martes, 9 de septiembre de 2008
Utilizamos palabras cada vez más simples para hablar de sentimientos cada vez más complicados
M kgo n l pto lnguag sms (y Lola Herrera también, que me lo ha dicho esta mañana)
sábado, 6 de septiembre de 2008
Ana Frank
Esta mañana mientras llegaba, como siempre, tarde, al trabajo, me crucé con un vagabundo habitual de Valladolid. Uno extremadamente delgado, con el pelo largo y barbas, que muchas veces se deja ver en las escaleras de la iglesia de la Plaza de España bebiendo una lata de cerveza y comiendo las piezas finales de los embutidos que nadie quiere y le regalan en los supermercados.
No tendría nada de especial si no fuera por que iba leyendo con mucho interés un ejemplar del diario de Ana Frank, levantando la vista del libro solo para evitar tropezar con papeleras y los palés de ladrillos de las obras de la zona (la gente de a pie simplemente le evitaba). No me extrañó que un indigente disfrutara del placer de la lectura, pero me hizo pensar que mucha gente que presume de su, en teoría, mayor posición social, poder adquisitivo e higiene (esto último es indudable), no conoce la obra, o siquiera ha oído hablar de ella. (¿Ana Frank?¿Esa rubia del Gran Hermano alemán?)
Y de nuevo me doy cuenta de que la cultura y la educación dan más posición que el dinero o vivir en un barrio exclusivo. Que la gente bien de coches rápidos y marcas caras no tienen por que ser mejores personas que el sin techo que va leyendo distraidamente por la calle.
Ahora solo falta que alguna productora lea esto y saque la idea de hacer un reality en un campo de concentración, el gran prisionero, y gana el último que quede vivo.
Asco de gente.
No tendría nada de especial si no fuera por que iba leyendo con mucho interés un ejemplar del diario de Ana Frank, levantando la vista del libro solo para evitar tropezar con papeleras y los palés de ladrillos de las obras de la zona (la gente de a pie simplemente le evitaba). No me extrañó que un indigente disfrutara del placer de la lectura, pero me hizo pensar que mucha gente que presume de su, en teoría, mayor posición social, poder adquisitivo e higiene (esto último es indudable), no conoce la obra, o siquiera ha oído hablar de ella. (¿Ana Frank?¿Esa rubia del Gran Hermano alemán?)
Y de nuevo me doy cuenta de que la cultura y la educación dan más posición que el dinero o vivir en un barrio exclusivo. Que la gente bien de coches rápidos y marcas caras no tienen por que ser mejores personas que el sin techo que va leyendo distraidamente por la calle.
Ahora solo falta que alguna productora lea esto y saque la idea de hacer un reality en un campo de concentración, el gran prisionero, y gana el último que quede vivo.
Asco de gente.
martes, 26 de agosto de 2008
Mignola
Cuando a Hombre se le acercó la hora de morir le asaltaron las dudas. ¿Permitiría Dios que Hombre volviera después de su última hora? Aún había muchas cosas que experimentar. Como Hombre tenía que cuidar que Fuego no se extinguiera le confió a Perro, su mejor amigo, la misión de ir a rogarle a Dios que permitiera a Hombre regresar después de la muerte.
Perro devoró los caminos hasta la morada de Dios, pero antes de llegar se detuvo a recuperar fuerzas junto a Rana, quien preparaba sopa.
"He de pedirle a Dios que permita regresar a Hombre después de la muerte. Por favor dame un cuenco de sopa para que pueda continuar", dijo Perro a Rana. Hombre había secado a Río para poder cultivar. provocando la muerte de muchos familiares de Rana. Si Hombre volvía después de la muerte Río nunca se recuperaría.
Perro retomó el camino después de haber descansado. Llegó a la morada de Dios y le transmitió la petición de Hombre con la más conmovedora melodía de aullidos y palabras. Narró su amor a la vida y su deseo de disfrutarla plenamente. Cuando acabó Dios estaba llorando.
Pero Rana había llegado antes.
Perro devoró los caminos hasta la morada de Dios, pero antes de llegar se detuvo a recuperar fuerzas junto a Rana, quien preparaba sopa.
"He de pedirle a Dios que permita regresar a Hombre después de la muerte. Por favor dame un cuenco de sopa para que pueda continuar", dijo Perro a Rana. Hombre había secado a Río para poder cultivar. provocando la muerte de muchos familiares de Rana. Si Hombre volvía después de la muerte Río nunca se recuperaría.
Perro retomó el camino después de haber descansado. Llegó a la morada de Dios y le transmitió la petición de Hombre con la más conmovedora melodía de aullidos y palabras. Narró su amor a la vida y su deseo de disfrutarla plenamente. Cuando acabó Dios estaba llorando.
Pero Rana había llegado antes.
lunes, 2 de junio de 2008
Getafe Electric Festival greatest moments
Serj Tankian: Thanks Madrid, see you soon, goodbye!!!
Samuel desde la cola: NOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!!!
_____
en el concierto de Metallica:
Miguel: Uy, pues parece que se retrasan y que vais a tener que esperar para verlos
Samuel: Tú en cambio tendrás que esperar el resto de tu vida para ver a Nirvana, hasta que te mueras y les veas actuar en el infierno al que vais los grunges.
_____
Multitud de más de 50.000 personas: AND NOTHING ELSE MATTERS!!
_____
Samuel: Acabo de conocer al cantante de Skunk DF!!!!!!!!!!!!!!
Todos los demás: ¿Y esos quien son?
Samuel: ...panda de hijos de puta...
_____
De camino a casa:
Del Hoyo: Mirad, el jamaica!
Jose: Pues es el negocio de hostelería con más beneficios de toda Castilla y León
López: Mamadilla y venérea 20€, tratamiento para la venérea 200€, decirle a tu mujer que se haga las pruebas de la venérea no tiene precio.
Samuel desde la cola: NOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!!!
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en el concierto de Metallica:
Miguel: Uy, pues parece que se retrasan y que vais a tener que esperar para verlos
Samuel: Tú en cambio tendrás que esperar el resto de tu vida para ver a Nirvana, hasta que te mueras y les veas actuar en el infierno al que vais los grunges.
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Multitud de más de 50.000 personas: AND NOTHING ELSE MATTERS!!
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Samuel: Acabo de conocer al cantante de Skunk DF!!!!!!!!!!!!!!
Todos los demás: ¿Y esos quien son?
Samuel: ...panda de hijos de puta...
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De camino a casa:
Del Hoyo: Mirad, el jamaica!
Jose: Pues es el negocio de hostelería con más beneficios de toda Castilla y León
López: Mamadilla y venérea 20€, tratamiento para la venérea 200€, decirle a tu mujer que se haga las pruebas de la venérea no tiene precio.
martes, 13 de mayo de 2008
El mundo cada vez me gusta un poquito menos
Un hombre va al médico. Dice que está deprimido. Dice que su vida parece dura y cruel. Dice que se siente solo en un mundo amenazador en el que lo que le espera siempre es vago e incierto.
El doctor dice, "El tratamiento es sencillo. El gran payaso Pagliacci ha venido a la ciudad. Vaya a verlo esta noche, con eso se animará."
El hombre empieza a llorar.
- Pero doctor...
El doctor dice, "El tratamiento es sencillo. El gran payaso Pagliacci ha venido a la ciudad. Vaya a verlo esta noche, con eso se animará."
El hombre empieza a llorar.
- Pero doctor...
... Yo soy Pagliacci.
domingo, 9 de marzo de 2008
Incertidumbre (o de cómo Beethoven perdió su mala suerte)
El muchacho entró en el bar intentado ver algo por encima de las cabezas de la gente. A empujones logró llegar hasta la barra. Puso toda su voz y su empeño en pedir dos cervezas, pero por lo visto, él era una de esas personas con la curiosa capacidad de colocarse en el punto de la barra que ningún camarero tiene asignado. Cuando por fin se hizo escuchar la chica detrás de la barra lo miró con extrañeza.
- Dos cervezas, ¿Para tí solo?
- Pero si no he venido solo, estoy con mi mala suer...- Se giró para mirar a su alrededor.- ¿Dónde está? No puede haberse esfumado así como así.
Y entonces te oyó decir.
-No me gusta la cerveza, pero pero si quieres puedo quedarme contigo.
(No fue exactamente así, pero lo que cuenta es el recuerdo ¿No?)
y hoy... hoy me siento un poco idiota
- Dos cervezas, ¿Para tí solo?
- Pero si no he venido solo, estoy con mi mala suer...- Se giró para mirar a su alrededor.- ¿Dónde está? No puede haberse esfumado así como así.
Y entonces te oyó decir.
-No me gusta la cerveza, pero pero si quieres puedo quedarme contigo.
(No fue exactamente así, pero lo que cuenta es el recuerdo ¿No?)
y hoy... hoy me siento un poco idiota
miércoles, 5 de marzo de 2008
Soy el mendigo que sólo acepta sueños (el esgrimista)
- Soy el mendigo que sólo acepta sueños.
- Me parece muy bien señor, pero o se marcha de mi puerta o llamaré a la policía.
Julián se encontró con el mismo espectáculo de todos los días a la puerta de la academia de esgrima. El fardo de ropa bajo el que se adivinaba una persona había vuelto a bloquear las escaleras de acceso, y como cada día, el encargado de turno le echaba de allí.
Entró sin saludar a nadie, como siempre, o mejor dicho, no hubo nadie que le hablara para poder devolverle el saludo. En los vestuarios se cambió en silencio, sin levantar la mirada hacia el resto de muchachos de su grupo, que le lanzaban envenenadas miradas de soslayo.
Era un chico moreno, de piel pálida. Delgado aunque bastante fibroso. Los años de disciplina marcial y manejo de la espada habían conferido a su cuerpo una resistencia, fuerza y agilidad superior a los de cualquier deportista de élite. Pero aún así se negaba a participar en los torneos y campeonatos, a pesar de ser el mejor espadachín de toda la ciudad, puede, que del país. Se había apuntado al primer curso de esgrima para conocer gente, superar su timidez y tal vez, aumentar su autoestima. Pero de nada había valido. Su superioridad técnica le había valido el rencor de todo contra el que cruzaba los sables de entrenamiento, lo que confundía a Julián aún más. ¿Por qué lo odiaban, si todo lo que hacía era mejorar? ¿No se suponía que era para eso para lo que acudían a entrenar?
Una vez en la sala de entrenamiento comprobó con fastidio quien sería el instructor de aquella tarde. Matías, uno de los raros casos en los que los alumnos se convertían en maestros, pero con todo y con eso, inferior a Julián. En cuanto sus miradas se cruzaron, ambos supieron cual sería el ejercicio que realizarían.
- Julián, ¿Cuánto tiempo llevas practicando esgrima?- le interpeló el instructor.
- Diez años, la mitad de mi vida.
- Entonces coincidirás conmigo en que no sería justo para los menos experimentados enfrentarse cara a cara a ti.
- Es verdad. No sería justo ni siquiera para ti. –Sonrió mientras se ponía el visor protector.- ¿Cuántos a la vez?
- Cinco. –contestó Matías apretando los dientes.– Contándome a mí.
Julián se colocó en el centro de la sala, mientras Matías y otros cuatro de los más avanzados tomaban posiciones a su espalda y a sus flancos, en tensión, listos para atacar. Y ese era su error. Según concebía Julián la esgrima, no se trataba de la tensión o la fuerza, si no de fluir, de ser las ondas que levanta una piedra al caer en un lago. La piedra se hundiría pero las ondas se convertían en olas.
Iniciaron el movimiento a un gesto de Matías, pero dos de ellos se adelantaron. Con la suavidad de una brisa paró la estocada del primero y trabó el sable del asaltante contra el que se le acercaba por detrás. Girando sobre sí mismo, siguiendo la corriente de movimientos que se había desatado, golpeó en la rodilla al que quedaba a su espalda y en las costillas al hombre de su izquierda con el mismo tajo de la espada embotada. Con dos gráciles pasos llegó hasta Matías. Fintó un ataque que de haberle acertado le habría partido el cuello. Golpe lateral al codo, estocada al hombro y descendente a la muñeca.
Se escuchó un crujido que detuvo a todo en seco. Matías, desarmado y con la muñeca posiblemente rota, se quitó el visor y se sujetó la mano derecha sollozando.
- ¡Estás loco! – Le gritó el instructor mordiéndose las lágrimas. – Haré que te expulsen por esto.
Julián estaba confuso. No sabía bien como actuar. Ninguno de esos cinco tendría ningún problema en partirle las costillas de un tajo, pero la derrota les dolía más que los golpes.
- Lo siento.- Musitó.
Los alumnos se marcharon de inmediato, para acompañar a Matías a urgencias. Julián se quedó solo de nuevo. No quería llorar. Se dijo que no debía llorar. Pero lloró. Bajo el visor notó como se le empapaban las mejillas. No seas la roca, se las ondas, se decía una y otra vez. Respira, fluye, se las ondas. Para intentar tranquilizarse y conjurar el dolor empezó a repetir las catas más básicas, subiendo de complejidad poco a poco. Se liberó del visor y de la pechera abotonada de cuero negro. Disfrutó de la sensación que dejaba sobre su piel el aire que desplazaba su cuerpo. Por fin su respiración, sus movimientos y su mente caminaban en la misma dirección. Por fin fluía.
- Es hermoso.
Una voz al fondo de la sala rompió su concentración. Se volvió en posición de guardia de manera instintiva. Un joven de pelo negro, vestido con una estrafalaria mezcla de ropajes le miraba sin perder detalle.
- ¿Quién eres? – Preguntó Julián sin bajar la espada.- ¿Cómo has entrado?
El extraño chico dobló una capa negra y la posó en el suelo, junto a un viejo paraguas pardo.
- He entrado por la puerta, pero no me ha visto nadie. Llevo aquí desde que empezasteis a entrenar. Fue hermoso.
- ¿El qué? –Contestó con sarcasmo. Le había parecido reconocer en la voz del muchacho al mendigo de la puerta, aunque no estaba seguro- ¿Cómo le partí la muñeca?
- No –Replicó con calma.- Cómo danzabas
- No era danza, era un combate
- ¿Cuál es la diferencia? Ellos estaban descompasados, pero tú te adaptabas a sus movimientos. Tu cuerpo respondía a los suyos con una precisión casi coreográfica. Disfruté viéndote, y ahora cuando practicabas solo, observé que tu también lo notabas, como si todo a tu alrededor se pausara y se detuviera.
Julián ya no tenía ninguna duda. Bajo los andrajos del mendigo se ocultaba aquel chico, pero había algo en su voz, que le hacía pensar que no cabía en sus palabras ni un atisbo de mentira, algo en sus ademanes que le traía a la mente el recuerdo de algo regio y mágico que no acababa de atrapar del todo.
- Quiero que me enseñes a danzar como tú.- dijo de repente el muchacho moreno.
Julián tardó en reaccionar. Recogió la pechera y mientras negaba con la cabeza comenzó a hablar.
- Es imposible. Para llegar a mi nivel tardarías años, y no se si soy la persona más indicada para enseñarte. Y sólo tengo una espada. Aunque quisiera no podría.
- Pero yo aprendo deprisa.- con una sonrisa blandió el viejo paraguas como si fuera un florete.- y tengo mi propia espada
- ¡Si eso no es más que un para… -Antes de acabar la palabra la superficie del paraguas se deshizo, cayendo a la tarima como una lluvia de arena y dejando ver su verdadera forma: una reluciente espada de cristal negro.- ¿¡Cómo lo has hecho?! ¡Es preciosa! ¿De dónde la has sacado?
- La robé. –La expresión de su rostro cambió unos instantes.- Negra y brillante, como su melena.
Casi sin ser consciente cargó contra el desconocido. Se concentró en acosar en los puntos donde había más presión. La roca se hunde. Pero sin perder la sonrisa el vagabundo comenzó a parar sus golpes de forma diferente, acompañando el movimiento, dejando que la fuerza se diluyera. Las ondas se hacen olas. Combatieron durante horas, a lo largo de toda la sala. Hasta que estuvieron tan igualados que el vencedor resultó ser el cansancio.
Se dejaron caer en la tarima extenuados.
- Nunca había luchado contra nadie a este nivel.- dijo Julián en cuanto pudo hablar.- Tú ya sabías esgrima.
- Es posible. –Resopló el otro joven.- Pero necesitaba que alguien me recordara que era capaz de ello.
- ¿Cuál es tu nombre?
- Lago. Son las iniciales de un larguísimo nombre compuesto, pero me gusta más así.
- ¿Qué eres?
- No lo recuerdo. Puedo hacer cosas con las que vosotros sólo soñáis. Pero no soy capaz de recordar quien o que soy. Hasta ahora me bastaba con ir consiguiendo objetos que me recordasen a ella.
- ¿A quién?
- No lo sé. Sólo tengo su imagen. Intuyo que es importante, pero logró encontrar en mi mente el porqué. Pero ahora quiero averiguarlo. Por eso te necesitaba. A veces siento cosas que no pertenecen a este mundo. Y voy a enfrentarme a ellas.
- Estoy empezando a pensar que Matías logró golpearme primero y que ahora mismo estoy inconsciente y soñando todo esto.
Lago sonrío y se puso en pie. Le tendió una mano para ayudarlo a levantarse.
- Te puedo asegurar que soy tan real como tú. Pero no se a que nivel.- Julián aceptó la ayuda de Lago. Los dos quedaron frente a frente.- Necesito que vengas conmigo. No tengo razones ni argumentos, sólo la imperiosa necesidad de que me ayudes.
- Yo… -Julián pensó un instante. No tenía dudas en cuanto a que era una locura. Pero tampoco las tenía sobre lo que deseaba hacer.- Iré.
Una sonrisa más amplia que nunca recorrió el rostro de Lago. La espada volvía a ser un paraguas. El muchacho se agachó para recoger su capa.
- Prepárate. Tenemos que ir a visitar a una vieja amiga.
- ¿Cómo se llama?
- Marga.
- Me parece muy bien señor, pero o se marcha de mi puerta o llamaré a la policía.
Julián se encontró con el mismo espectáculo de todos los días a la puerta de la academia de esgrima. El fardo de ropa bajo el que se adivinaba una persona había vuelto a bloquear las escaleras de acceso, y como cada día, el encargado de turno le echaba de allí.
Entró sin saludar a nadie, como siempre, o mejor dicho, no hubo nadie que le hablara para poder devolverle el saludo. En los vestuarios se cambió en silencio, sin levantar la mirada hacia el resto de muchachos de su grupo, que le lanzaban envenenadas miradas de soslayo.
Era un chico moreno, de piel pálida. Delgado aunque bastante fibroso. Los años de disciplina marcial y manejo de la espada habían conferido a su cuerpo una resistencia, fuerza y agilidad superior a los de cualquier deportista de élite. Pero aún así se negaba a participar en los torneos y campeonatos, a pesar de ser el mejor espadachín de toda la ciudad, puede, que del país. Se había apuntado al primer curso de esgrima para conocer gente, superar su timidez y tal vez, aumentar su autoestima. Pero de nada había valido. Su superioridad técnica le había valido el rencor de todo contra el que cruzaba los sables de entrenamiento, lo que confundía a Julián aún más. ¿Por qué lo odiaban, si todo lo que hacía era mejorar? ¿No se suponía que era para eso para lo que acudían a entrenar?
Una vez en la sala de entrenamiento comprobó con fastidio quien sería el instructor de aquella tarde. Matías, uno de los raros casos en los que los alumnos se convertían en maestros, pero con todo y con eso, inferior a Julián. En cuanto sus miradas se cruzaron, ambos supieron cual sería el ejercicio que realizarían.
- Julián, ¿Cuánto tiempo llevas practicando esgrima?- le interpeló el instructor.
- Diez años, la mitad de mi vida.
- Entonces coincidirás conmigo en que no sería justo para los menos experimentados enfrentarse cara a cara a ti.
- Es verdad. No sería justo ni siquiera para ti. –Sonrió mientras se ponía el visor protector.- ¿Cuántos a la vez?
- Cinco. –contestó Matías apretando los dientes.– Contándome a mí.
Julián se colocó en el centro de la sala, mientras Matías y otros cuatro de los más avanzados tomaban posiciones a su espalda y a sus flancos, en tensión, listos para atacar. Y ese era su error. Según concebía Julián la esgrima, no se trataba de la tensión o la fuerza, si no de fluir, de ser las ondas que levanta una piedra al caer en un lago. La piedra se hundiría pero las ondas se convertían en olas.
Iniciaron el movimiento a un gesto de Matías, pero dos de ellos se adelantaron. Con la suavidad de una brisa paró la estocada del primero y trabó el sable del asaltante contra el que se le acercaba por detrás. Girando sobre sí mismo, siguiendo la corriente de movimientos que se había desatado, golpeó en la rodilla al que quedaba a su espalda y en las costillas al hombre de su izquierda con el mismo tajo de la espada embotada. Con dos gráciles pasos llegó hasta Matías. Fintó un ataque que de haberle acertado le habría partido el cuello. Golpe lateral al codo, estocada al hombro y descendente a la muñeca.
Se escuchó un crujido que detuvo a todo en seco. Matías, desarmado y con la muñeca posiblemente rota, se quitó el visor y se sujetó la mano derecha sollozando.
- ¡Estás loco! – Le gritó el instructor mordiéndose las lágrimas. – Haré que te expulsen por esto.
Julián estaba confuso. No sabía bien como actuar. Ninguno de esos cinco tendría ningún problema en partirle las costillas de un tajo, pero la derrota les dolía más que los golpes.
- Lo siento.- Musitó.
Los alumnos se marcharon de inmediato, para acompañar a Matías a urgencias. Julián se quedó solo de nuevo. No quería llorar. Se dijo que no debía llorar. Pero lloró. Bajo el visor notó como se le empapaban las mejillas. No seas la roca, se las ondas, se decía una y otra vez. Respira, fluye, se las ondas. Para intentar tranquilizarse y conjurar el dolor empezó a repetir las catas más básicas, subiendo de complejidad poco a poco. Se liberó del visor y de la pechera abotonada de cuero negro. Disfrutó de la sensación que dejaba sobre su piel el aire que desplazaba su cuerpo. Por fin su respiración, sus movimientos y su mente caminaban en la misma dirección. Por fin fluía.
- Es hermoso.
Una voz al fondo de la sala rompió su concentración. Se volvió en posición de guardia de manera instintiva. Un joven de pelo negro, vestido con una estrafalaria mezcla de ropajes le miraba sin perder detalle.
- ¿Quién eres? – Preguntó Julián sin bajar la espada.- ¿Cómo has entrado?
El extraño chico dobló una capa negra y la posó en el suelo, junto a un viejo paraguas pardo.
- He entrado por la puerta, pero no me ha visto nadie. Llevo aquí desde que empezasteis a entrenar. Fue hermoso.
- ¿El qué? –Contestó con sarcasmo. Le había parecido reconocer en la voz del muchacho al mendigo de la puerta, aunque no estaba seguro- ¿Cómo le partí la muñeca?
- No –Replicó con calma.- Cómo danzabas
- No era danza, era un combate
- ¿Cuál es la diferencia? Ellos estaban descompasados, pero tú te adaptabas a sus movimientos. Tu cuerpo respondía a los suyos con una precisión casi coreográfica. Disfruté viéndote, y ahora cuando practicabas solo, observé que tu también lo notabas, como si todo a tu alrededor se pausara y se detuviera.
Julián ya no tenía ninguna duda. Bajo los andrajos del mendigo se ocultaba aquel chico, pero había algo en su voz, que le hacía pensar que no cabía en sus palabras ni un atisbo de mentira, algo en sus ademanes que le traía a la mente el recuerdo de algo regio y mágico que no acababa de atrapar del todo.
- Quiero que me enseñes a danzar como tú.- dijo de repente el muchacho moreno.
Julián tardó en reaccionar. Recogió la pechera y mientras negaba con la cabeza comenzó a hablar.
- Es imposible. Para llegar a mi nivel tardarías años, y no se si soy la persona más indicada para enseñarte. Y sólo tengo una espada. Aunque quisiera no podría.
- Pero yo aprendo deprisa.- con una sonrisa blandió el viejo paraguas como si fuera un florete.- y tengo mi propia espada
- ¡Si eso no es más que un para… -Antes de acabar la palabra la superficie del paraguas se deshizo, cayendo a la tarima como una lluvia de arena y dejando ver su verdadera forma: una reluciente espada de cristal negro.- ¿¡Cómo lo has hecho?! ¡Es preciosa! ¿De dónde la has sacado?
- La robé. –La expresión de su rostro cambió unos instantes.- Negra y brillante, como su melena.
Casi sin ser consciente cargó contra el desconocido. Se concentró en acosar en los puntos donde había más presión. La roca se hunde. Pero sin perder la sonrisa el vagabundo comenzó a parar sus golpes de forma diferente, acompañando el movimiento, dejando que la fuerza se diluyera. Las ondas se hacen olas. Combatieron durante horas, a lo largo de toda la sala. Hasta que estuvieron tan igualados que el vencedor resultó ser el cansancio.
Se dejaron caer en la tarima extenuados.
- Nunca había luchado contra nadie a este nivel.- dijo Julián en cuanto pudo hablar.- Tú ya sabías esgrima.
- Es posible. –Resopló el otro joven.- Pero necesitaba que alguien me recordara que era capaz de ello.
- ¿Cuál es tu nombre?
- Lago. Son las iniciales de un larguísimo nombre compuesto, pero me gusta más así.
- ¿Qué eres?
- No lo recuerdo. Puedo hacer cosas con las que vosotros sólo soñáis. Pero no soy capaz de recordar quien o que soy. Hasta ahora me bastaba con ir consiguiendo objetos que me recordasen a ella.
- ¿A quién?
- No lo sé. Sólo tengo su imagen. Intuyo que es importante, pero logró encontrar en mi mente el porqué. Pero ahora quiero averiguarlo. Por eso te necesitaba. A veces siento cosas que no pertenecen a este mundo. Y voy a enfrentarme a ellas.
- Estoy empezando a pensar que Matías logró golpearme primero y que ahora mismo estoy inconsciente y soñando todo esto.
Lago sonrío y se puso en pie. Le tendió una mano para ayudarlo a levantarse.
- Te puedo asegurar que soy tan real como tú. Pero no se a que nivel.- Julián aceptó la ayuda de Lago. Los dos quedaron frente a frente.- Necesito que vengas conmigo. No tengo razones ni argumentos, sólo la imperiosa necesidad de que me ayudes.
- Yo… -Julián pensó un instante. No tenía dudas en cuanto a que era una locura. Pero tampoco las tenía sobre lo que deseaba hacer.- Iré.
Una sonrisa más amplia que nunca recorrió el rostro de Lago. La espada volvía a ser un paraguas. El muchacho se agachó para recoger su capa.
- Prepárate. Tenemos que ir a visitar a una vieja amiga.
- ¿Cómo se llama?
- Marga.
domingo, 2 de marzo de 2008
PARA ELiSA (Beethoven perdido en la noche)
Ni yo soy sordo ni tú polaca, pero que se le va a hacer, las reencarnaciones son caprichosas. Cuando salí el sábado con una nube de mala suerte tronando y descargando sobre mi cabeza no esperaba encontrarme gran cosa. Tal vez lo de siempre, y por el curso de la noche tenía visos de ser así. Pero quiso la casualidad (caprichosa igual que las reencarnaciones) que me cruzara con la persona adecuada en el momento adecuado y que nos pusieramos de acuerdo para ir a visitar a un impresentable proyecto de administrador y director de empresas -y mejor persona- a la antigua cervecería.
Y una vez allí me encuentro con la ligera sensación de que tal vez (remotamente, como mucho) mi suerte cambie. En esta ocasión, ya que más de una casualidad por noche sería demasiado, recurro a la picaresca. Me presento, te presentas... y me quedo en blanco.
Hay silencios que lo dicen todo, pero me temo que no era nuestro caso. De todos modos, la conversación va saliendo -con menos fluidez de la que se me presupone en un primer momento- y tras mucho negociar llegamos a un pacto. Yo escribo esto, y tú a cambio... tú a cambio... bueno, parecer ser que es cierto eso que decías acerca de la incertidumbre.
Y una vez allí me encuentro con la ligera sensación de que tal vez (remotamente, como mucho) mi suerte cambie. En esta ocasión, ya que más de una casualidad por noche sería demasiado, recurro a la picaresca. Me presento, te presentas... y me quedo en blanco.
Hay silencios que lo dicen todo, pero me temo que no era nuestro caso. De todos modos, la conversación va saliendo -con menos fluidez de la que se me presupone en un primer momento- y tras mucho negociar llegamos a un pacto. Yo escribo esto, y tú a cambio... tú a cambio... bueno, parecer ser que es cierto eso que decías acerca de la incertidumbre.
viernes, 15 de febrero de 2008
Cuando clavas tu pupila en mi pupila
Llego tarde al bar, pero se que sus ojos azules me van a estar esperando en la mesa del fondo. Me siento en la silla frente ella, que tuerce la boca enfadada mientras el marrón de sus ojos ríe. Nos reímos los dos. Pido una infusión, color avellana, como el iris que abraza su pupila. Hablamos durante horas, la infusión se enfría y cada vez que su mirada verde se posa en la mía me da un vuelco al corazón. Cerramos el bar y las estrellas arrancan un destello violeta en sus ojos. Paseamos, no me atrevo a cogerla de la mano, pero no puedo dejar de mirar sus ojos negros. Saltamos el cartelito que dice “prohibido pisar el césped” y nos sentamos en la hierba. Empezamos a hablar a la vez, reímos y callamos. Me quita el aliento al taladrarme con esas dos ventanas color miel que dan a su alma.
-¿En que piensas?
-En nada.
Callamos, ella contrariada, yo cohibido. Respiro.
-En que me encanta el color de tus ojos.
-¿En que piensas?
-En nada.
Callamos, ella contrariada, yo cohibido. Respiro.
-En que me encanta el color de tus ojos.
domingo, 27 de enero de 2008
El ladrón de cosas bonitas
El sisear del aire rompió el silencio, y tras una canción silbada a media voz al entrar por la ventana a medio abrir devolvió el silencio a la casa. Nada más.
- Se que estás ahí- dijo tapándose con la sábana hasta la nariz.- Te he visto y no me das miedo.
La niña que soplaría seis velas en un par de meses temblaba bajo las sábanas de avioncitos estampados. Había algo o alguien en su habitación. Encendió la luz de su mesita y la figura de un muchacho espigado y delgado se pudo adivinar detrás de un enorme osazo, bien merecedor de ese nombre, de peluche. Lucía una brillante media melena de pelo liso y negro, cubierta por un raro sombrero con una pluma de un brillante azul oscuro. Por lo demás su ropa se podía definir como cualquier cosa menos normal, a medio camino entre un disfraz de mimo, un uniforme o un traje antiguo. El joven, un poco contrariado, salió de su peludo parapeto, se alisó la estrafalaria ropa con la que iba ataviado y se aclaró la garganta.
- Vaya, vaya. Así que me has visto y no te doy miedo, ¿eh?... que niña tan valiente... bien, pues ya que me has visto a mí y yo te he visto a ti, la etiqueta marca que nos presentemos.- hizo una intrincada y rocambolesca reverencia quitándose el sombrero e inclinándose tanto que las puntas de su pelo llegaron a rozar el suelo.- Mi nombre es Lucio Alberto Guillermo Osvaldo de Risatriste, mago, piloto, camarero ocasional y ladrón de cosas bonitas. Y vuestro nombre es...
Su voz sonaba dulce y acompasada como una de esas melodías que no te dejan moverte hasta que acaban. La niña le miraba boquiabierta, sin saber si entregarse por completo a la risa o al asombro, o reírse asombrada, que parecía la opción más cabal.
- Me llamo Marga... ¿De verdad eres un ladrón? ¿Me repites tu nombre? ¿Qué haces aquí?
- Bien doncella Marga, en respuesta a vuestra pregunta os diré que si, efectivamente soy un ladrón, pero no te creas que un vulgar ladrón de dinero, no. Uno como nunca has visto, uno de cosas bonitas- hablaba con orgullo, con la convicción de que, sin duda, era digno de admiración por su profesión.- En cuanto a mi nombre, los que han hablado conmigo más de dos veces me llaman por las iniciales, LAGO, y si gustáis, podéis llamarme así también.
Avanzó un poco hacia la cama. La capa negra con la que cubría sus hombros parecía fluir, fluctuar y arremolinarse sobre si misma, como con pequeñas olas en la superficie de un estanque. E inmediatamente cautivó toda la atención de la pequeña.
- ¡Hala!... ¿que es eso?
- ¿Esto?- levantó una de las esquina de la capa, que ondeó al ser levantada, con unos dedos largos y finos como lápices.- esto es mi capa de sombras. Es así como entro en las casas y me oculto de la gente. Cuando me la pongo puedo viajar desde una sombra a otra, esté donde esté y además, la gente no puede verme.
La niña estaba fascinada acariciando la capa. Podía hundir sus manitas en el tejido como si fuera agua, pero no se derramaba, ni estaba húmeda al tacto.
- Y bueno.- continuó LAGO garraspeando.- también se hacer otras cosas divertidas, mira.
Tarareando una melodía circense, escogió tres objetos de las estanterías y la mesa de Marga, un pequeño joyero, una goma de borrar y a su hámster, para acto seguido, comenzar a hacer malabares con ellos. Marga reía las payasadas de su extraño visitante, quien ahora se había puesto al hámster en la cabeza mientras hacía malabares con una sola mano con las otras dos cosas. Cuando se cansó, colocó todo en su sitio y comenzó a hacer volteretas alrededor de la cama. Marga aplaudía al ritmo de la canción que Lago iba cantando. Después de un buen rato paró su número de saltinbanki.
- Todavía no me has dicho para que has venido.- Puso su cara de hacer pucheros y conseguir gominolas.- ni por que robas cosas bonitas.
La sonrisa de LAGO desapareció de su rostro y se dejó caer a los pies de la cama, en paralelo a la almohada con las manos entrelazadas detrás de la nuca.
- Verás doncella Marga.- la melodía de su voz derivaba a una elegía sin nombre, conmovedora, arrasada de soledad.- una vez tuve algo, a alguien...
- ¿Se marchó?- se había sentado, cruzada de piernas y ahora lo miraba. Veía la tristeza nadar en sus pupilas, salpicando lágrimas en cada zambullida.
- Me la quitaron.- fue toda la respuesta.- Por eso solo robo cosas bonitas, cosas que me recuerdan a ella. Para no olvidarla, para que no desaparezca del todo... ¿Sabes? Tú te pareces un poco a ella.
La niña dio un salto echándose para atrás, visiblemente asustada.
- No irás a robarme a mí, ¿verdad?
LAGO la miró un momento perplejo, apoyado sobre un codo y después se rió a carcajadas echando la cabeza hacia atrás, con una risa que refrescó la música de su garganta, y ¿por que no? aligeró el peso de su alma.
- No doncella Marga, no voy a llevarte conmigo.- y volvió a reír ante el suspirito de alivio de la pequeña.
Siguieron hablando toda la noche, cantando, bailando un vals improvisado en el que Marga tenía que subirse a los pies de LAGO, pisando las punteras de sus botas, dando vueltas hasta marearse. Lago le contó todo lo que había visto en sus andanzas y Marga le relató todo lo que inventaría para él, si algún día volvía.
El sol empezó su rutinaria búsqueda de algo que no encontraría, como cada uno de los otros días. LAGO miró por la ventana y con una sonrisa que decía adiós se acercó a la niña, que intuyendo lo que pasaría entonces solo se limitó a asentir. LAGO suspiró.
- Que niña tan valiente.- y dándola un beso en la frente se dirigió hacia un rincón donde no se atrevía a llegar la luz de la lamparita, avanzó como si no hubiera pared, sumergiéndose en la sombra.
- ¡Espera! - gritó Marga.- Si eres un ladrón, ¿por qué no te llevas nada?
- Claro que me lo llevo, doncella Marga.- Se ajustó bien el sombrero que había dejado en una silla cuando se tocó con el hámster.
- ¿Qué te has llevado? No me falta nada.
LAGO bajó la cabeza y acabó por desaparecer por completo en las sombras. Unos acordes disfrazados de palabras resonaron en la habitación.
"El recuerdo de esta noche"
- Se que estás ahí- dijo tapándose con la sábana hasta la nariz.- Te he visto y no me das miedo.
La niña que soplaría seis velas en un par de meses temblaba bajo las sábanas de avioncitos estampados. Había algo o alguien en su habitación. Encendió la luz de su mesita y la figura de un muchacho espigado y delgado se pudo adivinar detrás de un enorme osazo, bien merecedor de ese nombre, de peluche. Lucía una brillante media melena de pelo liso y negro, cubierta por un raro sombrero con una pluma de un brillante azul oscuro. Por lo demás su ropa se podía definir como cualquier cosa menos normal, a medio camino entre un disfraz de mimo, un uniforme o un traje antiguo. El joven, un poco contrariado, salió de su peludo parapeto, se alisó la estrafalaria ropa con la que iba ataviado y se aclaró la garganta.
- Vaya, vaya. Así que me has visto y no te doy miedo, ¿eh?... que niña tan valiente... bien, pues ya que me has visto a mí y yo te he visto a ti, la etiqueta marca que nos presentemos.- hizo una intrincada y rocambolesca reverencia quitándose el sombrero e inclinándose tanto que las puntas de su pelo llegaron a rozar el suelo.- Mi nombre es Lucio Alberto Guillermo Osvaldo de Risatriste, mago, piloto, camarero ocasional y ladrón de cosas bonitas. Y vuestro nombre es...
Su voz sonaba dulce y acompasada como una de esas melodías que no te dejan moverte hasta que acaban. La niña le miraba boquiabierta, sin saber si entregarse por completo a la risa o al asombro, o reírse asombrada, que parecía la opción más cabal.
- Me llamo Marga... ¿De verdad eres un ladrón? ¿Me repites tu nombre? ¿Qué haces aquí?
- Bien doncella Marga, en respuesta a vuestra pregunta os diré que si, efectivamente soy un ladrón, pero no te creas que un vulgar ladrón de dinero, no. Uno como nunca has visto, uno de cosas bonitas- hablaba con orgullo, con la convicción de que, sin duda, era digno de admiración por su profesión.- En cuanto a mi nombre, los que han hablado conmigo más de dos veces me llaman por las iniciales, LAGO, y si gustáis, podéis llamarme así también.
Avanzó un poco hacia la cama. La capa negra con la que cubría sus hombros parecía fluir, fluctuar y arremolinarse sobre si misma, como con pequeñas olas en la superficie de un estanque. E inmediatamente cautivó toda la atención de la pequeña.
- ¡Hala!... ¿que es eso?
- ¿Esto?- levantó una de las esquina de la capa, que ondeó al ser levantada, con unos dedos largos y finos como lápices.- esto es mi capa de sombras. Es así como entro en las casas y me oculto de la gente. Cuando me la pongo puedo viajar desde una sombra a otra, esté donde esté y además, la gente no puede verme.
La niña estaba fascinada acariciando la capa. Podía hundir sus manitas en el tejido como si fuera agua, pero no se derramaba, ni estaba húmeda al tacto.
- Y bueno.- continuó LAGO garraspeando.- también se hacer otras cosas divertidas, mira.
Tarareando una melodía circense, escogió tres objetos de las estanterías y la mesa de Marga, un pequeño joyero, una goma de borrar y a su hámster, para acto seguido, comenzar a hacer malabares con ellos. Marga reía las payasadas de su extraño visitante, quien ahora se había puesto al hámster en la cabeza mientras hacía malabares con una sola mano con las otras dos cosas. Cuando se cansó, colocó todo en su sitio y comenzó a hacer volteretas alrededor de la cama. Marga aplaudía al ritmo de la canción que Lago iba cantando. Después de un buen rato paró su número de saltinbanki.
- Todavía no me has dicho para que has venido.- Puso su cara de hacer pucheros y conseguir gominolas.- ni por que robas cosas bonitas.
La sonrisa de LAGO desapareció de su rostro y se dejó caer a los pies de la cama, en paralelo a la almohada con las manos entrelazadas detrás de la nuca.
- Verás doncella Marga.- la melodía de su voz derivaba a una elegía sin nombre, conmovedora, arrasada de soledad.- una vez tuve algo, a alguien...
- ¿Se marchó?- se había sentado, cruzada de piernas y ahora lo miraba. Veía la tristeza nadar en sus pupilas, salpicando lágrimas en cada zambullida.
- Me la quitaron.- fue toda la respuesta.- Por eso solo robo cosas bonitas, cosas que me recuerdan a ella. Para no olvidarla, para que no desaparezca del todo... ¿Sabes? Tú te pareces un poco a ella.
La niña dio un salto echándose para atrás, visiblemente asustada.
- No irás a robarme a mí, ¿verdad?
LAGO la miró un momento perplejo, apoyado sobre un codo y después se rió a carcajadas echando la cabeza hacia atrás, con una risa que refrescó la música de su garganta, y ¿por que no? aligeró el peso de su alma.
- No doncella Marga, no voy a llevarte conmigo.- y volvió a reír ante el suspirito de alivio de la pequeña.
Siguieron hablando toda la noche, cantando, bailando un vals improvisado en el que Marga tenía que subirse a los pies de LAGO, pisando las punteras de sus botas, dando vueltas hasta marearse. Lago le contó todo lo que había visto en sus andanzas y Marga le relató todo lo que inventaría para él, si algún día volvía.
El sol empezó su rutinaria búsqueda de algo que no encontraría, como cada uno de los otros días. LAGO miró por la ventana y con una sonrisa que decía adiós se acercó a la niña, que intuyendo lo que pasaría entonces solo se limitó a asentir. LAGO suspiró.
- Que niña tan valiente.- y dándola un beso en la frente se dirigió hacia un rincón donde no se atrevía a llegar la luz de la lamparita, avanzó como si no hubiera pared, sumergiéndose en la sombra.
- ¡Espera! - gritó Marga.- Si eres un ladrón, ¿por qué no te llevas nada?
- Claro que me lo llevo, doncella Marga.- Se ajustó bien el sombrero que había dejado en una silla cuando se tocó con el hámster.
- ¿Qué te has llevado? No me falta nada.
LAGO bajó la cabeza y acabó por desaparecer por completo en las sombras. Unos acordes disfrazados de palabras resonaron en la habitación.
"El recuerdo de esta noche"
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