lunes, 19 de abril de 2010

Tabaco VI

Soy problématico, te lo dije, no soy bueno para tí. Así se lo hizo saber, como si fuera una de esas advertencias en el paquete de tabaco, como si le estuviera haciendo un favor. Pellizcó el contenido de la bolsa con dos dedos y esparció las hebras sobre el papel. Parecía incluso una de esas fanfarronadas de fumador "cuando quiera puedo dejarlo, no estoy enganchado". Salvo que esta vez no era ninguna fanfarronada. Acunó en cigarillo que iba cogiendo forma. Colocó un filtro al extremo y lo estranguló haciéndolo girar entre sus dedos. Apenas se dio cuenta de que estaba disfrutando proyectando su ira contra el pitillo que acababa de liar, con una sonrisa de lo más siniestra. Levantó la vista por si alguien se había dado cuenta del gesto. Nadie había reparado en ella, una chica liando tabaco mientras esperaba al bus. Se lo llevó a los labios y lo encendió. La sonrisa escalofriante volvió a su rostro. En su imaginación él estaba envuelto en una sábana y ella tenía una antorcha en las manos. Fue el mejor cigarrillo del día.

lunes, 8 de marzo de 2010

Tabaco V

Con cada cigarrillo que fumo quemo un poco más mi vida y ahumo un poco más mi alma, pero curiosamente me siento mejor. Me estremezco con secreto regocijo a cada calada, disfrutando del cosquilleo en la base del cráneo, ahi donde empieza mi cerebro de reptil. Comer dormir y nicotina. Fumar medio dormido, cuando los pensamientos se elevan con el humo. ¿Por qué seguir fumando? La respuesta en cada nuevo cigarro. Placer, lo llaman, un orgasmo pulmonar. Aunque los filtros en la cajetilla me recuerden a las bala en el tambor de un revólver. Sé que es malo y de todos modos me gusta. ¿Masoquismo para voluntades débiles? O mejor, suicidas a tiempo parcial. Reconozco que disfruto con la decadencia en dosis de 20. Me fumo el último. El camino de la autodestrucción empieza por bajar a por otro paquete de tabaco.

martes, 2 de marzo de 2010

Otoño

-No entiendo lo de las hojas
-¿Sabe usted porqué las mejores historias se cuentan en otoño?

Por supuesto que no tenía ni idea. Aquel hombre le llenaba de curiosidad. No era un vagabundo al uso. Poseía un piso en el centro, cobraba un sueldo regular por los cuentos que mandaba por internet a diversas web infantiles. Podía tener una vida normal, pero prefería perder el tiempo en el parque recogiendo hojarasca en una despreocupada indigencia.

-Ocurrió antes de todo... o antes de esto, al menos. Cuando todas las historias, los cuentos y las leyendas pertenecían a los dioses y el hombre no tenía imaginación. Y habría sido así para siempre de no ser por un increíble acto de valentía, aunque muchos opinen que se trataba solo de locura.

Uno de los dioses, el Rebelde, el Loco, el Traidor... muchos son los nombres que recibe, se hartó del apocamiento del resto de dioses, pues comprendía que las historias y su magia, para seguir vivas, necesitaban de mentes que las soñasen, de corazones que anhelasen escuchar cada siguiente palabra, de ilusiones que alimentaran la llegada del feliz desenlace.

Así que robó la Narración, entera. Se la arrebató al resto de dioses y huyó hacia la Tierra de los Hombres desde su hogar en los Jardines del Sueño. Quizás antes de hacer nada ya sabía que se convertiría en un paria, un exiliado, o puede que nunca se parara a pensarlo. Pero cuando todos los demás dioses salieron en su persecución ya no había reparación posible.

Era cuestión de tiempo que le atraparan. Cada vez estaban más cerca y sus posibilidades de llevar las historias a los hombres menguaban a cada zancada de la precipitada carrera. Así que, desesperado, arrojó la Narración al mundo, sin saber que suerte correría.

Y entonces le alcanzaron. Tanto el dios rebelde como cuál fue el castigo por su crimen cayeron en el olvido. Pero no su proeza. Su plan, aunque descabellado funcionó. La Narración atravesó el cielo de los hombres como un lucero ardiente y se estrelló, quedando enterrada a varios metros de profundidad. La magia de las palabras es poderosa, y sobre todo, una fuerza viva. De la Narración brotaron raíces y creció un tronco, se multiplicaron las ramas y germinaron flores. En cada una de sus hojas se desgranaba una historia de las robadas por el Dios Rebelde.

Hubo que esperar a que pasaran las estaciones y las hojas teñidas de cobre y ocasos descendieran al alcance de los hombres. Por eso las mejores historias siempre se cuentan en otoño, pues los árboles tienen memoria y cada año en sus ramas repiten los relatos que aprendieron del fruto de la Narración y cubren el suelo con ellas, a la espera de que las recojamos para hacerlas grandes de nuevo, tan pronto posemos los ojos sobre sus palabras.

sábado, 20 de febrero de 2010

Cosquillas

Un caso curioso el de aquel niño. No sufría ninguna patología especialmente grave, pero mantenía desconcertados a todos los médicos y especialistas por cuyas consultas había pasado, y por su puesto, también a sus preocupadísimos padres.
El pequeño sufría incontenibles ataques de risa. Sin motivo, patrón o desencadenante.
Ocurría de manera casi aleatoria. En una ocasión, durante unas vacaciones familiares en Canadá, mientras el padre pedía indicaciones a un Policía Montado el niño estalló en carcajadas tan enérgicas que el caballo se asustó y por poco hizo caer al agente de la grupa del animal.
Estas muestras e vitalidad y alegría infantiles no deberían estar fuera de lo común en un niño de esta edad, pero la madre insistía en que se le realizaran todas las pruebas de las que tenía conocimiento. En particular desde que en el entierro de una tía lejana el niño se perdió entre las lápidas.
Buscaron durante horas por todo el cementerio, hasta que por fin dieron él. Estaba en un panteón. Se había separado de sus padrs en un momento de descuido y fue leyendo los epitafios hasta llegar al mausoleo abierto.
Estaba ensimismado, con una sonrisa inocente, como solo un niño puede tener y los ojos recorriento cada pulgada de las estatuas que ornamentaban el sepulcro.
Los doctores se sucedían sin que ninguno se atreviera a dar un diagnóstico en firme.
Pero a pesar de esto el niño crecía feliz. cada tarde acudía al parque cercano a su casa y jugaba con sus compañeros de colegio.
Aunque un día, corriendo tras una pelota perdida, el pequeño se plantó delante de un vagabundo. Llevaba unos pantalones de pana raídos, una vieja camisa de cuadros y una gabardina con tantos años como el propio mendigo.
El gesto no pasó inadvertido a la vigilante mirada de la madre, que se apresuró a acudir al rescate de su hijo.
Pero cuando llegó a la altura del niño, este se estaba partindo de la risa, igual que el sintecho, inmersos en el mismo regocijo secreto.
La mujer se fijó más detenidamente en el hombre. Las canas se enraizaban en su barba, aunque la juventud brillaba en sus ojos.
En sus manos sostenía puñados de hojas caídas de los árboles, cuidadosamente apiladas y ordenadas. Los dos, el niño y el hombre compartían una carcajada espontánea, mientras miraban las hojas con lágrimas en los ojos.
Solo después de que la mujer le llamara dos veces el niño accedió a soltar las hojas y alejarse del hombre.
Aunque concernida, la madre permitió que los encuentros se repitieran. Cueando estaban juntos los ataques de risa les sobrevenían a la vez, al parecer bajo los mismos hechos.
El pequeño comenzó también a recolectar hojas. Las escogía con mimo, las estudiaba ceñudo. Desechaba algunas, atesoraba otras con avidez y todas le hacían reir.
Un día volviendo a casa el niño comentó distraido.
- ¿Sabes mamá? Ese señor es igual que yo.
-¿Ah, si?
-Si. Él también tiene cosquillas en la imaginación.

domingo, 17 de enero de 2010

Tabaco IV

Tengo dos carreras y un master. Gano cantidades de seis cifras al año. Dirijo un departamento con 40 personas con alta formación. Puedo hacer llorar a la gente sin ni siquera levantar la voz. Disfruto de coches rápidos, trajes elegantes, mujeres hermosas y restaurantes caros. La mía es la viva imagen de la seguridad, la confianza y la autoridad. Del éxito antes de los treinta. Pero no puedo evitar estremecerme, empapado de terror adolescente, cada vez que están a punto de pillarme fumando a escondidas en los baños de la oficina.

domingo, 3 de enero de 2010

Intrascendente

Llueve, Las gotas se estrellan contra el asfalto empapado, que brilla negro como un lago de ónice, salpica y arrancan destellos níveos de las farolas. Entre los dos me hacen pensar en las teclas de un piano, évano y marfil. Y por algún giro intrascendente del pensamiento pienso en el mar. Con el mar llegas tú.
Pienso entonces cómo no hace tanto tuvimos que huir de una lluvia parecida. Cómo el viento traía el frío que no te dejaba ni hablar. Ir a una tetería y no pedir té. Comprobar que contigo es mejor cenar dos veces antes que dar explicaciones.
Otro golpe de intranscendencia desvía el razonamiento. Muchas volutas sin importancia después regresas. Por que al marcharte te llevaste contigo el sol, cómo haces siempre, y aquí el calor no remonta (pero no me das envidia)
Solo nos falto un poco más de nieve, pero bueno, eso es intrascendente.
SFS

martes, 15 de diciembre de 2009

Érase una vez...

Érase una vez, una sola vez, una única vez, en la que existió un hada madrina. El resto de veces Cenicienta no tuvo tanta suerte.

martes, 1 de diciembre de 2009

Tabaco III

Aplastó la colilla a conciencia contra el cenicero de cristal, extinguiendo cada destello anaranjado con el filtro arrugado. El cigarro emitió sus últimos suspiros de humo y nicotina y quedó abandonado a su suerte, junto a otros dos desgraciados aspirados por la impaciencia y los segundos amontonados uno detrás de otro, en fila india, saltando por el acantilado del tiempo. Miró el cenicero. Era una tumba abierta, una fosa común donde se entierra el ansia a golpe de mechero y calada. Por fin atravesó la puerta. Sonrió recordando una de las perlas de sabiduría de su abuelo.
"Chico, solo las mujeres interesantes acuden a las citas tres cigarros más tarde que tú"

martes, 20 de octubre de 2009

Máscaras

El coche entró derrapando por la curva, esquivando a duras penas el resto de vehículos. Por detrás de ellos dos coches patrulla avanzaban en zig zag entre el tráfico, intentando dar alcance al sedán oscuro con matrículas falsas que había salido huyendo del atraco a la joyería.

- ¡Acelera! La parte difícil era hacerse con las gemas, ¡Esto tendría que ser lo fácil!

- Cállate.

El piloto era un hombre rubio, en la treintena, que manejaba el volante agarrándolo con dos enormes manos y la mandíbula apretada. Su acompañante era un tipo delgado, muy engominado y con un ridículo bigotito de rata. Llevaba una caja negra abrazada contra el pecho y no hacía más que gritar al conductor

- Si no llegamos a tiempo estar detenidos será el menor de nuestros problemas. ¡Tenemos que entregar las gemas hoy!

- Cállate

Los destellos de las sirenas ya eran visibles en los retrovisores. El conductor resopló cuando por su izquierda se incorporó a la calle principal otro par de oches de policía. -¡Gira! -chilló el hombrecillo

- ¡A la derecha!¡Métete en el Grand Park!

- Pero..

-¡HAZLO!

Con un volantazo los ladrones esquivaron la embestida de una de las patrullas, saltaron un bordillo y continuaron su carrera através del cesped de Grand Park, una enorme extensión arbolada en el corazón de la ciudad. El rugido del motor atravesó los primeros cientos de metros de cesped antes de que los policías tuvieran tiempo de corregir la dirección.

Era una jugada arriesgada. a medida que se avanzaba hacia el interior el bosque se cerraba más, era cuestión de tiempo que al conductor le fallaran los reflejos y se estrellaran. Pronto tres patrullas los alcanzó. El primer coche de policía se colocó justo detrás ellos. El copiloto se revolvía en su asiento, mientras que el conductor seguía resoplando.

- ¿Y ahora qué?

El hombre del bigote de rata no respondió, solo empezó a rebuscar en sus bolsillos con nerviosismo. Sacó un puñado de algo pequeño y redondeado, como canicas. Abrió su puerta un par de centímetros y las fue dejando caer,una por una.

Los oficiales de policía que participaron en lapersecución de los atracadores de la joyería jamás se explicaron que pasó aquella tarde. iban a toda velocidad tras los sospechosos, atravesando Grand Park, cuando de repente todos se fueron estrellando contra árboles que un segundo antes no estaban allí. Un novato llegó a afirmar que árboles enteros surgieron de explosiones desde el suelo. Lo achacaron a la conmoción por la colisión, pero más de uno pensó que esa teoría explicaría como uno de los coches patrulla pudo acabar sobre la copa de uno de los árboles.

- ¡JA! ¡Soy un genio! ¡Por cosas como estas yo soy el cerebro de la banda y tu solo la fuerza bruta!

- Cállate. Aún no hemos salido del parque. Y hay algo que no me gusta.

La pareja había abandonado el coche en el interior del bosque y decidieron salir a pie por el otro lado, como dos paseantes normales, coger un taxi y acudir a la entrega de las gemas. Pero el enorme hombre rubio tenía razón. Ya habían caminado lo suficiente como para haber alcanzado el otro extremo de Grand Park, pero a medida que transcurría el tiempo la vegetación e cerraba más y más sobre sus cabezas.

Cuando por fin encontraron un claro hacía mucho tiempo que habían asumido que estaban irremediablemente perdidos. aunque no sintieron el verdadero peligro hasta que escucharon aquellas risas entre el ramaje.

Echaron a correr huyendo del claro, pero eso solo empeoró las cosas. La vegetación se hacía más frondosa a cada zancada y pronto estuvieron competamente atrapados entre ramas, hiedras y zarzas. Las voces parecían venir de todos los rincones del bosque.

- Orco y goblin, no sois bien recibidos

- Habeis pisado un suelo que os está prohibido

- No insulteis nuestra percepción, Quitaos la máscara.

Ambos hombres parecía aterrados. Cuando se cansaron de forcejear agacharon la cabeza derrotados. Algo en su aspecto cambió, como si una gasa se descubriera sobre su figura, desvelando su verdadera apariencia. Lo que permanecía atrapado entre los árboles ya no era humano.

El hombre rubio había dado paso a un ser de piel verde oscura, de enormes y potentes brazos que de poco le valía para escapar. Su rostro bestial estaba congelado en una mueca entre la furia y el miedo. El pequeño había relajado el cuerpo.una gran nariz aguileña remataba un rostro de facciones angulosas, de ojos pequeños y mejillas huesudas y prominentes. fue el primero en hablar.

-¿Qué quereis?

-Primero, las semillas de Jack que llevais encima son ahora nuestras.

- Y dependiendo del valor de las gemas que habeis robado, nos pensaremos si dejaros marchar con un escarmiento y un mensaje.

- ¿Podemos votar por la opción del escarmiento y el mensaje?- sollozó el orco.

Una figura femenina salió de entre los bosques. era joven, hermosa y en su mirada brillaba una determinación salvaje.

- Grand Park es el hogar de los elfos de Eleyse. Que nadie nos moleste, o aquel que entre aquí no volverá a salir.

El goblin suspiró.

-Estamos jodidos.

domingo, 18 de octubre de 2009

Secretos

Creo que aún no he asimilado todo lo que me contaste. Cuando te fuiste casi me dio pena lo abatida que estabas, y en cierta manera lo entendía. Malgastar todo un verano en un pueblo costero en… no recuerdo bien donde… de lo que estoy seguro es que daba al Mediterráneo.

El caso es que te marchaste durante tres meses y volviste cambiada y con una petición. “Si me voy de nuevo, escríbeme, cuéntame lo que pasó. A ti siempre se te dieron bien las palabras, será hermoso recordarlo si lo narras tú”.

Por lo que sé el pueblo se disponía alrededor de una pequeña cala en la que habían construido un embarcadero, lo suficientemente grande para dar cobijo a un par de pesqueros. Allí no vivía mucha gente… ochenta, tal vez cien personas, algunas más en verano. Tampoco había mucha gente de nuestra edad, ni cosas que hacer para la gente de nuestra edad.

Pero me hablaste de un lugar al que te gustaba ir. La tienda de libros antiguos del viejo Möser. Möser era un judío escapado de Alemania en una época que no quería recordar, o al menos es lo que contaba la gente en el pueblo. Nadie conocía realmente al anciano que regentaba la librería, siempre detrás de su mostrador, ridículamente bajo para su metro noventa de altura.

Hablar de todas las tardes en las que te escondiste del aburrimiento entre las estanterías de Möser me llevaría casi tanto tiempo como el que tú estuviste fuera. Pero hay una de esas tardes a la que tengo que referirme, en la que cambió todo.

He tenido que parar de escribir durante un momento. Pensar como decir lo siguiente. Sé que me pediste que hiciera esto no por ti, sino para mí mismo, para entender porqué te fuiste de nuevo. Pero supongo que no lo lograré hasta que ponga el último punto y final.

Una tarde encontraste un libro, exquisitamente editado en piel, con guardacantos cromados y un candado guardando sus secretos. Te conozco, y no necesité que me lo dijeras para saber que lo siguiente que hiciste fue preguntar al viejo Möser. Y en tu lugar yo también habría pensado que el anciano me tomaba el pelo cuando tras mirarte durante un buen rato en silencio sacó de debajo de su camisa una cadenita de la que colgaba una llave.

Tampoco habló cuando tomó el libro, lo abrió y te lo tendió de nuevo. En blanco. Lo lógico habría sido pensar que se trataba de un diario, pero el peso de los ojos de Möser sobre ti indicaba lo contrario, que aquellas páginas vacías ocultaban un secreto… y que apropiada resulta esa última frase.

Era el libro de los secretos, te contó el viejo judío, y hasta ese momento había permanecido durante décadas mágicamente oculto. Solo alguien destinado a desvelar grandes secretos o a protagonizarlos podría encontrarlo. Y allí estabas tú.

Siempre supe que eras especial, pero jamás imaginé cuanto.

El librero te explicó que en sus páginas aparecerían los secretos de aquel que lo sostuviera, y para demostrártelo te mostró el suyo.

En las páginas desiertas brotaron palabras que hablaban de cosas más antiguas que el hombre, de criaturas de mística y esencia, de seres, como el viejo Möser que eran espíritus de tiempo, entidades que se alimentaban del mismo tiempo. Por eso el viejo nunca salía de su tienda. ¿Dónde encontraría más tiempo que entre sus libros? Tanta vida, tanta experiencia y anhelos, no solo de las propias historias, sino también de sus autores, habían empujado a Möser a una existencia que se extendía durante siglos.

Pero las páginas también hablaron de la soledad estos fantasmas de lo que fueron, de cómo buscaban la muerte durante tanto tiempo que llegaba un momento en el que eran tan viejos que podían alimentarse de sí mismos. Möser a veces decía, como en una letanía, que las buenas historias tienen principio, nudo y desenlace, “sobretodo desenlace”.

Recuerdo el brillo de tus ojos cuando me hablaste de esa tarde. Recuerdo cada una de las palabras que salieron de tus labios, las mismas que afloraron en el libro cuando Möser te lo cedió:

Se sentía extraña. Estaba en medio de la cubierta mientras los piratas llegaban. Sabía que eran piratas por que el libro así lo aseguraba, pero por su aspecto nadie podría decirlo a ciencia cierta. Un joven vestía de mimo, con la cara pintada representando un gesto triste congelado en el tiempo. Una gitana sostenía una bola de cristal dentro de la que se arremolinaban volutas de humo. un hombre trajeado consultaba algo en su agenda digital. Un chico vestido con oscuros ropajes orientales pese a sus rasgos mediterráneos, la miraba intensamente con una sonrisa en la cara. El pelo negro le caía sobre lo ojos verdes. El hombre que le había franqueado la entrada llegó junto a ella. Con voz fuerte comenzó a hablar:

-¡Avisad al capitán! ¡Ha llegado una nueva tripulante!

Tras unos segundos de actividad todos los marineros estaban de pie, en círculo alrededor de Mharie. Alguien carraspeó detrás del muro de personas e inmediatamente se hizo un pasillo por el que avanzó un niño de unos ocho años. Llevaba un tricornio demasiado grande que se le caía hacia delante constantemente. Colgada del cinto, iba arrastrando una espada de madera de dos veces su estatura. Se puso frente a ella y mirándola a los ojos comenzó a hablar. Tenía voz de adulto.

-¿Has meditado el significado del libro y de las acciones que te ves impelida a tomar?

Su tono era melodioso y el lenguaje un tanto enrevesado, pero la seguridad con la que habló el niño con voz de hombre sólo daba lugar a una respuesta.

-Si- contestó Mharie.

-¿Dejarás tu vida atrás para seguir mis órdenes y dedicarás el resto de tus días a descubrir la Verdad a bordo del Viento del Cambio?
-Si.

-¿Dejarás atrás tu nombre?

-¿Tengo otra opción?
-Me temo que no. Responde.
-Si.
-¿Sabes ya quien quieres ser?
Mharie asintió con la cabeza. El campitán sonrió. Todos los piratas dirigían sus miradas de uno a otro. Todos habían pasado ya por ese ritual en el que se quitaban la venda de la apariencia de los ojos y se iniciaban como tripulantes del extraño barco. Lo habían contemplado docenas de veces, y aún así se trataba de algo impresionante.
-Gritalo al viento.- Susurró el Capitán.
Mharie inspiró, dio dos pasos atrás, cerró los puños y gritó con todas las fuerzas de las que fue capaz:

-¡Mi nombre es Luuuuuuuuuuuuuuuuuuuz!
En ese momento su cuerpo empezó a brillar, primero con un suave resplandor, después con una potencia cegadora. Comprendió que se acababa de convertir en un elemental del destino al servicio de la Verdad, que iría a buscarla allí donde estuviera, que a partir de ese instante se dedicaría a la caza de secretos custodiados por monstruos y que después los gritarían al aire, para que todo el mundo que quisiera pudiera escucharlos. Supo que como ella, los demás tripulantes habían recibido un don al cambiar de nombre. Les miró detenidamente. Ahora todos le sonreían. El Capitán dio un paso al frente.
-Bienvenida, Luz.- El niño con voz de hombre se volvió hacia sus hombres.- ¡¿Que hacéis ahí parados?!¡Levad anclas!¡Zarpamos!



No te llamas Mharie, pero sabes que hablaba de ti. No creías posible que eso fuera a sucederte, pero incluso sin creerlo sabías que sería así. De entre las páginas del libro de los secretos se deslizó un pasaje para un barco, sin nombre ni destino. Möser sonreía.

Esta parte me resulta difícil de recordar. Tus palabras iban tan deprisa como imagino que debían ir tus pies, a la carrera desde la tienda de Möser hasta el embarcadero. Había un pequeño bote de cabotaje, y en el horizonte un barco de vela.

Sucedió tal y como el libro de los secretos había predicho. Estuviste fuera mucho tiempo. Desentrañasteis muchos secretos, los piratas y tú, y he de confesar que no entendí ni la mitad de los que me contaste.

Hay uno que me resulta particularmente hermoso. Es el primero que descubriste, cuando el capitán, el niño con voz de adulto habló contigo en tu primera noche abordo.

Toda la tierra, sus pobladores, la vida que acoge, los ecosistemas que la forman, es un ser consciente de sí mismo, una entidad que siente cada uno de los destellos vitales que la componen y que en definitiva esta viva… y sufriendo.

Cada secreto en el mundo es como una espada atravesando la realidad y vosotros os dedicabais a extraerlas y a reparar todo el daño causado. ¡Erais como superhéroes! Conceptos y metáforas salvando el mundo. Era poesía.

Pero volviste a la prosa, a la realidad, a mí. Me contaste todo esto y te quedaste callada esperando a que yo dijera algo. Algo que no encontraba por más que buscara en mi mente. Después me lo pediste. “Si me voy de nuevo, escríbeme, cuéntame lo que pasó. A ti siempre se te dieron bien las palabras, será hermoso recordarlo si lo narras tú”.

Al fin lo he entendido. Creo que lo entendí cuando al llegar a casa tu ya no estabas, cuando encontré sobre la mesa un pasaje para un barco, sin nombre ni destino. Ya lo he entendido.

Por eso esperaré a que regreses y me cuentes los nuevos secretos que desvelarás en tu viaje para que pueda escribirlos, como aquella vez que vencisteis a un kraken para conocer todos los nombres del mundo o tuvisteis que librar una batalla de adivinanzas contra las gaviotas del Triángulo de las Bermudas para descubrir el sabor de los colores.

Vuelve pronto.