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viernes, 15 de abril de 2011

Una taza de té: Gero

Es tarde y la máquina de café lleva horas apagada. Así que pedimos una jarra grande de cerveza que haga compañía a las otras dos que ya hemos vacíado. Sonrío y le reto. Pon tú el escenario, yo te doy dos condiciones y entonces escancias la historia. Da un trago largo a la jarra y acepta.

Partimos de un escenario urbano, en torno a las 15:43. Seis personajes. Un hombre, 38 años y expectante. Una pareja, chico y chica, 26 él y 25 ella. El está tranquilo, cómodo y agusto. Ella en cambio está triste pero finje normalidad delante de su compañero. Por último un tercer grupo, dos chicas de 25 y un chaval de 27. Él es gay, muestra mucha pluma y se siente feliz. Una de las muchachas está impaciente y la otra, preocupada.

Bebo yo. Mis condiciones: los tres grupos tienen que estar relacionados y un niño pequeño se ha perdido. Gero enarca una ceja. No va a ser sencillo, pero ha tenido una idea.

"Sara no ha podido dormir muy bien. Alberto le había dicho cosas precisoas la noche anterior, pero ella no se las creía. O no del todo, por lo menos. Sabía de sobra que se las decía por decir, que no las sentía. Pero ella si sentía todo lo que le respondía. Por eso no podía dormir. Eso que tenían, no quería que acabara nunca, pero estaba segura de que a él le era indiferente. Estaban bien juntos, pero ella no estaba del todo bien dentro de sí. Pero tenía claro que debía alargar esa situación lo más posible. Por que quería estar con él. Sabía que cuando él se cansase ella se iba a hacer mucho daño, pero estaba enamorada, no podía pararlo, no podía dejar de verle, no podía dejar de abrazarle, de besarle, de despertarse a su lado...

Mario no sabía muy bien que decir a su paciente. Desde que aceptó el cargo de psicólogo en la universidad le habían llegado casos de todo tipo, y todos parecidos. Pero con Sara no sabía muy bien qué hacer. Es decir, sabía lo que tenía que hacer profesionalmente, pero una situación similar le había ocurrido a él meses atrás y sabía que eso era lo mejor, pero no lo que uno quería. Él sabía lo que era estar enamorado de alguien que no siente lo mismo. Y, por lo tanto, sabía que lo que quiere el cuerpo no coincide con lo que hay que hacer. Estaba pensando en esto cuando sonó el teléfono. Era Mara:

- Hola Mara, dime ... ¿Qué? ... Me estás tomando el pelo ... ¿En serio? ... Tranquila, lo más importante es que estés calmada...

Mara colgó enfadada -"Menuda mierda de psicólogo. Que me tranquilice, dice. Como si fuera tan fácil"- Volvió a entrar en el bar donde estaban sus amigos, pero no les explicó lo que sucedía para que no se preocuparan. Pero claro, ella no podía evitar estar preocupada. ¡Su hermano pequeño había desaparecido! Así que con una excusa se despidió de sus amigos y se fue corriendo a casa.

David se sintió un poco culpable despidió tan rápido a Mara. Se supone que habían quedado los tres, pero cuando ella salió a responder una llamada Berta le empezó a contar su delicada situación y David estaba muy atento por que la historia de las traía. Berta le contaba que le gustaba mucho un chico llamado Alberto, pero que tenía novia.

El caso es que ella veía que cuando hablaba o le comentaba algo por facebook, él le respondía positivamente. Y no sabía si era amabilidad o que ella también le gustaba a él. Tenía muchas esperanzas, por que veía que él tonteaba con ella. David le decía que no se metiese, que si estaba con aquella otra era por algo, que se olvidara. Y eso hizo Berta, sin saber que David se equivocaba".

Posa el boli sobre el papel y vuelve a beber. La espuma resbala hasta el fondo cuando la posa, ya vacía. Llevamos los vidrios a la barra. La próxima, me dice, la pago yo.

martes, 7 de octubre de 2008

Moloqai

Sangre. La clave de todo estaba en la sangre. No quería caer en incomprensibles explicaciones misticistas acerca de lo que podía hacer, prefería considerarlo magia, o como mucho el camino hacia un nuevo campo para la ciencia.

Morgan era el típico estudiante superdotado de instituto. Brillante en las ciencias pero nulo para las capacidades sociales, no digamos ya las físicas. Un empollón a todas luces. Delgado, desgarbado, con el pelo negro y corto, siempre engominado hacia arriba. Normal dentro de lo que cabe, si no fuera por sus habilidades.

El proceso era relativamente sencillo. En sus largas incursiones a bibliotecas, librerías de viejo y colecciones privadas había descubierto una serie de antiguos legajos y tratados sobre alquimia que hablaban de ciertos símbolos que eran a la vez significante y significado, un metalenguaje con el que se podía describir cualquier cosa. El problema era que esos símbolos no podían ser registrados sin desatar el elemento al que hacían referencia, por lo que cada alquimista debería desarrollarlos desde cero según su propia intuición.

Así, Morgan comenzó a investigar, tratando de crear sus propios símbolos. Sabía que era una perdida de tiempo, pero al menos llenaba la ausencia de una vida social. Una tarde estaba tallando el símbolo del fuego en una cuña de madera. El fuego era el único símbolo con el que estaba a gusto. Si existía, se decía, debía ser ese. Morgan podría ser muchas cosas, pero un artista no se encontraba entre ellas. La navaja con la que estaba trabajando se le resbaló entre los dedos y se hizo un corte en el índice, poco profundo, pero muy sangriento. Apenas había sentido dolor, pero se quedó contemplando la sangre que manaba lenta de la herida. El fuego es rojo, pensó. Sin saber muy bien por que trazó el símbolo en el trozo de madera y tras unos segundos empezó a arder. Nunca nadie había visto sonreír a Morgan del modo en el que lo hizo aquella vez.

Desde entonces Morgan había mejorado mucho. Había desarrollado más símbolos, espoleado por la perspectiva de lo que era capaz de hacer, entre ellos todas las variantes de fuego que se le habían ocurrido: explosión, calor, humo, luz.… Había limado la hebilla de su cinturón hasta darla filo en una de sus esquinas. Había descubierto que no necesitaba pintar sobre ningún objeto. Cuando dibujaba sus símbolos, la sangre se quedaba suspendida en el aire, como si la hubiera aplicado sobre un lienzo invisible.

Todo cambió para Morgan gracias a su don. Sus calificaciones habían bajado, ahora tenía otras cosas en la cabeza, pero los matones de su clase aún lo tenían señalado como un empollón. Un día en el patio, mientras esbozaba nuevos símbolos en una libreta, tres chicos fueron a por él. No tenían nada en mente, no querían hacerle daño de verdad, sólo reírse un poco de él, lo normal. Pero Morgan los vio venir. Cuando aún estaban a cierta distancia se abrió dos pequeñas llagas en los dos índices, y se dibujo es símbolo de la fuerza en ambas palmas. Aunque luchó por contenerse, aguantó dos empujones antes de hacer volar tres metros hacia atrás a uno de los chicos de un puñetazo. El resto fue un poco confuso. Morgan no se había peleado nunca. Mejor dicho nunca había estado en el lado de los que repartían, así que sus movimientos no eran ni elegantes ni depurados, pero aún así ganó. La sensación era indescriptible, la adrenalina golpeando en las sienes, el orgullo de haber hecho justicia, el hecho de no ser él el que lloriqueaba humillado en el suelo y sobre todo el poder con el que se sentía envestido.

El resto del instituto parecía no reaccionar ante lo que acababa de ver. Todo el mundo le miraba boquiabierto, como si lo que acababa de pasar no fuera posible ni encajara con su esquema de la realidad. Morgan decidió que lo más sensato era marcharse. El sudor había corrido los símbolos de sus manos y los tres muchachos habían empezado a levantarse.

Corrió hacia el interior del edificio. Aún faltaba mucho tiempo para que sonara el timbre que los devolviera a sus clases. Se encerró en el laboratorio de química, sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra una mesa, tratando de recobrar el aliento después de la pelea.

- Eso que haces es demasiado arriesgado.- dijo una voz desde el fondo de la sala en penumbras.
- ¿Quién está ahí?- preguntó poniéndose en pie de un salto, asustado.
- ¿No me reconoces? -Un hombre de unos cuarenta años y el pelo largo cano, recogido en una coleta avanzó hasta ponerse a unos tres metros de Morgan- Pensé que si habías recuperado parte de tu poder también habrían vuelto tus recuerdos. De todos modos has cambiado mucho.-dio un paso hacia él- ¿Qué fue lo de ahí fuera? ¿Ira? ¿Envidia? ¿Venganza? No eran pecados en los que solieras incurrir.
- No sé de que poder me habla, -llevó lentamente un dedo hasta la hebilla- pero creo que no soy la persona que está buscando.
- No busco personas, sino almas, y la tuya brilla como ninguna otra que haya visto antes. Pero no te emociones, No te busco a ti, Morgan, triste humano sin amigos. Busco lo que queda de una entidad espiritual superior, enraizada en tu alma por mera casualidad.-Otro paso más cerca.- Tú no me interesas.
- Cállese- Morgan apretó un dedo contra la esquina afilada de su cinturón, haciendo brotar una gota de sangre.
- No eres nadie Morgan. No eres especial. No eres nada.
- ¡Cállese!- gritó Morgan con lagrimas en los ojos mientras empezaba a dibujar el símbolo del fuego frente a la cara del desconocido.

El hombre extendió el brazo y atrapó la mano del muchacho antes de que acabara el dibujo. Con la otra mano, a la velocidad del rayo, le hizo un tajo con una uña en la muñeca. De la herida no salió sangre, sino un borbotón negro y espeso. Morgan estaba paralizado de terror. La herida se cerró sola.

- Perdóname.- Dijo el hombre soltándole la mano.- Pero necesitaba provocarte para sacarte eso del cuerpo.
- ¿Qué era?- dijo Morgan frotándose la muñeca. Pese a su edad el hombre tenía mucha fuerza.
- Volver a usar tanto poder sin comprenderlo del todo, sin que tu cuerpo ni tu alma estuvieran preparados, te estaba corrompiendo. Y era imprescindible purificarte antes de que tomaras consciencia de ti mismo.
- No entiendo nada. ¿Consciencia de mí mismo? Entonces, todo lo que dijo era…
- Mentira, si. Dime Morgan, ¿Cuánta gente conoces que pueda hacer lo que tú con una gota de sangre? ¿Cuánto tardan en cerrarse los cortes que te haces? Claro que eres especial. Más que eso, eres un Moloqai.
- ¿Un qué?
- Siéntate, quiero que escuches una historia.

miércoles, 21 de noviembre de 2007

A bordo del Viento del Cambio

Recojo el guante con el que Scry (http://scryscript.wordpress.com/2007/11/20/camino-al-puerto/) me pega y acepto su desafío, en parte por que se lo prometí, en parte por que la frase me lo pide a gritos. Pequeña, aquí está mi historia.

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El pirata se apartó para dejar que Mharie se incorporara a la tripulación.

Se sentía extraña. Estaba en medio de la cubierta mientras los piratas llegaban. Sabía que eran piratas por que el libro así lo aseguraba, pero por su aspecto nadie podría decirlo a ciencia cierta. Un joven vestía de mimo, con la cara pintada representando un gesto triste congelado en el tiempo. Una gitana sostenía una bola de cristal dentro de la que se arremolinaban volutas de humo. un hombre trajeado consultaba algo en su agenda digital. Un chico vestido con oscuros ropajes orientales pese a sus rasgos mediterráneos, la miraba intensamente con una sonrisa en la cara. El pelo negro le caía sobre lo ojos verdes. El hombre que le había franqueado la entrada llegó junto a ella. Con voz fuerte comenzó a hablar:

-¡Avisad al capitán!¡Ha llegado una nueva tripulante!

Tras unos segundos de actividad todo los marineros estaban de pie, en círculo alrededor de Mharie. Alguien carraspeó detras del muro de personas e inmediatamente se hizo un pasillo por el que avanzó un niño de unos ocho años. Llevaba un tricornio demasiado grande que se le caía hacia delante contantemente. Colgada del cinto, iba arrastrabdo una espada de madera de dos veces su estatura. Se puso frente a ella y mirándola a los ojos comenzó a hablar. Tenía voz de adulto.

-¿Has meditado el significado del libro y de las acciones que te ves impelida a tomar?

Su tono era melodioso y el lenguaje un tanto enrevesado, pero la seguridad con la que habló el niño con voz de hombre sólo daba lugar a una respuesta.

-Si- contestó Mharie.

-¿Dejarás tu vida atrás para seguir mis órdenes y dedicarás el resto de tus días a descubrir la Verdad a bordo del Viento del Cambio?

-Si.

-¿Dejarás atrás tu nombre?

-¿Tengo otra opción?

-Me temo que no. Responde.

-Si.

-¿Sabes ya quien quieres ser?

Mharie asintió con la cabeza. El campitán sonrió. Todos los piratas dirigían sus miradas de uno a otro. Todos habían pasado ya por ese ritual en el que se quitaban la venda de la apariencia de los ojos y se iniciaban como tripulantes del extraño barco. Lo habían contemplado docenas de veces, y aún así se trataba de algo impresionante.

-Gritalo al viento.- Susurró el Capitán.

Mharie inspiró, dio dos pasos atrás, cerró los puños y gritó con todas las fuerzas de las que fue capaz:

-¡Mi nombre es Luuuuuuuuuuuuuuuuuuuz!

En ese momento su cuerpo empezó a brillar, primero con un suave respandor, después con una potencia cegadora. Comprendió que se acababa de convertir en un elemental del destino al servicio de la Verdad, que iría a buscarla allí donde estuviera, que a partir de ese instante se dedicaría a la caza de secretos custodiados por monstruos y que después los gritarían al aire, para que todo el mundo que quisiera pudiera escucharlos. Supo que como ella, los demás tripulantes habían recibido un don al cambiar de nombre. Les miró detenidamente. Ahora todos le sonreían. El Capitán dio un paso al frente.

-Bienvenida, Luz.- El niño con voz de hombre se volvió hacia sus hombres.- ¡¿Que haceis ahi parados?!¡Levad anclas!¡Zarpamos!

Y a una orden del Capitán, el barco se puso en marcha.

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Ahora os toca a vosotros iniciar una historia con la frase en verde. Creo que voy a reutilizar la idea para un concurso, así que si os animais a escribir, avisadme para después hable con vosotros, no sea que me descalifiquen por plagio.