podéis llamarme así también.

Avanzó un poco hacia la cama. La capa negra con la que cubría sus hombros parecía fluir, fluctuar y arremolinarse sobre si misma, como con pequeñas olas en la superficie de un estanque. E inmediatamente cautivó toda la atención de la pequeña.

- ¡Hala!... ¿que es eso?

- ¿Esto?- levantó una de las esquina de la capa, que ondeó al ser levantada, con unos dedos largos y finos como lápices.- esto es mi capa de sombras. Es así como entro en las casas y me oculto de la gente. Cuando me la pongo puedo viajar desde una sombra a otra, esté donde esté y además, la gente no puede verme.

La niña estaba fascinada acariciando la capa. Podía hundir sus manitas en el tejido como si fuera agua, pero no se derramaba, ni estaba húmeda al tacto.

- Y bueno.- continuó LAGO garraspeando.- también se hacer otras cosas divertidas, mira.

Tarareando una melodía circense, escogió tres objetos de las estanterías y la mesa de Marga, un pequeño joyero, una goma de borrar y a su hámster, para acto seguido, comenzar a hacer malabares con ellos. Marga reía las payasadas de su extraño visitante, quien ahora se había puesto al hámster en la cabeza mientras hacía malabares con una sola mano con las otras dos cosas. Cuando se cansó, colocó todo en su sitio y comenzó a hacer volteretas alrededor de la cama. Marga aplaudía al ritmo de la canción que Lago iba cantando. Después de un buen rato paró su número de saltinbanki.

- Todavía no me has dicho para que has venido.- Puso su cara de hacer pucheros y conseguir gominolas.- ni por que robas cosas bonitas.

La sonrisa de LAGO desapareció de su rostro y se dejó caer a los pies de la cama, en paralelo a la almohada con las manos entrelazadas detrás de la nuca.

- Verás doncella Marga.- la melodía de su voz derivaba a una elegía sin nombre, conmovedora, arrasada de soledad.- una vez tuve algo, a alguien...

- ¿Se marchó?- se había sentado, cruzada de piernas y ahora lo miraba. Veía la tristeza nadar en sus pupilas, salpicando lágrimas en cada zambullida.

- Me la quitaron.- fue toda la respuesta.- Por eso solo robo cosas bonitas, cosas que me recuerdan a ella. Para no olvidarla, para que no desaparezca del todo... ¿Sabes? Tú te pareces un poco a ella.

La niña dio un salto echándose para atrás, visiblemente asustada.

- No irás a robarme a mí, ¿verdad?

LAGO la miró un momento perplejo, apoyado sobre un codo y después se rió a carcajadas echando la cabeza hacia atrás, con una risa que refrescó la música de su garganta, y ¿por que no? aligeró el peso de su alma.

- No doncella Marga, no voy a llevarte conmigo.- y volvió a reír ante el suspirito de alivio de la pequeña.

Siguieron hablando toda la noche, cantando, bailando un vals improvisado en el que Marga tenía que subirse a los pies de LAGO, pisando las punteras de sus botas, dando vueltas hasta marearse. Lago le contó todo lo que había visto en sus andanzas y Marga le relató todo lo que inventaría para él, si algún día volvía.

El sol empezó su rutinaria búsqueda de algo que no encontraría, como cada uno de los otros días. LAGO miró por la ventana y con una sonrisa que decía adiós se acercó a la niña, que intuyendo lo que pasaría entonces solo se limitó a asentir. LAGO suspiró.

- Que niña tan valiente.- y dándola un beso en la frente se dirigió hacia un rincón donde no se atrevía a llegar la luz de la lamparita, avanzó como si no hubiera pared, sumergiéndose en la sombra.

- ¡Espera! - gritó Marga.- Si eres un ladrón, ¿por qué no te llevas nada?

- Claro que me lo llevo, doncella Marga.- Se ajustó bien el sombrero que había dejado en una silla cuando se tocó con el hámster.

- ¿Qué te has llevado? No me falta nada.

LAGO bajó la cabeza y acabó por desaparecer por completo en las sombras. Unos acordes disfrazados de palabras resonaron en la habitación.

"El recuerdo de esta noche"

domingo, 30 de diciembre de 2007

Esta iba a ser una navidad diferente

Esta iba a ser una navidad diferente. Para empezar no se reduciría a pasar horas interminables, ocupadas en tediosas pérdidas de tiempo como juegos de cartas con la familia y aguantar las estupideces de los actores de la serie de moda en los especiales de televisión. Después de cenar había quedado con sus amigos e irían a un bar que había abierto recientemente, una cervecería celta.

El local estaba escuetamente decorado. Filigranas y nudos recorrían las paredes mientras que las mesas estaban grabadas con símbolos rúnicos y espirales. Algunos días músicos aficionados solían reunirse allí para improvisar melodías con sus flautas, violines y gaitas.

Encontraron una mesa libre al fondo de casualidad, donde pudieron disfrutar de sus cervezas tostadas, espesas y fuertes. El camarero y dueño del local, un hombre joven, con una fina barba y melena pelirroja pidió silencio para dirigirse a los asistentes.

- Es un placer ver a tanta gente en mi casa a pesar de llevar poco tiempo en esta ciudad. -tímidos aplausos- Hay algo que me gustaría compartir con vosotros. Es una historia que siempre recito en estas fechas, como una tradición.- mientras hablaba sacó una flauta de dos mangos de detrás de la barra- Mi familia desciende de un antiguo señor feudal escocés y cada año me gusta recordarle, contando su historia al calor de la buena compañía y disfrutando de una gran jarra de cerveza, como seguro que a él le gustaría.

Se colocó en la tarima que solían usar los músicos y se apoyó en un taburete.

- Mi antepasado heredó a una edad muy temprana sus tierras. Se encontró con mucho trabajo, campesinos descontentos, granjas desatendidas, deudores y vecinos deseosos de invadirle. Pero no se rindió ante el peso de la responsabilidad y luchó con denuedo por ser merecedor de gobernar esas tierras.

Se llevó la flauta a los labios y empezó a tocar. Con la música de cada tubo de la flauta las paredes se disolvieron en humo y dieron paso a los verdes pastos de Escocia, donde se podía ver a un joven pelirrojo montando en un caballo salvaje. Una primera melodía era rápida y violenta, exaltada como los esfuerzos del caballo por librarse del jinete, mientras que la otra era lenta, paciente y obstinada, como la fuerza con la que el muchacho pelirrojo se aferraba a las riendas. No encajaban la una en la otra, fluían, pero no eran la misma. Algunas veces dominaba la rápida, y cuando parecía que iba a absorber a la otra y el jinete a caerse, resurgía de nuevo el ritmo pausado y seguro. Se podía percibir el olor de los terrones de tierra que el animal levantaba con los cascos a cada acometida. Poco a poco ambos ritmos fueron acompasándose, hasta que finalmente, con un resoplido del caballo y unas palmadas en el cuello de la bestia por parte del muchacho, acabaron por unirse.

- Y así se hizo con el respeto del feudo.

Todo el bar estalló en aplausos enfervorizado. Parecía magia. Cada nota, cada compás creaba una imagen alrededor del músico, como si evocara a algún poder antiguo como la tierra o creara esas ilusiones con algún sortilegio.

- El feudo prosperó y un señor vecino le propuso una alianza que debía de concretarse en algo más que un papel. Aquel noble le ofrecía algo más íntimo, a su hija. Mi antepasado se casó con su mujer sin conocerla. Aunque ambos eran jóvenes, y pronto surgió el amor disfrazado de pasión abrasadora.

Las melodías empezaron lentas. En los salones de un gran castillo contemplaron el primer encuentro de los prometidos. Un saludo cortés, una tímida sonrisa ante la mirada atenta del padre de ella. Las melodías se aceleraron un poco. Eran muy similares, pero sin ser idénticas. De vez en cuando una copiaba un acorde de la otra o, en cambio. la segunda repetía las notas de la primera unos compases después. Los muchacho cabalgaban juntos por las tierras comprobando que todo estuviera tal y como ellos disponían. La música aumentó el ritmo, casi frenético, como si el son de cada tubo de la flauta estuviera en tensión, deseoso de acercarse más, de acariciar y unirse al otro. E igual ocurría con la pareja. Las pupilas dilatadas de ella, los músculos en tensión de él, un vestido que deja paso a una sonrosada desnudez, un abrazo ilimitado.

- Y así creó su estirpe.

Ya nadie aplaudió. Todos esperaban que continuara el relato, bebiendo de sus palabras como si fueran más preciosas que el aire.

- Pero como siempre la envidia humana ronda la felicidad ajena, como el lobo a la cría indefensa. Estalló una guerra entre nobles que habría de librar el pueblo. Mi antepasado insistió en liderar él mismo a sus hombres, pues decía que si era a la muerte a donde les mandaba, no quería estar vivo cuando sus fantasmas vinieran a atormentarlo.

La niebla lo invadió todo. Los guerreros avanzaban entre los árboles con las espadas desenvainadas. De improviso la flauta cambió de melodía y de la niebla surgieron más hombres, con los rostros pintados de azul. Cada nota aguda era una estocada, cada grave una parada, cada acorde una carrera, una maniobra, y en el otro tubo de la flauta una melodía por encima de todo lo demás, la voz del hombre pelirrojo, vestido para la guerra, dando órdenes a sus soldados. La escaramuza perdió intensidad y otros compases comenzaron a sonar. Viles, antagónicos. El otro señor feudal también había venido, y con un grito de carga del guerrero pelirrojo acabó la canción.

En el bar no quedaba rastro de la batalla, ni del bosque, ni de la niebla, sólo un montón de gente boquiabierta, que no acababa de creer que la historia acabase así. Pasaron unos minutos hasta que alguien en el fondo preguntara.

- ¿Qué pasó después de aquello?
- Nadie lo sabe, sólo desapareció. Algunos dicen que murió matando, otros creen que venció, pero que en la lucha se golpeó la cabeza, perdió la memoria y que vago por el bosque hasta que falleció de frío o por las heridas de la batalla. Otros apuntan a que al vencer consiguió un poder tan grande que alcanzó la inmortalidad sin desearla, que vio morir y marchitarse todo cuanto amaba y que ahora vaga por el mundo. Pero son solo leyendas. De aquella batalla no quedó ningún registro. Su mujer se hizo cargo de las tierras hasta que pudo hacerlo su hijo y de generación en generación en mi familia se ha contado esta historia.

La recaudación de aquella noche fue espectacular. La gente bebió hasta quedar saciados y se brindó a la salud del camarero y a la memoria de su antepasado. Tras unas horas llegó la hora de cierre y todo el mundo volvió a sus casas, sabedores de que nada más quedaba por ver esa noche.

Un hombre, el mismo que había preguntado al término de la historia, se acercó a la barra del bar ya vacío. Lucía una espesa barba pelirroja y su mirada denotaba haberlo visto todo.

- He escuchado la misma historia durante casi mil años, y de todos mis descendientes, tu eres el que mejor la cuenta.
- Gracias Abuelo.

miércoles, 19 de diciembre de 2007

No me gustan nada las cosas nuevas

-No me gustan nada las cosas nuevas. Y menos las que escribes tu.
-Vamos ¡Es el escándalo más grande ocurrido en la ciudad en años!
-¡Pero no tienes nada! Sólo a un grupo de excéntricos con pasta que han creado uno de esos estúpidos clubes elitistas y que ahora se las dan de expertos ocultistas y guardianes de lo desconocido. Lo único escandaloso ahí es cómo el destino ha permitido a semejante panda de locos enriquecerse. ¡Y no pienso publicar eso en mi periódico!
- Dame una noche, por favor. He conseguido infiltrarme en la organización, llevo un mes ganándome su confianza para descubrir que relación tienen ellos con el cadáver de la chica que murió este verano. Siempre andan haciendo alusión a algo importante que hacen una vez al mes, pero que aún no me han confiado. Piénsalo ¿Qué puede querer un tipo que lo tiene todo? Si a eso le sumamos la fascinación que tienen por los rituales y todo lo que suene, aunque sea de lejos, a arcano o mágico… ¡Joder! ¡Es la oportunidad de nuestras vidas de descubrir algo gordo!
-¡Te he dicho que no! ¿No crees que la policía ya habría indagado sobre ellos? Además, si te descubren es posible que nos demanden, y el periódico no tiene tanta pasta. Pasta que por cierto nos pagan algunas de sus empresas por la publicidad, aunque fuera cierto ¡Nos arruinaríamos igualmente!
-¡Entonces lo publicaré por mi cuenta!
____________________________________

La luz de las farolas de gas se reflejaba en la placa de la entrada y hacía fulgurar sus letras “Club del Suricato: un club exclusivo para gente exclusiva. Reservado el derecho de Admisión”.
El hombre joven traspasó el umbral que le franqueaba el portero y una vez en el recibidor le tendió el abrigo a uno de los mayordomos. De ahí pasó a uno de los salones de lectura, donde varios socios le esperaban.

-Bienvenido señor McGuiness. ¿Desea tomar algo?
-Un poco de whisky, gracias.
-Excelente, haré que se lo sirvan.
-Muy amable senador Von Karhaell.

A un gesto del senador un camarero se acercó con una bandeja y las bebidas que los caballeros habían ordenado. Presidían aquella sala un par de cuadros con los retratos de los miembros fundadores, Samuel Smith y Martin L. Ruettiger, a quienes, pese al desconocimiento absoluto de quienes fueron, todos los miembros profesaban una gran admiración.

-Fueron grandes hombres.- Comentó distraído Von Karhaell.- Hoy tenemos preparado algo especial y me gustaría contar con su compañía Ethan.
-¿De qué se trata, senador?
-Es una sorpresa, pero no tendrá que esperar mucho. El espectáculo comenzará las doce. Confío en que sepa apreciar la deferencia que tenemos con usted, nunca un miembro tan reciente es invitado.

Ethan McGuiness sólo asintió levemente. El tiempo pasó mientras departían acerca de la bolsa, coches de lujo o el partido de cricket del domingo. Finalmente llegó la medianoche. Todos los invitados al evento, los únicos que habían permanecido en el club hasta tan tarde, pasaron a uno de los salones privados donde esperaba un hombre de color apenas vestido con un taparrabos, con casi todo el cuerpo cubierto con pinturas tribales y extraños amuletos de cuentas y huesecillos.
Con pocas palabras y mucho orgullo Von Karhaell presentó al hombre como un chamán traído de lo más profundo de los pantanos de Nueva Orleáns, experto en espiritismo y avezado en el arte de hablar con los que ya se fueron. Tras la breve introducción el supuesto hechicero comenzó el ritual para convocar un espíritu y comunicarse con él. Gritos, convulsiones, voces en falsete, danzas frenéticas y entre tanto los socios del club del Suricato se regocijaban de su propia morbosidad y decadencia. Parecía mentira, pensaba McGuiness, que no se dieran cuenta de que acababan de timarles, y seguramente no poco dinero. Su jefe tenía razón, sólo eran una pandilla de locos y crédulos con mucho dinero para gastar, pero nada más. Esa misma noche abandonaría la identidad falsa, la tapadera y la investigación.
Todo terminó cuando el chamán le arrancó la cabeza a un pollo de un mordisco. Los socios salieron ordenadamente de la sala mientras Von Karhaell extendía un cheque para el brujo y los mayordomos limpiaban los restos del ritual.
___________________________________

Cuando McGuiness abandonó el edificio cuatro socios se acercaron al senador y juntos se trasladaron a la biblioteca de los socios señor, cerraron desde dentro y accionaron el interruptor que abría el paso a una pequeña sala secreta excavada en los cimientos del edificio. Allí una figura encapuchada el esperaba sentada en un trono de mármol.
-Teníais razón, McGuiness era un periodista infiltrado.
- El Gran Cthulhu lo dijo y el Gran Cthulhu nunca falla. Ahora habréis de devolver el favor. Buscad las piedras de Sildhenar y entregádnoslas. Fallad al gran Cthulhu y… Bueno, más os vale no fallar.

lunes, 5 de noviembre de 2007

Una mancha de vino en el mantel

Una mancha de vino en el mantel. El único testigo silencioso de lo que ocurrió aquella noche. Francés, espeso y rojo, como savia sangrada por un rubí apuñalado sobre la mesa. Aún húmeda, de un fuerte olor a madera, fruta y arte. Y callada. Ni una palabra, ni un vestigio. Nada, sólo quietud. La mancha nada nos dirá sobre los dos cuerpos que yacen en el suelo. Omitirá cualquier detalle sobre las chispas que desprende el tronco de la chimenea y del cálido ambiente perturbado por los sollozos de la mujer sentada a la mesa. Responderá con un silencio cuando preguntemos por los restos de honor y orgullos rotos alrededor de los cadáveres y fingirá no oír nuestras demandas acerca de las palabras que fueron germen de ira y venganza, de ciega justicia divina que nada tuvo de sagrada.
Otra mácula crece cerca de nuestra mancha de vino francés, espeso y rojo. Son lágrimas, que por numerosas y abundantes no son saladas, si no amargas por la culpa que las causa. La mujer llora sin saber por qué muerto lo hace, o si por los dos o por ninguno, y que el diablo la lleve si quiere pararse a pensarlo. Sólo llora.
Las lágrimas en cambio cantan. Cantan la virtud de la fidelidad jurada y la audacia del amor furtivo. Maldicen en triste paso la futilidad de la resistencia, la debilidad del corazón y lo obsceno de la pasión.
Y a la mesa los tres pilares de la sinrazón: lo debido, lo deseado y la mujer que dudó y duda. Dudó si dejarse llevar y duda si el debido conoce su desliz, por que el fuego de su ser la obligó a yacer con el deseado. Las llamas eran evidentes, lo suficientes para llenar los comentarios de las sordas paredes.
Y a la mesa los tres pilares de la sinrazón, que como las lágrimas acaba hablando, y callando después para escuchar las palabras del acero en respuesta al vino derramado. Pero el vino calla, la mujer llora y las lágrimas por los muertos cantan.

lunes, 29 de octubre de 2007

- Las palabras no significan nada, no son importantes

- Las palabras no significan nada, no son importantes, lo que marca son tus actos, y la coherencia de estos con tus palabras.
- ¿Qué quieres decirme con eso?
- Que no dudes más y que hagas lo que has prometido hacer.
- Pero cuando hice esa promesa no tenía todos los datos ni conocía todas las posibilidades. ¡De haberlo sabido nunca hubiera dicho nada!
- Le miraste a los ojos a esa pobre cría y le dijiste que atraparías al que le hizo aquellas cosas tan horribles a sus padres. Le aseguraste que el hombre malo no volvería a hacer daño a nadie y prometiste que le meterías una bala entre los ojos aunque te costara tu carrera dentro del cuerpo. ¿No recuerdas nada de lo que te enseñé acerca del honor de un hombre? No importa lo grande que sean sus palabras, si no que tenga la resolución necesaria para cumplirlas. Sin actos concretos un hombre está vacío.
- ¡Maldita sea papá! ¡Me pides una locura!
- ¿¡No lo entiendes!? ¡Es todo una prueba! Piensa en lo que supondrá para tu carrera si lo consigues, ¡Piensa en los titulares, en tu futuro! ¿No es eso lo que debe hacer un padre, velar por el futuro de sus hijos? ¡Pues es lo que yo hice! Me elevé sobre el lastre de las palabras ¡y actué! Te he ofrecido la gloria en bandeja de plata. Es por tu bien, aunque quizás necesites tiempo para verlo con perspectiva. ¡Deja de llorar por mí y cumple tu promesa!
- No lloro por ti. Lloro por esa niña de cinco años que vio como un sádico desmembraba a sus padres y que después la dejó un mensaje para mí grabado a punta de cuchillo en el brazo. Lloro por las otras tres que han pasado por lo mismo sin más razón que la demencia de un viejo senil.

[ruido de dos disparos]

- Lo siento papá. No quiero tu maldita gloria.

[ruido de un disparo]
_____________________________

Hayan el cadáver del inspector encargado del caso del juguetero y el de su padre en su domicilio

El inspector Crow, encargado del caso del asesino en serie conocido como el juguetero, ha aparecido muerto en su residencia junto al cuerpo sin vida de su padre, con el que vivía desde hace dos años.
Los cuerpos presentaban dos impactos de bala en el pecho del padre de Crow y uno, localizado en la sien, en el caso del inspector. Fuentes policiales confirmaron en exclusiva a este periódico que los disparos se realizaron con el arma reglamentaria del inspector, aunque no han revelado ningún dato más sobre la presencia de posibles intrusos en el apartamento del fallecido o los motivos.
La Comandancia General de Policía ha comunicado que no facilitarán nuevos datos hasta que concluya la investigación. Dicha investigación está centrada en la grabación que el propio Crow realizó con su móvil y cuyo contenido no ha transcendido a los medios.
El funeral de los Crow será este miércoles. Todo el cuerpo de la ciudad está presente en el sepelio de este joven policía de 26 años que ya destacó en la resolución de otros casos de asesinos con rasgos de psicopatía.
El caso del juguetero sumó su víctima número 8 el pasado fin de semana, cuando asesinó a los padres de otra menor, a la que marcó con otro mensaje para Crow, como hizo con el resto de niñas. La policía no ha desvelado quien pasará ahora a hacerse cargo del caso.

lunes, 18 de junio de 2007

La habitación del deseo

La habitación del deseo tenía fama de ser el mejor burdel de todo el continente. Tras sus puertas bellezas de todos los rincones del mundo deleitaban a los clientes con exóticos bailes y mil y una caricias prohibidas

La figura encapuchada traspasó las puertas ignorando al enorme eunuco que las custodiaba.

En el recibidor, donde los visitantes esperaban y se les invitaba a un poco de te o licor de dátiles, intercambió unas palabras con la regente. Una bolsa cambió de manos y con un gesto le indicó que le siguiera.

Avanzaron por un pasillo de paredes recubiertas de hermosísimos tapices. Llegaron a una amplia sala redonda y de techo alto. En esa habitación numerosas puertas comunicaban con lo que el desconocido supuso que eran habitaciones individuales.

La regente hizo sonar una campanilla y las puertas se abrieron. Una veintena de muchachas se apoyaban en los marcos. Había mujeres de piel de ébano, hembras de ojos rasgados de las islas del este. Incluso había una chica infiel, de piel pálida y cabello de color de fuego. Algunas mostraban sus pechos. Otras se pasaban jugosos trozos de mango y otras frutas por los labios.

Parecía mentira que semejante local estuviera en pleno centro de Ah’Erás, una de las capitales de Las Cinco Regiones y cuna del estricto culto a Harim, el Grande y Misericordioso, Azote de Infieles.

De entre todas las mujeres se fijó en una de su propio pueblo. Apenas tendría diecisiete años y sus ojos ¡Ah, sus ojos! Sus ojos verdes eran al mismo tiempo encarnación de la belleza y la tristeza.

Al pasar a su lado y entrar en la habitación pudo percibir un suspiro en los labios de la muchacha. El resto de las chicas volvieron a sus cuartos.

La habitación era espaciosa. Con la luz de la luna que entraba por la ventana y la de las velas encendidas por toda la habitación pudo ver una cama con dosel de seda, un diván y una bañera con un sistema de grifería, sin duda, de procedencia tirsoolina.

La muchacha le abrazó desde atrás, desabrochándole la capa y abriendo los cierres de la pechera de cuero que llevaba debajo.

Al quitarle las prendas descubrió a un hombre joven, como ella, de la gente de la media luna. Una fina barba le cubría el rostro, acentuando el brillo de sus ojos aceituna.

No era demasiado grande, mas si delgado alto y musculoso. Todo su torso, moreno por el sol, estaba lleno de tatuajes, al igual que sus brazos:

Intrincados arabescos que se perdían cintura abajo. Diseños de las islas de oriente y símbolos de los chamanes del sur, de las tierras de los hombres color noche. En el pómulo izquierdo, bajo el ojo, tenía otra marca.

- Debéis de estar cansado. Por el polvo de vuestras ropas el viaje ha sido largo –dijo con voz melosa –Dejad que Sheila consiga relajaros.

Comenzó a besarle los hombros. Él se giró y la apartó son suavidad.

- No será necesario. –Se sentó en el diván. –He vivido un año entero con el tiempo pegado a la nuca. Y ahora que tengo una noche no se que hacer con ella.

La joven se arrodilló delante de él y posó una mano en su muslo.

- A mí se me ocurren unas cuantas ideas para hacer que no olvidéis nunca esta noche.

No parecía interesado en anda de lo que podía ofrecerle. ¿Qué buscaba entonces allí? El hombre le retiró la mano y se puso en pie, mirando la luna por la ventana.

- Y es medianoche. –Se volvió con una expresión enigmática en el rostro hacia la chica que aún seguía a los pies del diván. –Mañana al alba asaltaré la mezquita fortaleza del imán Vagdú y me llevaré a la princesa Fátima conmigo.

Sheila se levantó como movida por un resorte.

- Entonces –Dijo alzando la voz -¡Vos sois el príncipe Haqqim!

Con unos reflejos asombrosos el joven le tapó la boca con una mano antes de que pudiera decir nada más, mientras que en la otra relucía una daga que solo El Misericordioso sabía de donde había sacado.

- ¡Baja la voz mesalina, o juro como que hay noche que te atravieso la garganta ahora mismo. –Masculló. -¿Dónde has oído ese nombre?
- Todo el mundo conoce vuestra historia y menciona vuestro nombre. -Dijo una vez aflojó la presión sobre su rostro. –El príncipe proscrito, el errante. Hay quien dice que habíais muerto. Otros que os habíais convertido en un espectro del desierto. Rumores, habladurías. Pero por favor Alteza, no me hagáis daño. –Suplicó.

Haqqim estaba un poco desorientado. Nunca habían formado parte de su carácter esos arrebatos violentos. Pero el último año había hecho de él una persona muy distinta a la que la vida en la corte de su padre había forjado.

- Lo siento. –Murmuró.

Sheila se acariciaba la zona por donde la había agarrado y miraba al suelo. Él volvió a contemplar la luna. De la daga no había ni rastro de nuevo. Hubo un silencio incómodo.

- ¿Escucharás mi historia, Sheila?
- ¿Perdón, Alteza?
- Nada de lo que haya podido inventar la gente. Tenemos hasta el amanecer. ¿me escucharás?

sábado, 9 de junio de 2007

el gato correteó jugetón entre sus piernas

El gato correteó juguetón entre sus piernas. Su presencia les era irresistible a toda clase de animales. Incluso los humanos sentían cierta atracción por él.

Se agachó a recoger al felino que ronroneó de puro placer. Hasta que le miró a los ojos. Cuando sus miradas se cruzaron el gato comenzó a retorcerse entre sus manos. La pobre criatura no estaba preparada para aguantar toda la tristeza de sus ojos. Era tal el sufrimiento que reflejaban que tras un estertor el gato murió, como si hubiera recibido más dolor del que pudiera comprender.

Lo depositó en el suelo y se quedó en silencio, pensando.

- Te ha pasado más veces, –dijo una voz a su espalda- ¿Verdad, Obsidiana?
- Sabes que si, Jade. –Contestó sin volverse- Y no dejan de venir más. Siempre vienen más.
- No pueden evitarlo. –Dijo sentándose en uno de los bancos de la plaza que ocupaban- Somos ángeles, Obsidiana, les resultamos fascinantes. Incluso los humanos se sienten irremisiblemente atraídos por nosotros.

Obsidiana se sentó a su lado. Hubo un silencio incómodo. Jade lo miraba todo con curiosidad y él enterró la cabeza entre las manos.

- ¿Cómo me has encontrado? –le preguntó al cabo de un rato.
- Si no hubiera sido yo habría sido cualquier otro. Ópalo fue al infierno de Lucifer, Ónice al vacío. Se ha mandado gente de nuestra orden a cada una de las creaciones. –Explicó- Además, como ya te dije, somos ángeles, destellos de un poder inconmensurable. Nada más llegar te sentí.
- Comprendo.
- Es estar lejos de Él lo que te provoca este estado

Callaron de nuevo. Algunas polillas dejaron de revolotear alrededor de las farolas encendidas y se posaron a sus pies.

- ¿Por qué te fuiste, Obsidiana?
- Por que no lo entiendo.
- Ni lo entenderás –repuso- No nos compete a los ejecutores entender.
- ¿Pero por qué no quiere explicárnoslo? –sollozó- ¿por qué no nos dice por que permite el mal en el mundo?
- El mal existe para significar por contraste, para dar sentido al bien. –Extendió un mano para que se posara en ella una mariposa- El mal proviene de un uso equivocado de la libertad. Incluso huracanes e inundaciones son provocados por lo que ellos llaman cambio climático.
- Pero eso no lo explica todo. –Contestó- ¿Qué pasaba antes del tiempo, cuando solo estaba Él? ¿Al no haber mal, no era bueno? ¿No tenía sentido?

Se echó a llorar y volvió el silencio durante un rato. Comenzaba a amanecer.

- ¿Vas a volver?

Palomas y otros pájaros se acumulaban a sus pies. Obsidiana seguía llorando y Jade miraba a los pájaros sin expresión, esperando una respuesta.

Las lágrimas de Obsidiana caían lentamente al suelo, resbalando antes por su mejilla. Una a una, como las cuentas de un rosario, o la arena dentro de un reloj, s precipitaban al vació y si estrellaban contra el bordillo.

Una de esas lágrimas cayó sobre una paloma. Murió.

- No hasta que comprenda.
- Entonces hasta nunca.

Y Jade, Islamael de la Justicia Divina le dio en la mejilla el beso más tierno que nadie haya podido jamás concebir.

Y Obsidiana, Asuriel Protector de la Obra se deshizo en cenizas y desapareció de la memoria del mundo.

Lo más duro para un ángel ejecutor no es acabar con sus iguales, o después sostener la mirada de sus hermanos. Lo más duro para un ángel ejecutor es tener la certeza de que no ha sabido escoger bien las últimas palabras que oirá su hermano.

lunes, 4 de junio de 2007

Yo soy tu padre

- Yo soy tu padre.

Con esa sola frase consiguió derrumbar todo su mundo y arrancarle una amarga sonrisa.

- Pero… ¿Literal o metafóricamente hablando?

Gotas de sudor le resbalaban por las sienes y parecía estar eligiendo con mucho cuidado las palabras a emplear.

- Supongo que para alguien de tu inteligencia no era difícil darse cuenta de que tu madre no hacía falta en la casa.

Era cierto. La mansión ya tenía bastantes empleados y sirvientas antes de que ella llegara. Pero, incluso con la escasez de después de la guerra, la contrataron.

También le era evidente el hecho de que a pesar de ser solo un mozo de cocheras recibía un ligero trato de favor. Era el único al que habían enseñado a leer y escribir. Puede que incluso acabara de intendente.

La sensación de que la familia le debía algo era cada día más sólida, y el parecido con el señorito joven –un bala perdida- no hacía más que acrecentar la sospecha.

Pero la familia esperó hasta la muerte de su madre para sacarle del error. No era hijo de Julián, sino de Guillermo, el mayor de los dos hermanos.

- Y Padre… -Comenzó a decir el muchacho- ¿Tengo más hermanos? En sentido literal, claro.
- El cinismo no te escudará del dolor durante mucho más tiempo. -Recogió el misal del banco de madera y se ajustó el alzacuellos- Hablaremos más tiempo sobre esto cuando acabe de oficiar el entierro.

lunes, 28 de mayo de 2007

Nunca supe hacer el equipaje

Nunca supe hacer el equipaje. Pero a donde iba no necesitaría nada.

En realidad no sabía donde iba. Habían sido tres meses de vivir sin vivir. Desde su muerte no le quedaba nada, ni siquiera el valor para abrirse las venas.

Una semana sin ducharse y algo más de tiempo sin afeitarse. Cogió un par de camisas y salió cerrando la puerta tras de sí.

Medio año después seguía en la calle. Lo primero que había hecho fue cambiarse de ciudad. No quería avergonzar a sus hijos ni hacerles pasar por la vergüenza de encontrárselo durmiendo en una caja de cartón.

Dormía en un campus universitario en el que se colaba cuando los seguratas cerraban las verjas.

A veces l detenían, pero no importaba, al poco le soltaban. A veces algunos estudiantes le tiraban piedras y le increpaban, pero no importaba, al poco se cansaban.

Cuando llevaba trece meses en el campus llegó un nuevo rector al cargo. Con amigos en los medios de comunicación y pretensiones en la política, vio en él una vía para ganar votos. Le nombraron encargado de mantenimiento del campus honorífico. No tenía que hacer nada. Solo salir en las fotos con el nuevo rector y sonreír. Aunque los dos periodistas que hicieron el reportaje no consiguieron que soltara el cartón de vino ni un solo momento.

Un día se coló en una conferencia: “Meta literatura y lenguajes ficcionales del nuevo periodismo”.

Cuando acabó y llegó el turno de las preguntas solo él levantó la mano. Los adormecidos estudiantes no pudieron contener una sonrisa. Su aspecto desarrapado en combinación con su cara de concentración no eran para menos.

Pregunta difícil. Cara de circunstancias del ponente. Respuesta ambigua. Nueva pregunta. Contestación con deje de molestia. Una nueva pregunta. Gesto de hastío.

- ¿Me puede decir su nombre?
- Pero Jaime… ¿No me reconoces? Fui tu profesor de ética y deontología.

jueves, 17 de mayo de 2007

Hola ¿bailas conmigo?

- Hola ¿bailas conmigo?

Otra vez la misma exasperante situación de siempre en la que alguien le hacía una pregunta que no quería responder o para la que no tenía respuesta. En esta ocasión era una niña de aires remilgados con una mata de pelo rizado color zanahoria rematada por un gran y horrible lazo rojo.

Odiaba las fiestas de los adultos: La música era lenta y aburrida, y las mesas estaban demasiado altas como para poder coger los canapés que los camareros colocaban sin cesar. ¡Ni siquiera había zumo! Solo había vino de distintos colores sobre el que los adultos parloteaban cuando se les acababa la conversación. Así que él bebía un vaso de agua que sabía a grifo.

La niña volvió a preguntarle con un tono de insistencia en la voz. Como si el protocolo y la suntuosidad de los mayores tuviera que aplicarse también a ellos solo por estar en la misma habitación.

Lo peor era la gente: adultos grises en grupos de tres o cuatro hablando de temas aún más grises que ellos: que si la banca, que si la bolsa, que si el mercado de valores… los más odiosos aspiraban sin parar el humo de sus puros, que después soltaban en apestosas nubes.

Con los brazos en jarras la niña seguía esperando una respuesta, hasta que se les acercó una adulta seguida por una nube de perfume y aroma a laca que se quedó flotando por encima de su peinado. Debajo del maquillaje la piel de su cara parecía muy estirada, pero el sobrante le colgaba bajo el cuello como los pliegues de una bufanda.

- ¿Qué sucede?
- No quiere bailar conmigo, abuelita. Ni siquiera me ha respondido aún.

Ya estaba. Odiaba que hicieran eso, que se chivaran a un adulto.

- Vaya, vaya. Tu eres el pequeño Matthew, ¿no?¿no quieres bailar con mi nieta?¿no te parece guapa y encantadora?

De todos los adjetivos que podían definir tanto a la abuela como a la nieta, guapa y encantadora no figuraban entre ellos. Matthew se acabó el vaso de agua que sabía a grifo y permaneció en silencio.

- Si no respondes tendré que enfadarme y se lo diré a tus padres. O tomaré otra medidas…

Que se lo dijera a sus padres le traía sin cuidado, al igual que a ellos tampoco es que les interesase mucho lo que hiciera o dejase de hacer su hijo. Pero eran esas otras medidas las que le inquietaban. ¿A que se refería? ¿Le daría unos azotes? Nunca le habían pegado. ¿Haría lo que su maestra cuando le llevó clase por clase presentándolo como el niño que no quería responder? Aquello no le supuso un mal trago, en las primeras aulas entraba cohibido, pero en las últimas hacía graciosas reverencias, eso si, sin abrir la boca.

- Veo que ya te has decidido. –Comentó la señora- Pues si no quieres usar tu voz, será mejor que me la quede yo.

La mujer extendió el brazo y le dio un ligero pellizco detrás del lóbulo de la oreja. Tiró extrayendo un hilo plateado. Matthew lo notaba debajo de su piel, enroscado a su cuello y anclado en la garganta. Le escocía y raspaba notarlo salir, como una molesta carraspera. Con un último tirón, su voz acabó de salir de él. La mujer, que ahora parecía un poquito más vieja, la guardó en una cajita que guardó en el bolso.

- Ya no te hace falta para nada más.

Cogió de la mano a su nieta y se alejó. Y allí se quedó matthew, de pie y sin voz. Tenía la boca seca. Quiso pedir otro vaso de agua de grifo pero no le salieron las palabras.Al poco vio como la vieja le daba la cajita con su voz a un camarero que desapareció tras unas puertas.

La repelente niña había conseguido sacar a bailar a otro niño que no había visto hasta ahora. Los patéticos intentos de la pareja por intentar lograr un vals arrancaron un enternecido murmullo de los adultos. Tenía mucha sed.

Se decidió a ir en busca de su voz así que salió por la misma puerta que el camarero. Traspasado el marco la música de la sala se oía más atenuada. Lo que tenía ante él era un pasillo por el que continuamente cruzaban camareros cargados con bandejas. Avanzó un buen trecho pegado a la pared, rezando para que nadie le obligara a volver al salón de la fiesta.

Pasó por delante de una doble puerta batiente, sin duda las cocinas. Con el ir y venir de los camareros pudo ver el interior, donde un enorme cocinero con mostacho y el delantal salpicado de sangre golpeaba un fardo de carne con un afilado cuchillo de despiece. Por un instante le pareció que el cocinero le miraba sin pestañear, sonriendo de un modo siniestro mientras descargaba golpe tras golpe. Y las puertas se cerraron de nuevo.

Sin querer pensar en el relleno de los canapés y en que harían allí con los niños perdidos siguió avanzando por el pasillo. Ya no había nadie y cada vez estaba menos iluminado. No sabía por donde se podía haber ido aquel camarero con su voz. Ya no oía la música de la fiesta, pero le llegaban otras notas. Parecía un piano. Pegó la oreja a una de las puertas. Si, allí era. Llamó con cautela ala puerta. Al otro lado no dejaron de tocar. Abrió con cuidado. La poca luz que llegaba del pasillo perfiló un piano de cola y a una persona tocándolo, de la que solo se distinguían las manos en un frenético compás.

Aquella melodía atrapó al pequeño Matthew quien se sentó en el suelo a escuchar. Todo era rabia y frustración. Escuchó mucho tiempo. Las notas le decían que su creador tenía un mensaje que decir, en blanco y negro, pero que no podía expresar, por eso las usaba a ellas, desde que… Con el rabillo del ojo Matthew pudo ver a alguien pasar por el pasillo. Se puso en pie y salió de aquel cuarto, dejando a aquel hombre con sus notas.

Al final del pasillo, junto a un par de ficus, había una puerta entreabierta. Se escondió tras las plantas y esperó. El mismo camarero que tenía la cajita con su voz salió de la sala, pero por suerte, no cerró con llave.

Cuando se perdió de vista pasillo abajo salió de su escondite y giró el picaporte. Al entrar cerró tras de sí y buscó el interruptor. Cuando vio lo que allí había, de tener voz se habría quedado sin palabras.

En las paredes, clavados en expositores como mariposas, había cientos de hilos de voz. Algunos eran como de algodón, otros eran brillantes varitas de neón. Algunos eran blancos, puros, mientras otros parecían alambres retorcidos y oxidados. ¿Cuál de todas sería su voz?

Unos ruidos en el pasillo le hicieron actuar rápido. ¡Eran pasos! Intentó hacer memoria. Su voz era plateada y no muy larga. Miró en la última corchera, esperando que las colocaran por orden de llegada. Estaba girando el pomo. Vio un leve destello plateado. Alargó la mano y lo cogió. Acabaron de abrir la puerta. Desesperado se arrimó el hilo al cuello. Como una lombriz que recobrara súbitamente la vida, comenzó a retorcerse es sus manos. Se le enroscó en el cuello y uno de los extremos taladró su piel, reptando por el agujero hasta colocarse en su sitio.

Dos personas entraron en la sala.

- Vamos Matthew –dijo papá- se ha hecho tarde, nos vamos a casa.Él solo asintió y salió detrás de sus padres.

Con el tiempo Matthew cambió. A pesar de ser un niño aún hablaba como un viejo, siempre en pasado, de los temas grises y aburridos que antes evitaba como las noticias del periódico o el mal tiempo, con palabras que no le eran propias a su edad. Incluso algunos notaron que su tono era más grave.

¿Qué podía esperarse? Matthew debería sentirse afortunado. Es muy frecuente que se produzca el rechazo de una voz que no te pertenece y enmudezcas para siempre. Si. Matthew se equivocó de voz. Pero a fin de cuentas no era tan malo, después de todo, sin la voz plateada de matthew yo no habría podido contar esto sólo con mi piano.