domingo, 9 de marzo de 2008

Incertidumbre (o de cómo Beethoven perdió su mala suerte)

El muchacho entró en el bar intentado ver algo por encima de las cabezas de la gente. A empujones logró llegar hasta la barra. Puso toda su voz y su empeño en pedir dos cervezas, pero por lo visto, él era una de esas personas con la curiosa capacidad de colocarse en el punto de la barra que ningún camarero tiene asignado. Cuando por fin se hizo escuchar la chica detrás de la barra lo miró con extrañeza.

- Dos cervezas, ¿Para tí solo?
- Pero si no he venido solo, estoy con mi mala suer...- Se giró para mirar a su alrededor.- ¿Dónde está? No puede haberse esfumado así como así.

Y entonces te oyó decir.

-No me gusta la cerveza, pero pero si quieres puedo quedarme contigo.

(No fue exactamente así, pero lo que cuenta es el recuerdo ¿No?)

y hoy... hoy me siento un poco idiota

miércoles, 5 de marzo de 2008

Soy el mendigo que sólo acepta sueños (el esgrimista)

- Soy el mendigo que sólo acepta sueños.
- Me parece muy bien señor, pero o se marcha de mi puerta o llamaré a la policía.

Julián se encontró con el mismo espectáculo de todos los días a la puerta de la academia de esgrima. El fardo de ropa bajo el que se adivinaba una persona había vuelto a bloquear las escaleras de acceso, y como cada día, el encargado de turno le echaba de allí.

Entró sin saludar a nadie, como siempre, o mejor dicho, no hubo nadie que le hablara para poder devolverle el saludo. En los vestuarios se cambió en silencio, sin levantar la mirada hacia el resto de muchachos de su grupo, que le lanzaban envenenadas miradas de soslayo.

Era un chico moreno, de piel pálida. Delgado aunque bastante fibroso. Los años de disciplina marcial y manejo de la espada habían conferido a su cuerpo una resistencia, fuerza y agilidad superior a los de cualquier deportista de élite. Pero aún así se negaba a participar en los torneos y campeonatos, a pesar de ser el mejor espadachín de toda la ciudad, puede, que del país. Se había apuntado al primer curso de esgrima para conocer gente, superar su timidez y tal vez, aumentar su autoestima. Pero de nada había valido. Su superioridad técnica le había valido el rencor de todo contra el que cruzaba los sables de entrenamiento, lo que confundía a Julián aún más. ¿Por qué lo odiaban, si todo lo que hacía era mejorar? ¿No se suponía que era para eso para lo que acudían a entrenar?

Una vez en la sala de entrenamiento comprobó con fastidio quien sería el instructor de aquella tarde. Matías, uno de los raros casos en los que los alumnos se convertían en maestros, pero con todo y con eso, inferior a Julián. En cuanto sus miradas se cruzaron, ambos supieron cual sería el ejercicio que realizarían.

- Julián, ¿Cuánto tiempo llevas practicando esgrima?- le interpeló el instructor.
- Diez años, la mitad de mi vida.
- Entonces coincidirás conmigo en que no sería justo para los menos experimentados enfrentarse cara a cara a ti.
- Es verdad. No sería justo ni siquiera para ti. –Sonrió mientras se ponía el visor protector.- ¿Cuántos a la vez?
- Cinco. –contestó Matías apretando los dientes.– Contándome a mí.

Julián se colocó en el centro de la sala, mientras Matías y otros cuatro de los más avanzados tomaban posiciones a su espalda y a sus flancos, en tensión, listos para atacar. Y ese era su error. Según concebía Julián la esgrima, no se trataba de la tensión o la fuerza, si no de fluir, de ser las ondas que levanta una piedra al caer en un lago. La piedra se hundiría pero las ondas se convertían en olas.

Iniciaron el movimiento a un gesto de Matías, pero dos de ellos se adelantaron. Con la suavidad de una brisa paró la estocada del primero y trabó el sable del asaltante contra el que se le acercaba por detrás. Girando sobre sí mismo, siguiendo la corriente de movimientos que se había desatado, golpeó en la rodilla al que quedaba a su espalda y en las costillas al hombre de su izquierda con el mismo tajo de la espada embotada. Con dos gráciles pasos llegó hasta Matías. Fintó un ataque que de haberle acertado le habría partido el cuello. Golpe lateral al codo, estocada al hombro y descendente a la muñeca.

Se escuchó un crujido que detuvo a todo en seco. Matías, desarmado y con la muñeca posiblemente rota, se quitó el visor y se sujetó la mano derecha sollozando.

- ¡Estás loco! – Le gritó el instructor mordiéndose las lágrimas. – Haré que te expulsen por esto.

Julián estaba confuso. No sabía bien como actuar. Ninguno de esos cinco tendría ningún problema en partirle las costillas de un tajo, pero la derrota les dolía más que los golpes.

- Lo siento.- Musitó.

Los alumnos se marcharon de inmediato, para acompañar a Matías a urgencias. Julián se quedó solo de nuevo. No quería llorar. Se dijo que no debía llorar. Pero lloró. Bajo el visor notó como se le empapaban las mejillas. No seas la roca, se las ondas, se decía una y otra vez. Respira, fluye, se las ondas. Para intentar tranquilizarse y conjurar el dolor empezó a repetir las catas más básicas, subiendo de complejidad poco a poco. Se liberó del visor y de la pechera abotonada de cuero negro. Disfrutó de la sensación que dejaba sobre su piel el aire que desplazaba su cuerpo. Por fin su respiración, sus movimientos y su mente caminaban en la misma dirección. Por fin fluía.

- Es hermoso.

Una voz al fondo de la sala rompió su concentración. Se volvió en posición de guardia de manera instintiva. Un joven de pelo negro, vestido con una estrafalaria mezcla de ropajes le miraba sin perder detalle.

- ¿Quién eres? – Preguntó Julián sin bajar la espada.- ¿Cómo has entrado?

El extraño chico dobló una capa negra y la posó en el suelo, junto a un viejo paraguas pardo.
- He entrado por la puerta, pero no me ha visto nadie. Llevo aquí desde que empezasteis a entrenar. Fue hermoso.
- ¿El qué? –Contestó con sarcasmo. Le había parecido reconocer en la voz del muchacho al mendigo de la puerta, aunque no estaba seguro- ¿Cómo le partí la muñeca?
- No –Replicó con calma.- Cómo danzabas
- No era danza, era un combate
- ¿Cuál es la diferencia? Ellos estaban descompasados, pero tú te adaptabas a sus movimientos. Tu cuerpo respondía a los suyos con una precisión casi coreográfica. Disfruté viéndote, y ahora cuando practicabas solo, observé que tu también lo notabas, como si todo a tu alrededor se pausara y se detuviera.

Julián ya no tenía ninguna duda. Bajo los andrajos del mendigo se ocultaba aquel chico, pero había algo en su voz, que le hacía pensar que no cabía en sus palabras ni un atisbo de mentira, algo en sus ademanes que le traía a la mente el recuerdo de algo regio y mágico que no acababa de atrapar del todo.

- Quiero que me enseñes a danzar como tú.- dijo de repente el muchacho moreno.

Julián tardó en reaccionar. Recogió la pechera y mientras negaba con la cabeza comenzó a hablar.

- Es imposible. Para llegar a mi nivel tardarías años, y no se si soy la persona más indicada para enseñarte. Y sólo tengo una espada. Aunque quisiera no podría.
- Pero yo aprendo deprisa.- con una sonrisa blandió el viejo paraguas como si fuera un florete.- y tengo mi propia espada
- ¡Si eso no es más que un para… -Antes de acabar la palabra la superficie del paraguas se deshizo, cayendo a la tarima como una lluvia de arena y dejando ver su verdadera forma: una reluciente espada de cristal negro.- ¿¡Cómo lo has hecho?! ¡Es preciosa! ¿De dónde la has sacado?
- La robé. –La expresión de su rostro cambió unos instantes.- Negra y brillante, como su melena.

Casi sin ser consciente cargó contra el desconocido. Se concentró en acosar en los puntos donde había más presión. La roca se hunde. Pero sin perder la sonrisa el vagabundo comenzó a parar sus golpes de forma diferente, acompañando el movimiento, dejando que la fuerza se diluyera. Las ondas se hacen olas. Combatieron durante horas, a lo largo de toda la sala. Hasta que estuvieron tan igualados que el vencedor resultó ser el cansancio.

Se dejaron caer en la tarima extenuados.

- Nunca había luchado contra nadie a este nivel.- dijo Julián en cuanto pudo hablar.- Tú ya sabías esgrima.
- Es posible. –Resopló el otro joven.- Pero necesitaba que alguien me recordara que era capaz de ello.
- ¿Cuál es tu nombre?
- Lago. Son las iniciales de un larguísimo nombre compuesto, pero me gusta más así.
- ¿Qué eres?
- No lo recuerdo. Puedo hacer cosas con las que vosotros sólo soñáis. Pero no soy capaz de recordar quien o que soy. Hasta ahora me bastaba con ir consiguiendo objetos que me recordasen a ella.
- ¿A quién?
- No lo sé. Sólo tengo su imagen. Intuyo que es importante, pero logró encontrar en mi mente el porqué. Pero ahora quiero averiguarlo. Por eso te necesitaba. A veces siento cosas que no pertenecen a este mundo. Y voy a enfrentarme a ellas.
- Estoy empezando a pensar que Matías logró golpearme primero y que ahora mismo estoy inconsciente y soñando todo esto.

Lago sonrío y se puso en pie. Le tendió una mano para ayudarlo a levantarse.

- Te puedo asegurar que soy tan real como tú. Pero no se a que nivel.- Julián aceptó la ayuda de Lago. Los dos quedaron frente a frente.- Necesito que vengas conmigo. No tengo razones ni argumentos, sólo la imperiosa necesidad de que me ayudes.
- Yo… -Julián pensó un instante. No tenía dudas en cuanto a que era una locura. Pero tampoco las tenía sobre lo que deseaba hacer.- Iré.

Una sonrisa más amplia que nunca recorrió el rostro de Lago. La espada volvía a ser un paraguas. El muchacho se agachó para recoger su capa.

- Prepárate. Tenemos que ir a visitar a una vieja amiga.
- ¿Cómo se llama?
- Marga.

domingo, 2 de marzo de 2008

PARA ELiSA (Beethoven perdido en la noche)

Ni yo soy sordo ni tú polaca, pero que se le va a hacer, las reencarnaciones son caprichosas. Cuando salí el sábado con una nube de mala suerte tronando y descargando sobre mi cabeza no esperaba encontrarme gran cosa. Tal vez lo de siempre, y por el curso de la noche tenía visos de ser así. Pero quiso la casualidad (caprichosa igual que las reencarnaciones) que me cruzara con la persona adecuada en el momento adecuado y que nos pusieramos de acuerdo para ir a visitar a un impresentable proyecto de administrador y director de empresas -y mejor persona- a la antigua cervecería.
Y una vez allí me encuentro con la ligera sensación de que tal vez (remotamente, como mucho) mi suerte cambie. En esta ocasión, ya que más de una casualidad por noche sería demasiado, recurro a la picaresca. Me presento, te presentas... y me quedo en blanco.
Hay silencios que lo dicen todo, pero me temo que no era nuestro caso. De todos modos, la conversación va saliendo -con menos fluidez de la que se me presupone en un primer momento- y tras mucho negociar llegamos a un pacto. Yo escribo esto, y tú a cambio... tú a cambio... bueno, parecer ser que es cierto eso que decías acerca de la incertidumbre.

viernes, 15 de febrero de 2008

Cuando clavas tu pupila en mi pupila

Llego tarde al bar, pero se que sus ojos azules me van a estar esperando en la mesa del fondo. Me siento en la silla frente ella, que tuerce la boca enfadada mientras el marrón de sus ojos ríe. Nos reímos los dos. Pido una infusión, color avellana, como el iris que abraza su pupila. Hablamos durante horas, la infusión se enfría y cada vez que su mirada verde se posa en la mía me da un vuelco al corazón. Cerramos el bar y las estrellas arrancan un destello violeta en sus ojos. Paseamos, no me atrevo a cogerla de la mano, pero no puedo dejar de mirar sus ojos negros. Saltamos el cartelito que dice “prohibido pisar el césped” y nos sentamos en la hierba. Empezamos a hablar a la vez, reímos y callamos. Me quita el aliento al taladrarme con esas dos ventanas color miel que dan a su alma.
-¿En que piensas?
-En nada.
Callamos, ella contrariada, yo cohibido. Respiro.
-En que me encanta el color de tus ojos.

domingo, 27 de enero de 2008

El ladrón de cosas bonitas

El sisear del aire rompió el silencio, y tras una canción silbada a media voz al entrar por la ventana a medio abrir devolvió el silencio a la casa. Nada más.

- Se que estás ahí- dijo tapándose con la sábana hasta la nariz.- Te he visto y no me das miedo.

La niña que soplaría seis velas en un par de meses temblaba bajo las sábanas de avioncitos estampados. Había algo o alguien en su habitación. Encendió la luz de su mesita y la figura de un muchacho espigado y delgado se pudo adivinar detrás de un enorme osazo, bien merecedor de ese nombre, de peluche. Lucía una brillante media melena de pelo liso y negro, cubierta por un raro sombrero con una pluma de un brillante azul oscuro. Por lo demás su ropa se podía definir como cualquier cosa menos normal, a medio camino entre un disfraz de mimo, un uniforme o un traje antiguo. El joven, un poco contrariado, salió de su peludo parapeto, se alisó la estrafalaria ropa con la que iba ataviado y se aclaró la garganta.

- Vaya, vaya. Así que me has visto y no te doy miedo, ¿eh?... que niña tan valiente... bien, pues ya que me has visto a mí y yo te he visto a ti, la etiqueta marca que nos presentemos.- hizo una intrincada y rocambolesca reverencia quitándose el sombrero e inclinándose tanto que las puntas de su pelo llegaron a rozar el suelo.- Mi nombre es Lucio Alberto Guillermo Osvaldo de Risatriste, mago, piloto, camarero ocasional y ladrón de cosas bonitas. Y vuestro nombre es...

Su voz sonaba dulce y acompasada como una de esas melodías que no te dejan moverte hasta que acaban. La niña le miraba boquiabierta, sin saber si entregarse por completo a la risa o al asombro, o reírse asombrada, que parecía la opción más cabal.

- Me llamo Marga... ¿De verdad eres un ladrón? ¿Me repites tu nombre? ¿Qué haces aquí?

- Bien doncella Marga, en respuesta a vuestra pregunta os diré que si, efectivamente soy un ladrón, pero no te creas que un vulgar ladrón de dinero, no. Uno como nunca has visto, uno de cosas bonitas- hablaba con orgullo, con la convicción de que, sin duda, era digno de admiración por su profesión.- En cuanto a mi nombre, los que han hablado conmigo más de dos veces me llaman por las iniciales, LAGO, y si gustáis, podéis llamarme así también.

Avanzó un poco hacia la cama. La capa negra con la que cubría sus hombros parecía fluir, fluctuar y arremolinarse sobre si misma, como con pequeñas olas en la superficie de un estanque. E inmediatamente cautivó toda la atención de la pequeña.

- ¡Hala!... ¿que es eso?

- ¿Esto?- levantó una de las esquina de la capa, que ondeó al ser levantada, con unos dedos largos y finos como lápices.- esto es mi capa de sombras. Es así como entro en las casas y me oculto de la gente. Cuando me la pongo puedo viajar desde una sombra a otra, esté donde esté y además, la gente no puede verme.

La niña estaba fascinada acariciando la capa. Podía hundir sus manitas en el tejido como si fuera agua, pero no se derramaba, ni estaba húmeda al tacto.

- Y bueno.- continuó LAGO garraspeando.- también se hacer otras cosas divertidas, mira.

Tarareando una melodía circense, escogió tres objetos de las estanterías y la mesa de Marga, un pequeño joyero, una goma de borrar y a su hámster, para acto seguido, comenzar a hacer malabares con ellos. Marga reía las payasadas de su extraño visitante, quien ahora se había puesto al hámster en la cabeza mientras hacía malabares con una sola mano con las otras dos cosas. Cuando se cansó, colocó todo en su sitio y comenzó a hacer volteretas alrededor de la cama. Marga aplaudía al ritmo de la canción que Lago iba cantando. Después de un buen rato paró su número de saltinbanki.

- Todavía no me has dicho para que has venido.- Puso su cara de hacer pucheros y conseguir gominolas.- ni por que robas cosas bonitas.

La sonrisa de LAGO desapareció de su rostro y se dejó caer a los pies de la cama, en paralelo a la almohada con las manos entrelazadas detrás de la nuca.

- Verás doncella Marga.- la melodía de su voz derivaba a una elegía sin nombre, conmovedora, arrasada de soledad.- una vez tuve algo, a alguien...

- ¿Se marchó?- se había sentado, cruzada de piernas y ahora lo miraba. Veía la tristeza nadar en sus pupilas, salpicando lágrimas en cada zambullida.

- Me la quitaron.- fue toda la respuesta.- Por eso solo robo cosas bonitas, cosas que me recuerdan a ella. Para no olvidarla, para que no desaparezca del todo... ¿Sabes? Tú te pareces un poco a ella.

La niña dio un salto echándose para atrás, visiblemente asustada.

- No irás a robarme a mí, ¿verdad?

LAGO la miró un momento perplejo, apoyado sobre un codo y después se rió a carcajadas echando la cabeza hacia atrás, con una risa que refrescó la música de su garganta, y ¿por que no? aligeró el peso de su alma.

- No doncella Marga, no voy a llevarte conmigo.- y volvió a reír ante el suspirito de alivio de la pequeña.

Siguieron hablando toda la noche, cantando, bailando un vals improvisado en el que Marga tenía que subirse a los pies de LAGO, pisando las punteras de sus botas, dando vueltas hasta marearse. Lago le contó todo lo que había visto en sus andanzas y Marga le relató todo lo que inventaría para él, si algún día volvía.

El sol empezó su rutinaria búsqueda de algo que no encontraría, como cada uno de los otros días. LAGO miró por la ventana y con una sonrisa que decía adiós se acercó a la niña, que intuyendo lo que pasaría entonces solo se limitó a asentir. LAGO suspiró.

- Que niña tan valiente.- y dándola un beso en la frente se dirigió hacia un rincón donde no se atrevía a llegar la luz de la lamparita, avanzó como si no hubiera pared, sumergiéndose en la sombra.

- ¡Espera! - gritó Marga.- Si eres un ladrón, ¿por qué no te llevas nada?

- Claro que me lo llevo, doncella Marga.- Se ajustó bien el sombrero que había dejado en una silla cuando se tocó con el hámster.

- ¿Qué te has llevado? No me falta nada.

LAGO bajó la cabeza y acabó por desaparecer por completo en las sombras. Unos acordes disfrazados de palabras resonaron en la habitación.

"El recuerdo de esta noche"

domingo, 30 de diciembre de 2007

Esta iba a ser una navidad diferente

Esta iba a ser una navidad diferente. Para empezar no se reduciría a pasar horas interminables, ocupadas en tediosas pérdidas de tiempo como juegos de cartas con la familia y aguantar las estupideces de los actores de la serie de moda en los especiales de televisión. Después de cenar había quedado con sus amigos e irían a un bar que había abierto recientemente, una cervecería celta.

El local estaba escuetamente decorado. Filigranas y nudos recorrían las paredes mientras que las mesas estaban grabadas con símbolos rúnicos y espirales. Algunos días músicos aficionados solían reunirse allí para improvisar melodías con sus flautas, violines y gaitas.

Encontraron una mesa libre al fondo de casualidad, donde pudieron disfrutar de sus cervezas tostadas, espesas y fuertes. El camarero y dueño del local, un hombre joven, con una fina barba y melena pelirroja pidió silencio para dirigirse a los asistentes.

- Es un placer ver a tanta gente en mi casa a pesar de llevar poco tiempo en esta ciudad. -tímidos aplausos- Hay algo que me gustaría compartir con vosotros. Es una historia que siempre recito en estas fechas, como una tradición.- mientras hablaba sacó una flauta de dos mangos de detrás de la barra- Mi familia desciende de un antiguo señor feudal escocés y cada año me gusta recordarle, contando su historia al calor de la buena compañía y disfrutando de una gran jarra de cerveza, como seguro que a él le gustaría.

Se colocó en la tarima que solían usar los músicos y se apoyó en un taburete.

- Mi antepasado heredó a una edad muy temprana sus tierras. Se encontró con mucho trabajo, campesinos descontentos, granjas desatendidas, deudores y vecinos deseosos de invadirle. Pero no se rindió ante el peso de la responsabilidad y luchó con denuedo por ser merecedor de gobernar esas tierras.

Se llevó la flauta a los labios y empezó a tocar. Con la música de cada tubo de la flauta las paredes se disolvieron en humo y dieron paso a los verdes pastos de Escocia, donde se podía ver a un joven pelirrojo montando en un caballo salvaje. Una primera melodía era rápida y violenta, exaltada como los esfuerzos del caballo por librarse del jinete, mientras que la otra era lenta, paciente y obstinada, como la fuerza con la que el muchacho pelirrojo se aferraba a las riendas. No encajaban la una en la otra, fluían, pero no eran la misma. Algunas veces dominaba la rápida, y cuando parecía que iba a absorber a la otra y el jinete a caerse, resurgía de nuevo el ritmo pausado y seguro. Se podía percibir el olor de los terrones de tierra que el animal levantaba con los cascos a cada acometida. Poco a poco ambos ritmos fueron acompasándose, hasta que finalmente, con un resoplido del caballo y unas palmadas en el cuello de la bestia por parte del muchacho, acabaron por unirse.

- Y así se hizo con el respeto del feudo.

Todo el bar estalló en aplausos enfervorizado. Parecía magia. Cada nota, cada compás creaba una imagen alrededor del músico, como si evocara a algún poder antiguo como la tierra o creara esas ilusiones con algún sortilegio.

- El feudo prosperó y un señor vecino le propuso una alianza que debía de concretarse en algo más que un papel. Aquel noble le ofrecía algo más íntimo, a su hija. Mi antepasado se casó con su mujer sin conocerla. Aunque ambos eran jóvenes, y pronto surgió el amor disfrazado de pasión abrasadora.

Las melodías empezaron lentas. En los salones de un gran castillo contemplaron el primer encuentro de los prometidos. Un saludo cortés, una tímida sonrisa ante la mirada atenta del padre de ella. Las melodías se aceleraron un poco. Eran muy similares, pero sin ser idénticas. De vez en cuando una copiaba un acorde de la otra o, en cambio. la segunda repetía las notas de la primera unos compases después. Los muchacho cabalgaban juntos por las tierras comprobando que todo estuviera tal y como ellos disponían. La música aumentó el ritmo, casi frenético, como si el son de cada tubo de la flauta estuviera en tensión, deseoso de acercarse más, de acariciar y unirse al otro. E igual ocurría con la pareja. Las pupilas dilatadas de ella, los músculos en tensión de él, un vestido que deja paso a una sonrosada desnudez, un abrazo ilimitado.

- Y así creó su estirpe.

Ya nadie aplaudió. Todos esperaban que continuara el relato, bebiendo de sus palabras como si fueran más preciosas que el aire.

- Pero como siempre la envidia humana ronda la felicidad ajena, como el lobo a la cría indefensa. Estalló una guerra entre nobles que habría de librar el pueblo. Mi antepasado insistió en liderar él mismo a sus hombres, pues decía que si era a la muerte a donde les mandaba, no quería estar vivo cuando sus fantasmas vinieran a atormentarlo.

La niebla lo invadió todo. Los guerreros avanzaban entre los árboles con las espadas desenvainadas. De improviso la flauta cambió de melodía y de la niebla surgieron más hombres, con los rostros pintados de azul. Cada nota aguda era una estocada, cada grave una parada, cada acorde una carrera, una maniobra, y en el otro tubo de la flauta una melodía por encima de todo lo demás, la voz del hombre pelirrojo, vestido para la guerra, dando órdenes a sus soldados. La escaramuza perdió intensidad y otros compases comenzaron a sonar. Viles, antagónicos. El otro señor feudal también había venido, y con un grito de carga del guerrero pelirrojo acabó la canción.

En el bar no quedaba rastro de la batalla, ni del bosque, ni de la niebla, sólo un montón de gente boquiabierta, que no acababa de creer que la historia acabase así. Pasaron unos minutos hasta que alguien en el fondo preguntara.

- ¿Qué pasó después de aquello?
- Nadie lo sabe, sólo desapareció. Algunos dicen que murió matando, otros creen que venció, pero que en la lucha se golpeó la cabeza, perdió la memoria y que vago por el bosque hasta que falleció de frío o por las heridas de la batalla. Otros apuntan a que al vencer consiguió un poder tan grande que alcanzó la inmortalidad sin desearla, que vio morir y marchitarse todo cuanto amaba y que ahora vaga por el mundo. Pero son solo leyendas. De aquella batalla no quedó ningún registro. Su mujer se hizo cargo de las tierras hasta que pudo hacerlo su hijo y de generación en generación en mi familia se ha contado esta historia.

La recaudación de aquella noche fue espectacular. La gente bebió hasta quedar saciados y se brindó a la salud del camarero y a la memoria de su antepasado. Tras unas horas llegó la hora de cierre y todo el mundo volvió a sus casas, sabedores de que nada más quedaba por ver esa noche.

Un hombre, el mismo que había preguntado al término de la historia, se acercó a la barra del bar ya vacío. Lucía una espesa barba pelirroja y su mirada denotaba haberlo visto todo.

- He escuchado la misma historia durante casi mil años, y de todos mis descendientes, tu eres el que mejor la cuenta.
- Gracias Abuelo.

miércoles, 19 de diciembre de 2007

No me gustan nada las cosas nuevas

-No me gustan nada las cosas nuevas. Y menos las que escribes tu.
-Vamos ¡Es el escándalo más grande ocurrido en la ciudad en años!
-¡Pero no tienes nada! Sólo a un grupo de excéntricos con pasta que han creado uno de esos estúpidos clubes elitistas y que ahora se las dan de expertos ocultistas y guardianes de lo desconocido. Lo único escandaloso ahí es cómo el destino ha permitido a semejante panda de locos enriquecerse. ¡Y no pienso publicar eso en mi periódico!
- Dame una noche, por favor. He conseguido infiltrarme en la organización, llevo un mes ganándome su confianza para descubrir que relación tienen ellos con el cadáver de la chica que murió este verano. Siempre andan haciendo alusión a algo importante que hacen una vez al mes, pero que aún no me han confiado. Piénsalo ¿Qué puede querer un tipo que lo tiene todo? Si a eso le sumamos la fascinación que tienen por los rituales y todo lo que suene, aunque sea de lejos, a arcano o mágico… ¡Joder! ¡Es la oportunidad de nuestras vidas de descubrir algo gordo!
-¡Te he dicho que no! ¿No crees que la policía ya habría indagado sobre ellos? Además, si te descubren es posible que nos demanden, y el periódico no tiene tanta pasta. Pasta que por cierto nos pagan algunas de sus empresas por la publicidad, aunque fuera cierto ¡Nos arruinaríamos igualmente!
-¡Entonces lo publicaré por mi cuenta!
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La luz de las farolas de gas se reflejaba en la placa de la entrada y hacía fulgurar sus letras “Club del Suricato: un club exclusivo para gente exclusiva. Reservado el derecho de Admisión”.
El hombre joven traspasó el umbral que le franqueaba el portero y una vez en el recibidor le tendió el abrigo a uno de los mayordomos. De ahí pasó a uno de los salones de lectura, donde varios socios le esperaban.

-Bienvenido señor McGuiness. ¿Desea tomar algo?
-Un poco de whisky, gracias.
-Excelente, haré que se lo sirvan.
-Muy amable senador Von Karhaell.

A un gesto del senador un camarero se acercó con una bandeja y las bebidas que los caballeros habían ordenado. Presidían aquella sala un par de cuadros con los retratos de los miembros fundadores, Samuel Smith y Martin L. Ruettiger, a quienes, pese al desconocimiento absoluto de quienes fueron, todos los miembros profesaban una gran admiración.

-Fueron grandes hombres.- Comentó distraído Von Karhaell.- Hoy tenemos preparado algo especial y me gustaría contar con su compañía Ethan.
-¿De qué se trata, senador?
-Es una sorpresa, pero no tendrá que esperar mucho. El espectáculo comenzará las doce. Confío en que sepa apreciar la deferencia que tenemos con usted, nunca un miembro tan reciente es invitado.

Ethan McGuiness sólo asintió levemente. El tiempo pasó mientras departían acerca de la bolsa, coches de lujo o el partido de cricket del domingo. Finalmente llegó la medianoche. Todos los invitados al evento, los únicos que habían permanecido en el club hasta tan tarde, pasaron a uno de los salones privados donde esperaba un hombre de color apenas vestido con un taparrabos, con casi todo el cuerpo cubierto con pinturas tribales y extraños amuletos de cuentas y huesecillos.
Con pocas palabras y mucho orgullo Von Karhaell presentó al hombre como un chamán traído de lo más profundo de los pantanos de Nueva Orleáns, experto en espiritismo y avezado en el arte de hablar con los que ya se fueron. Tras la breve introducción el supuesto hechicero comenzó el ritual para convocar un espíritu y comunicarse con él. Gritos, convulsiones, voces en falsete, danzas frenéticas y entre tanto los socios del club del Suricato se regocijaban de su propia morbosidad y decadencia. Parecía mentira, pensaba McGuiness, que no se dieran cuenta de que acababan de timarles, y seguramente no poco dinero. Su jefe tenía razón, sólo eran una pandilla de locos y crédulos con mucho dinero para gastar, pero nada más. Esa misma noche abandonaría la identidad falsa, la tapadera y la investigación.
Todo terminó cuando el chamán le arrancó la cabeza a un pollo de un mordisco. Los socios salieron ordenadamente de la sala mientras Von Karhaell extendía un cheque para el brujo y los mayordomos limpiaban los restos del ritual.
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Cuando McGuiness abandonó el edificio cuatro socios se acercaron al senador y juntos se trasladaron a la biblioteca de los socios señor, cerraron desde dentro y accionaron el interruptor que abría el paso a una pequeña sala secreta excavada en los cimientos del edificio. Allí una figura encapuchada el esperaba sentada en un trono de mármol.
-Teníais razón, McGuiness era un periodista infiltrado.
- El Gran Cthulhu lo dijo y el Gran Cthulhu nunca falla. Ahora habréis de devolver el favor. Buscad las piedras de Sildhenar y entregádnoslas. Fallad al gran Cthulhu y… Bueno, más os vale no fallar.

miércoles, 21 de noviembre de 2007

A bordo del Viento del Cambio

Recojo el guante con el que Scry (http://scryscript.wordpress.com/2007/11/20/camino-al-puerto/) me pega y acepto su desafío, en parte por que se lo prometí, en parte por que la frase me lo pide a gritos. Pequeña, aquí está mi historia.

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El pirata se apartó para dejar que Mharie se incorporara a la tripulación.

Se sentía extraña. Estaba en medio de la cubierta mientras los piratas llegaban. Sabía que eran piratas por que el libro así lo aseguraba, pero por su aspecto nadie podría decirlo a ciencia cierta. Un joven vestía de mimo, con la cara pintada representando un gesto triste congelado en el tiempo. Una gitana sostenía una bola de cristal dentro de la que se arremolinaban volutas de humo. un hombre trajeado consultaba algo en su agenda digital. Un chico vestido con oscuros ropajes orientales pese a sus rasgos mediterráneos, la miraba intensamente con una sonrisa en la cara. El pelo negro le caía sobre lo ojos verdes. El hombre que le había franqueado la entrada llegó junto a ella. Con voz fuerte comenzó a hablar:

-¡Avisad al capitán!¡Ha llegado una nueva tripulante!

Tras unos segundos de actividad todo los marineros estaban de pie, en círculo alrededor de Mharie. Alguien carraspeó detras del muro de personas e inmediatamente se hizo un pasillo por el que avanzó un niño de unos ocho años. Llevaba un tricornio demasiado grande que se le caía hacia delante contantemente. Colgada del cinto, iba arrastrabdo una espada de madera de dos veces su estatura. Se puso frente a ella y mirándola a los ojos comenzó a hablar. Tenía voz de adulto.

-¿Has meditado el significado del libro y de las acciones que te ves impelida a tomar?

Su tono era melodioso y el lenguaje un tanto enrevesado, pero la seguridad con la que habló el niño con voz de hombre sólo daba lugar a una respuesta.

-Si- contestó Mharie.

-¿Dejarás tu vida atrás para seguir mis órdenes y dedicarás el resto de tus días a descubrir la Verdad a bordo del Viento del Cambio?

-Si.

-¿Dejarás atrás tu nombre?

-¿Tengo otra opción?

-Me temo que no. Responde.

-Si.

-¿Sabes ya quien quieres ser?

Mharie asintió con la cabeza. El campitán sonrió. Todos los piratas dirigían sus miradas de uno a otro. Todos habían pasado ya por ese ritual en el que se quitaban la venda de la apariencia de los ojos y se iniciaban como tripulantes del extraño barco. Lo habían contemplado docenas de veces, y aún así se trataba de algo impresionante.

-Gritalo al viento.- Susurró el Capitán.

Mharie inspiró, dio dos pasos atrás, cerró los puños y gritó con todas las fuerzas de las que fue capaz:

-¡Mi nombre es Luuuuuuuuuuuuuuuuuuuz!

En ese momento su cuerpo empezó a brillar, primero con un suave respandor, después con una potencia cegadora. Comprendió que se acababa de convertir en un elemental del destino al servicio de la Verdad, que iría a buscarla allí donde estuviera, que a partir de ese instante se dedicaría a la caza de secretos custodiados por monstruos y que después los gritarían al aire, para que todo el mundo que quisiera pudiera escucharlos. Supo que como ella, los demás tripulantes habían recibido un don al cambiar de nombre. Les miró detenidamente. Ahora todos le sonreían. El Capitán dio un paso al frente.

-Bienvenida, Luz.- El niño con voz de hombre se volvió hacia sus hombres.- ¡¿Que haceis ahi parados?!¡Levad anclas!¡Zarpamos!

Y a una orden del Capitán, el barco se puso en marcha.

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Ahora os toca a vosotros iniciar una historia con la frase en verde. Creo que voy a reutilizar la idea para un concurso, así que si os animais a escribir, avisadme para después hable con vosotros, no sea que me descalifiquen por plagio.

1. Coge el libro más cercano, ve a la página 18 y transcribe la línea 4.
“-Estoy de luto por el señor Shigeru- respondió Kaede.” Con la hierba de almohada, segundo tomo de la tetralogía "Leyendas de los Otori" de Lian Hearn
2. Cuenta lo último que viste en la tele.
el sindrome de Ulises
3. Aparte del ruido del ordenador, ¿qué más se escucha en este momento?
Saratoga - decepción
4. ¿Cuándo te reíste por última vez?
Ayer por la noche, cuando hablando con mi tia por telefono escuché a su loro cantar flamenco.
5. ¿Qué hay en las paredes donde te encuentras ahora mismo?
Estanterías repletas de libros, comics y miniaturas. sobre el cabecero de la cama hay una corchera con algunas fotos, entradas de conciertos y obras de teatro, tickets de cine, unpos cuanto posavasos de cervezas de importación
6. ¿Cómo estás vestido/a en este momento?
Completamente de negro, botas, pantalón de loneta y polo de cuello alto
7. Algo que los bloggers no sepan sobre ti.
mi paupérrimo pulso. a vecez, con los nervios, tiemblo tanto que si me esfuerzo puedo estar en dos sitios a la vez
8. ¿Cómo son tus manos?
alargadas, con los dedos también largos y un poco torcidos por la costumbre de crugirme los nudillos
9. ¿Qué ves desde tu ventana?
El patio de luces, cuerdas con ropa y otras ventanas
10. ¿Qué imagen podría definirte?
creo que esperaré a que yo mismo sepa como soy para haceroslo saber a vosotros.
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Meme patrocinado por Scry (http://scryscript.wordpress.com/)

lunes, 5 de noviembre de 2007

Una mancha de vino en el mantel

Una mancha de vino en el mantel. El único testigo silencioso de lo que ocurrió aquella noche. Francés, espeso y rojo, como savia sangrada por un rubí apuñalado sobre la mesa. Aún húmeda, de un fuerte olor a madera, fruta y arte. Y callada. Ni una palabra, ni un vestigio. Nada, sólo quietud. La mancha nada nos dirá sobre los dos cuerpos que yacen en el suelo. Omitirá cualquier detalle sobre las chispas que desprende el tronco de la chimenea y del cálido ambiente perturbado por los sollozos de la mujer sentada a la mesa. Responderá con un silencio cuando preguntemos por los restos de honor y orgullos rotos alrededor de los cadáveres y fingirá no oír nuestras demandas acerca de las palabras que fueron germen de ira y venganza, de ciega justicia divina que nada tuvo de sagrada.
Otra mácula crece cerca de nuestra mancha de vino francés, espeso y rojo. Son lágrimas, que por numerosas y abundantes no son saladas, si no amargas por la culpa que las causa. La mujer llora sin saber por qué muerto lo hace, o si por los dos o por ninguno, y que el diablo la lleve si quiere pararse a pensarlo. Sólo llora.
Las lágrimas en cambio cantan. Cantan la virtud de la fidelidad jurada y la audacia del amor furtivo. Maldicen en triste paso la futilidad de la resistencia, la debilidad del corazón y lo obsceno de la pasión.
Y a la mesa los tres pilares de la sinrazón: lo debido, lo deseado y la mujer que dudó y duda. Dudó si dejarse llevar y duda si el debido conoce su desliz, por que el fuego de su ser la obligó a yacer con el deseado. Las llamas eran evidentes, lo suficientes para llenar los comentarios de las sordas paredes.
Y a la mesa los tres pilares de la sinrazón, que como las lágrimas acaba hablando, y callando después para escuchar las palabras del acero en respuesta al vino derramado. Pero el vino calla, la mujer llora y las lágrimas por los muertos cantan.